El agua era cristalina y la corriente ligera. Mis pies chapoteaban en aquel palmo de profundidad y las gotas salpicaban sobre los adornos florales pintados con alheña que parecían enroscarse desde mis pies hasta mis rodillas. Recuerdo haber pasado varias horas inmóvil hasta que aquella mujer terminara su obra.
Unos brazaletes de oro y piedras preciosas brillaban en mi tobillo derecho descendiendo sobre el pie a modo de tiara.
Mis rodillas se escondían bajo una tela de
seda morada, adornada con finos y ricos bordados en hilos de planta. Estaba
absorta en mis pensamientos, escuchando tan solo el murmullo purificador del agua que bajaba
por la acequia desde la fuente de arriba. El sol brillaba con intensidad pero
en aquellos jardines repletos estratégicamente de alhucemas, limoneros y naranjos y otras plantas aromáticas se estaba bien. A veces, regresaba a donde me hallaba y
podía oír el canto de los pájaros o las voces de aquellas mujeres que me
acompañaban y que se entretenían entre puntada y puntada, entre sus juegos de tablero o entre canto y canto, con sus chismes. Yo
permanecía alejada de ellas dadas las circunstancias, con la excusa de que mi lectura
y escritura requerían de concentración y algo más de sosiego. En realidad, era
una excusa. Estoy cansada de perderme detrás de las celosías, de escuchar los
aspavientos y rebeldías de las demás esposas y de las concubinas. Y porque los poemas del sultán
son solo para mí. Durante su larga ausencia, más de cuatro lunas, había
recibido otros tantos poemas: Palabras de amor, de anhelo, de desesperación, de
pasión…
“.. Cómo anhelo ese lento paseo por tu
cuerpo como si fuera yo ese vacío que necesita llenarse. Soy ese hombre, Luz
de mi Vida, que aprecia cada porción de tu piel, cada recoveco, cada llanura y
cada montaña… Allí, en la cumbre
de tus pechos y en los hondos de tus adentros, donde me hago pequeño para
sentirme grande… Cómo me consume
esta distancia en la que cada noche te transito y te demando mientras te me
pierdes entre las manos que aprietan las telas de mi vacía cama…”
- Magdalia, vuestro señor os llama.
-¿Ahora? –pregunté guardando con rapidez,
como si escondiera un tesoro, el poema que aún olía a desierto y a almizcle. Un poema dentro de otro poema.
- Sí. Ahora. Hace dos días que regresó y
todas han ido a verle menos vos.
- Puede venir él. Sabe dónde estoy.
- No olvidéis que es vuestra obligación ir a
recibirle. Os reclama. No le hagáis esperar. Vuestra tardanza será un castigo que
pagaré yo.
- Sabes que nunca hace nada.
Lo cierto es que me lo tomé con cierta
calma. Aún estuve unos segundos chapoteando en el agua y logré que los bajos de
mi kaftán se mojaran un poco.
- Magdalia, no hagáis que se impaciente.
Sabéis que si vos os retrasáis el castigo es para mí -volvió a recordarme.
- Está bíen -acepté. Me secó los pies y
caminé descalza. Crucé parte de aquellos jardines y me metí en el interior del
edificio. La temperatura era diferente, más fresca. Anduve por los pasillos,
cruzando arcadas y más arcadas donde había adornos florales e inscripciones
dedicadas a Allâh, hasta que me detuve ante aquella puerta en la que dos
escoltas hacían guardia. Azahara permaneció a mi espalda mientras yo, sin
llamar, entraba en aquella enorme estancia donde primaba las sedas, los
adamascados, el azul de las cerámicas en las paredes, el olor de incienso y
flores... y el hombre. El hombre en letras mayúsculas, el que contenía y
rezumaba de todo el poder divino y humano. El que mantenía su muñeca sujeta con
la mano contraria sobre su vientre, el que de oscura y profunda mirada
custodiaba su sonrisa tras una barba que le aportaba distinción; el hombre cuyo
porte era señorial, altivo y extremado, vestido con unas túnicas que recordaban
a las arenas del desierto... Y a pesar de todo, me imponía solamente lo justo
y, también, hacía temblar mis cimientos como mujer.
