Cabalgo sobre tus caderas,
y mi melena es una cortina que cubre nuestros rostros
o, tal vez, ese oscuro beso
donde nuestras lenguas se enredan ávidas en alientos de saliva.
Mi cuerpo, abierto en aspa, danza en un vaivén de entrada y salida,
en un oráculo circular en el que te hundes erguido y crecido...
guiado por mi mano y excitado por el río de lava cristalina
que nace en el fondo de mi horizonte.
que nace en el fondo de mi horizonte.
Tú, clavado bajo mi cruz,
—Alfa y Omega—
pareces ser la espera
—del dámelo todo que todo lo quiero— .
—del dámelo todo que todo lo quiero— .
Me respiras con carpanta de mi aliento y de mi carne,
con la codicia de mi boca en la tuya,
con la falta de quien lo tiene todo y anhela más,
de quien siente la entrega y la pasión
rezumada en la calma contenida
—como si fuera posible—
en alongar el trance en un infinito.
en alongar el trance en un infinito.
Y ese infinito se condensa entre tu pelvis y la mía,
entre los cauces de mis canales más sombríos y tu anverso,
entre ese gemido que embebes entre los labios,
entre el mordisco de mi piel en oración sobre la tuya,
exprimiéndola, degustándola,
prensándola en mi lobreguez ,
como quien atrapa mariposas sin red.
como quien atrapa mariposas sin red.
Me vuelvo trapecista sobre tu boca.
Amazona consumada, marcial descarada
y hembra latente sobre cada poro de tu piel...
Y tú... te vuelves convulsión súbita.
y hembra latente sobre cada poro de tu piel...
Y tú... te vuelves convulsión súbita.
Tus manos son garras que atrapan el viento.
Tu boca, un volcán de espuma y carne que me somete el alma
hasta el final de la garganta donde —me— ruges,