- ¿Me habéis hecho llamar?
- Sí. Hace dos días que regresé –replicó-
y ni te has acercado.
- Sabéis dónde estoy. Podéis venir a verme
siempre que lo deseéis.
- No es que yo deba desearlo… Creo que ya
empiezo a comprender por qué sois mi favorita. De las demás, obtengo todo
cuando quiero sin decir nada. De vos, obtengo lo justo con toda la ayuda de
Allâh –apostilló mientras se acercaba hasta el gran arco en el que bailaban
aquellos cortinajes por la entrada del viento. Aquella aparente resignación me
hizo sonreír. Su cabello brilló con el reflejo del sol. Guardó unos segundos de
silencio que a mí se me hicieron eternos. Percibí como si, aún a pesar de estar
de espalda, pudiera ser capaz de observarme. Después retrocedió sobre sus pasos
y se detuvo a mitad de la distancia que nos separaba. Me sentí tan segura por
fuera como nerviosa por dentro. Creo que los latidos de mi corazón podían
escucharse desde el otro lado de la gruesa puerta. Disimule la sonrisa clavando
mi mirada en la suya y aferrando más una mano bajo la otra.
Sí, no debería mirarle así pero para eso
soy su favorita y la que más lo encabrita, la que le hace rogar mi compañía, la
que le hace conceder caprichos a las demás mujeres. Soy la mujer que le hace
ser esclavo de su esposa, de su esclava, de su concubina... pero mujer. Mujer
que no esperaba encontrar. Pero a mí me educaron de otro modo. Me educaron para
pensar por mí misma, para gobernar una cosa comandada por hombres, para servir
a Allâh en lo conveniente y desestimar en lo innecesario. Y solo ante Él podía
inclinarme.
Soy la primera hija de cuatro hijos. La
primera nacida en la cuarta luna del cuarto mes. Soy la cuarta esposa del
cuarto hijo del primer hijo. La primera
esposa por amor pero para todos, la última... Y los últimos serán los primeros.
Soy la primera porque no solo manda en su corazón, también en su cabeza. Soy la
única que despierta su interés, que alimenta no solo su cuerpo, sino también su
alma, su espíritu…
La única que, pese a haberle sido cambiado el nombre en el momento del matrimonio, seguía siendo Magdalia, la luz y consuelo de su vida: Noor Salwa Al
Hayati. La única que no atendía con devoción las órdenes de la primera.
Terminó de salvar aquella distancia que
nos mantenía alejados. La sola sensación de cercanía hizo que me pusiera
en alerta y que una lucha de sensaciones se agolparan en mí, que una sensación
de sentimientos encontrados lucharan dentro de mí: No soy su esposa sumisa pero
tampoco puedo ser eternamente rebelde.
- Me gusta veros con el pelo suelto –dijo
mientras con una mano acariciaba un lado de mi cabellera, antes de bordear mi
rostro con sus dedos-. Sabes que os elegí por amor. Y sé que vos me aceptasteis por
lo mismo pero sois tan terca que no puedes reconocerlo –asintió pasando su dedo
pulgar por mis labios-. Ya sabía a lo que me enfrentaba cuando la primera
imagen que tuve de vos fue la de tirarme piedras desde el otro lado de la
charca.
Volvió a hacerme sonreír. Era cierto. Ahí
estaba yo, apenas un año atrás, con mis libros y mis cuadernos, con mis lápices
y láminas, mientras un rebaño de cabras se subía a los arbustos en busca de las
hojas más tiernas. ¿Y por qué le lancé aquel par de piedras que iban directas a
dar? Porque sus caballos se desbocaron al ver el agua fresca y él no supo
contener ni a sus hombres ni a sus caballos. Y las ovejas se desperdigaron
asustadas.
- Sabéis que sois la luz de mi vida
–prosiguió apoyando la mano en mi barbilla para que alzara la cabeza y le
mirará directamente a los ojos-. Me da miedo perderme en esa mirada –continuó
inclinándose para besarme. No rechacé el gesto. Lo agradecía. Tal vez, incluso,
lo necesitara. Demasiados días y demasiadas noches entre las celosías de mis
aposentos.
Comenzó a desabotonar cada uno de los
pequeños botones hechos de seda que cerraban mi vestido, hasta llegar a la altura
de la cintura. De ese modo pudo retirarlo hombros abajo. La prenda cayó al
suelo por su propio peso, pero aún así, mi cuerpo no quedaba desnudo. Lo cubría
una fina tela de hilo semitransparente que no dejaba a la imaginación ni una
sombra de mi cuerpo, además, la erección de mis pezones era evidente. Deshizo
la lazada superior y separó ligeramente la prenda sobre mi escote. Besó
despacio cada porción de mi piel. Sus labios eran suaves, la caricia de su
lengua me enervaba y el roce de su afilada barba producía en mí una sensación
más de dudoso placer. Yo permanecía inmóvil pero no parecía importarle. Supongo
que estaba habituado a las lánguidas entregas de sus otras esposas. Las
concubinas habían dejado de ser una opción para él, según cotilleaban, desde mi
llegada. Quise considerarlo un acto más de respeto hacia mí. Sadia, la tercera
esposa, me había confirmado que todos sus matrimonios habían sido por interés,
como era lógico. El primero ya había sido apalabrado desde pequeño. Y los otros dos, uno por falta de un varón en
la familia y el otro por una mera imposición territorial. El cuarto, su
matrimonio conmigo, como todos sabían, había sido por amor.
Mi cuerpo quedó desnudo ante su mirada. Me
sentí traspasada, superada, embriagada de aquella aura que le rodeaba, de
aquella transformación que se producía en él cuando estábamos a solas. Me
observó de arriba abajo y de abajo arriba. Mi respiración se hizo profunda y
parecía que mi cuerpo no pudiera reaccionar al permanecer tan rígido.
Se retiró unos pasos y comenzó a
desnudarse. Lo hizo sin dejar de mirarme y con toda la calma que la prisa le
proporcionaba. Aquel cuerpo dorado, de estructura atlética: largas piernas,
anchos hombros y espalda, manos grandes y dedos largos… Todo aquel pedazo de
carne y montón de huesos que se deshacían entre las caricias que mi cuerpo era
capaz de satisfacerle. No pude evitar fijarme en su miembro, cubierto de un
vello escaso y con una potente erección. Respiramos hondo. Coincidimos y ambos
rompimos aquel silencio con una sonrisa.
Tomó una palangana de porcelana en la que
echó agua de una jarra y unos pétalos de flores. Se acercó y me hizo sentar
sobre los almohadones. Tomó con cuidado uno de mis pies y soltó el brazalete
que lo adornaba. Hizo lo mismo con el otro y los introdujo en el cuenco. Susurró
algunas palabras que parecían una oración al tiempo que con la mano libre
mojaba mis pies. Lo hacía despacio, con delicadeza, con sumo cuidado. Cada
movimiento parecía parte de un ritual. Luego los secó con aquel paño de hilo.
Me sentía conmovida. Lo tenía arrodillado
ante mis pies, lavándomelos, orando mientras lo hacía. Y antes de ponerse en
pie, se inclinó sobre los míos para besarlos durante unos segundos.
De entre los almohadones sacó mi regaló. Era magnífico y no se parecía para nada al que había entregado a sus otras esposas. Sabía que tenía que ser justo con todas pero no podía evitar ser hombre y sentir debilidad por alguna. En este caso, era yo. Una impresionante piedra verde engarzada en una pieza de oro de la que salían una serie de eslabones que formaban en su conjunto una especie de toisón.
De entre los almohadones sacó mi regaló. Era magnífico y no se parecía para nada al que había entregado a sus otras esposas. Sabía que tenía que ser justo con todas pero no podía evitar ser hombre y sentir debilidad por alguna. En este caso, era yo. Una impresionante piedra verde engarzada en una pieza de oro de la que salían una serie de eslabones que formaban en su conjunto una especie de toisón.
En pie, extendió el brazo libre y me
ofreció su mano. Le miré atónita y me levanté. Tomé su mano. La llevó hasta su corazón y luego me hizo dar la vuelta para colocar la joya alrededor de mi
cuello.
Nos acercamos hasta aquel espejo en el que
nos podíamos contemplar por entero. Mi cuerpo quedaba delante del suyo, tan
desnudo como el de él, únicamente vestido por aquel impresionante tesoro.
- No necesitáis más para lucir más bella.
- Creo que no debería aceptarlo, Akram. Las demás mujeres me mirarán
con envidia y me tratarán con odio.
- Sabéis que no pueden hacerte nada porque
toda mi furia podría caer sobre ellas.
- Nunca haces nada. A lo sumo, les ordenáis que no salgan de sus habitaciones o hacéis que les encomienden tareas que no les
corresponden.
- ¿Creéis que debería ser más duro? –me
preguntó al tiempo que sentía su miembro pegado a mis glúteos. Parecía
palpitar, moverse sobre mis carnes.
- No –respondí observándome en el espejo.
Me veía bella, hermosa, capaz de hacerle perder la cabeza en cualquier momento.
- Hace tanto tiempo que no he yacido con mujer que me he vuelto loco con solo pensaros.
Aquello me sorprendió. No por que no creyera que durante las lunas que estuvo fuera no participara de encuentro con mujer alguna, sino porque antes de que yo estuviera allí, durante estos dos días de su regreso, habían pasado por su cama sus otras tres esposas.
Se dio cuenta de que no le creía. Cruzó sus brazos por delante de mi cintura y apoyó la barbilla en uno de mis hombros.
- Creédme ... Hace tiempo que no he fornicado con ninguna mujer que no hayáis sido vos. Ni siquiera con mis otras esposas.
- ¿Cómo?
- Hay otros medios de satisfacer a su señor... Solo hay que decirles cómo.
- ¿Y cómo? -pregunté.
- Jugaron con mi falo en sus bocas. -Me quedé perpleja. No por ese método que es bien conocido por todas y por todos, así como otras técnicas amatorias* pero me sorprendía que la primera esposa, reaccionaria como la que más, tradicional hasta decir más y tan cerrada de mente que era imposible verla siquiera sin velo, se hubiera sometido a semejante orden. Si por ella fuera, todas seríamos auténticas esclavas de nuestro señor. Para mí, Akram no es mi señor. Es mi marido.
- Hace tanto tiempo que no he yacido con mujer que me he vuelto loco con solo pensaros.
Aquello me sorprendió. No por que no creyera que durante las lunas que estuvo fuera no participara de encuentro con mujer alguna, sino porque antes de que yo estuviera allí, durante estos dos días de su regreso, habían pasado por su cama sus otras tres esposas.
Se dio cuenta de que no le creía. Cruzó sus brazos por delante de mi cintura y apoyó la barbilla en uno de mis hombros.
- Creédme ... Hace tiempo que no he fornicado con ninguna mujer que no hayáis sido vos. Ni siquiera con mis otras esposas.
- ¿Cómo?
- Hay otros medios de satisfacer a su señor... Solo hay que decirles cómo.
- ¿Y cómo? -pregunté.
- Jugaron con mi falo en sus bocas. -Me quedé perpleja. No por ese método que es bien conocido por todas y por todos, así como otras técnicas amatorias* pero me sorprendía que la primera esposa, reaccionaria como la que más, tradicional hasta decir más y tan cerrada de mente que era imposible verla siquiera sin velo, se hubiera sometido a semejante orden. Si por ella fuera, todas seríamos auténticas esclavas de nuestro señor. Para mí, Akram no es mi señor. Es mi marido.
Me apartó el pelo de la nuca y me besó. Lo
hizo despacio, como si pudiera herirme con sus labios que eran lo único que se
posaba sobre mi piel.
- Mi vida… Mi luz… Mi sueño… Mi consuelo... Mi luna… -Y
cada epíteto se correspondía a un beso, a un beso que había seguido a otro en
aquella carrera lenta desde mi nuca hasta el final de mi espalda, mientras sus
manos se apoyaban en mis costados como si estuviera moldeando una columna. No
perdí el contacto de una de ellas cuando se iba situando ante mí. Se deslizó
sobre mi cadera izquierda y se detuvo sobre el centro de mis piernas, ahí donde
yo notaba como la humedad iba lubricando mi sexo, como éste palpitaba ansioso…
Y sus dedos se adentraron en aquel liviano bosque mientras su boca prensaba la
mía y un juego lento de su lengua me hizo abrirla hasta sentirla penetrar por
completo. Parecía que seguía o marcaba, no sé, el ritmo de sus dedos.
Al tiempo que me abrazaba a él, que
clavaba mis dedos en sus hombros, recordé las palabras que me había dicho en muchas ocasiones Zulma, una famosa prostituta que vivía muy cerca de mi casa familiar. Siempre ondeaba una bandera roja en su puerta y ahí entraban hombres ricamente ataviados y seguidos de un buen séquito humano y animal. Me había enseñado todo cuando ella sabía y me había mencionado que algún día me serviría para mi bien. "Un hombre siempre espera que una mujer le satisfaga y no tenga que enseñarle nada. Tienes que aprender porque un día habrá un hombre que te hará princesa o reina. Y has de ser única en su cama".
Soy princesa por título y reina por derecho.
Estas son las cosas que ocurren en los jardines de Palacio, en las moradas del placer, en Yannat al-na‘īm, uno de los siete paraísos.
Nota:
*Por aquel entonces, cuando los califas y sultanes se extendían a lo largo y ancho de la Península, el sexo no era algo tan vetado como lo es hoy en día. Pocas eran las mujeres y hombres que no supieran de las artes amatorias y de los juegos sexuales para satisfacer a cualquier hombre o mujer. Tampoco, en el mundo árabe o en el influenciado por él, la homosexualidad estaba mal vista y mucho menos castigada, así como las relaciones que hoy podríamos llamar "poliamores".
Puesto el collar alrededor de
mi cuello, sus manos se apoyaron unos segundos sobre mis hombros, reptando
luego por los brazos hasta abrazar mis muñecas y llevar mis manos sobre la fina
oscuridad de mi pubis.
Sentía, a su vez, su aliento
quemándome cerca de la nuca y la erección de su miembro rondando las curvas
centrales de mis glúteos.
Y me preguntaba a mí misma
dónde estaba la rebeldía que me solía caracterizar. Ésta solo era exterior. Una
falsa apariencia ante el resto de mujeres; porque si yo lo había elegido por
amor y por amor había sido elegida, no podía ser como las demás.
Sus labios dibujaron
perfectamente cada pequeño surco de los míos; mis brazos quedaron prendidos en
torno a su cuello, apoyados sobre sus hombros y el calor de sus manos recorría
mi espalda. Su lengua surgió de su boca atravesando la mía, buscando aquélla
para jugar con ella mientras, inevitablemente, el vértice de mis muslos se
cubría de una dulce humedad.
Mis cimientos temblaron
cuando le tuve arrodillado ante mí como un siervo ante su señora. Sus manos
separaron mis piernas y una de aquéllas se coló entre ellas, buscando aquella
humedad que me quemaba, que él estaba provocado. Sus dedos se pasearon unos
largos e intensos segundos sobre los abultados labios que seguían encerrando la
perla de mi femineidad. De mí brotó aquel tímido manantial que los impregnó y
que llevó lentamente a su boca sin dejar de mirarme. Su mirada, oscura y tan
espesa como brillante, se clavaba en la mía. Me estremecí porque en un solo
momento había pasado de ser ama a ser sierva: esclava de unos deseos que se
desencadenaban por sí mismos, que se veían provocados constantemente por gestos
y miradas, por tanteos en partes del cuerpo que muchas mujeres ignoraban poseer
o de los que solo habían oído hablar.
Tumbado sobre aquellas sedas y telas adamascadas y
rodeado de cojines, mi cuerpo se quedó rendido a sus quehaceres de “mi señor”.
Desde mis labios hasta mis senos: primero uno, luego el otro… y la sensación
natural de mis pezones henchidos por el gozo de unos labios húmedos y unos
dientes hábilmente maestros. Desde el
centro de mi vientre hasta el centro de mi sexo, sus dedos marcando el sendero
a su boca y el tacto de su barba sobre los blandos arcos que escoltaban mi
hinchado clítoris. Mis piernas arqueadas a ambos lados de su cabeza, pilares a
los que él se amarraba y a los que apretaba como yugo que me retenían pero que
no podían evitar los contoneos del resto de mi cuerpo ante las descargas de
placer que sentía.
Y me dejaba hacer y me dejaba llevar. Y a mi mente
venían de nuevo aquellas explicaciones de la dulce y experimentada puta Zulma
cuyas enseñanzas ahora veía yo aplicadas.
¡Tenía tanto que demostrar a aquel hombre! Aunque,
en realidad, no era exactamente demostrar, sino compartir y sorprender de todo
aquello que como mujer era capaz de ofrecer.
Mi respiración se aceleró tanto que pasó a sonar tan
fuerte que mis inspiraciones y exhalaciones se convirtieron en jadeos y éstos, a
su vez, en una especie de gruñidos y éstos en una versión de alaridos que le
indicaron a profundizar en las caricias que me proporcionaba. Situado frente a
mí, enmarañada yo como culebra en el tronco de sus piernas, sus dedos entreabrieron
mis nalgas y se colaron en los espacios oscuros y vacíos que me hacían mujer:
Un dedo penetró en la cavidad más estrecha, produciéndome un dolor que califiqué
de espantoso y que recriminé de modo poco convincente con agravios y
maldiciones que en otro momento no me hubiera estado permitido pronunciar. Otro
se introdujo en la oquedad más expandida, aquélla donde el camino era más
húmido y más fácil. Y más pronto que tarde, insertados y yacientes de un ritmo
igual, empezaron al tiempo a introducir y salir de mí.
El chapoteo de los dedos con el roce, en el frotar en la penetración, era como un sonido celestial que apelaba e invocaba cada una de mis convulsiones y, por primera vez en mi vida, descubrí y percibí en mis propias carnes aquello que la fina puta había llamado "el gozo que jamás sentiría un dios".
Sentí vergüenza pues no pensé que fuera fruto de aquella entrega, de aquel sublime placer pero Akram no cejó en su tarea.
Sentí vergüenza pues no pensé que fuera fruto de aquella entrega, de aquel sublime placer pero Akram no cejó en su tarea.
Sobre mí, me envainó su duro miembro en mi interior.
Apenas me enteré de ello. Lo tenía tan abierto y lubricado, y mi grado de
excitación era tal que casi rogué el vaivén de su cuerpo sobre el mío.
Sus manos se aferraron alrededor de mi garganta,
sintiendo una pseudo asfixia que provoco en mí aquella pequeña locura
transitoria. Me convertí en un animal salvaje: Una yegua desbocada, una pantera
que rasgaba su carne, una serpiente que se enroscaba en torno a de su cuerpo
sudoroso; una amantis religiosa que le hacía agonizar en cada percepción; un
murciélago que succionaba la esencia que daba vida. Y él. Él el macho que
intentaba dominar todo, que clavaba el filo afilado de su sexo en el centro de
aquella jauría de animales en los que yo me había convertido, atacando por detrás para sorprenderme.
Ambos gozábamos como nunca antes. Mi cuerpo era tan
siervo como el suyo, tan señor como el de él. Y, al final, tan solo una mujer y
un hombre que de tanto poseer eran poseídos.
Su hombría se fue en un chorro de vida que salpicó las laderas de mis muslos, dejando mi sexo pleno de esa esencia, rendido tras la lucha en la que ambos habíamos sido ganadores.
Su hombría se fue en un chorro de vida que salpicó las laderas de mis muslos, dejando mi sexo pleno de esa esencia, rendido tras la lucha en la que ambos habíamos sido ganadores.
Estas son las cosas que ocurren en los jardines de Palacio, en las moradas del placer, en Yannat al-na‘īm, uno de los siete paraísos.
Nota:
*Por aquel entonces, cuando los califas y sultanes se extendían a lo largo y ancho de la Península, el sexo no era algo tan vetado como lo es hoy en día. Pocas eran las mujeres y hombres que no supieran de las artes amatorias y de los juegos sexuales para satisfacer a cualquier hombre o mujer. Tampoco, en el mundo árabe o en el influenciado por él, la homosexualidad estaba mal vista y mucho menos castigada, así como las relaciones que hoy podríamos llamar "poliamores".












