Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

El Tacto del Pecado

He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.


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martes, 18 de julio de 2023

A la luz de la luna...


Qué difícil resulta a veces hablar de deseo y, otras, sentirlo. Y la luna ahí, descarada, incluso creo que guiña un ojo. Se vuelve celosa de repente. Lo noto igual que noto el abrazo de la piel del hombre que me es casi desconocido. Sí, somos eso: dos semidesconocidos desabrochándose la carne, abriendo aristas y dejándose hasta el alma en un beso, en un pulso de respiraciones agitadas cuando dos corazones palpitan, coinciden; cuando su barba, en la que se prende el reflejo de Selene en un ocaso a medias, recorre mi cuello y cae en picado sobre el pequeño abismo de mis pechos, ensalzados en los jugos de su boca.

Busco entre mis piernas la firmeza de su masculinidad… Me tienta como tienta un capote las astas de un toro en plena dehesa. Y trepidamos. Silencio de fricción. Soy el freno a su mecida y, al tiempo, el rompeolas de todas sus mareas.

Mis manos en su espalda se convierten en tentáculos de mil peces que juegan a ser pulpos.... y la habitación huele a sábanas revueltas, a sudores de deseo. Su piel brilla al compás de la quietud de la luna que atraviesa el cristal de la ventana para besarnos, para ampararnos en un no último gemido que se ahoga entre los dientes que no muerden, que acarician, que rompen todos los silentes.
No digo nada, solo quiero respirarle y que me respire. No habla. Solo mira cabalgando como Neptuno, aferrándose a sus olas. Y es mi pelo el velo de sus suspiros; mi cuello, el aroma a magnolias que lo embravece. Y mi cuerpo, el fuerte que es asediado sin límites y sin muros que lo priven, sin tabús, en la elección de quienes nos buscamos y nos empeñamos en ser. Somos libres en esa huida hacia nosotros, hacia el deseo que comulga como la hostia bendecida con vino dulce.


Nos abandonamos.
Ya no somos y, sin embargo, no dejamos de estarnos.
Nos faltamos.
Y, en cambio, no dejamos de sentirnos desde el infinito de cada poro, desde cada beso que parece un estigma.
Nos encontramos.
Desnudos: de piel y de alma; de bruces con la realidad, de su pecho sobre el mío, de mis piernas crucificándolo, de su boca sepultando la mía, cuajándose de él; bebiéndome… o tomando mi aliento, alimentándose. Sabiéndonos.

Me complace sentirlo a mi lado con la pulsión de sus embates todavía abrigados en mi piel. Respiro tranquila. Todo lo tranquila que puede dejar el deseo obcecado en la mente. Respira sosegado, presto de la satisfacción lograda. Mira hacia la ventana, con la luna besándole el rostro, lamiéndole mis besos, reptando sobre mi saliva…, deseándolo.
Se gira, y me envuelve en su abrazo. No sé si me protege o me cuida, si me acoge o si todo es parte del juego pero jugamos los dos con nuestras reglas. Su mano busca la mía y ambas se apoyan sobre el batiente de su pecho. Luego la besa. Después me besa en la sien, y respira profundamente, como diciendo mi nombre. Pronto la sábana nos cubre. El sueño también... a la luz de la luna.

jueves, 20 de abril de 2023

Libatio...


Te acercas insolente, protegido entre las sombras de la noche, desviando tus claras intenciones bajo el velo de una sonrisa, pero sé que solo quieres una cosa: clavarte en mí como una estaca entre las carnes blandas. Es tan clara tu oscuridad que tanto te delata como ennoblece. 
Vienes a mí como si todas las huellas, todos los rastros perseguidos encaminasen a mi sexo. Como un león hambriento, como un vampiro con sed de sangre, me respiras desde esta distancia que nos imita. 
Quieres lamer y relamerte, comer y paladear, saborear y degustar, disfrutar, poseer y utilizar, gozar, deleitarte en el ocaso de mi entrepierna como la mejor de tus presas en la mejor de tus cacerías; hartar tu sed con mi lluvia, saciar tu hambre con mi carne. 

Sin palabras, porque las palabras están huérfanas y vaciadas, gemidas y envalentonadas; suplicadas como arrullos y escupidas como lumbre en un tiempo que no es tuyo ni mío. No son precisas para llegar hasta mis pies ni para encumbrarme en el reino de tus cielos. Las abandonamos cuando las pieles hablaron, cuando el íntimo roce de nuestros deseos fornicaron la calma. Y esos silencios, embebidos de deseo, de fuego, te han conducido hasta el cruce de mis piernas. 

Me tienes ante ti. No cómo tú quieres porque tú me deseas desnuda, en imagen de carne y hueso, en sentimientos descarnados en hálitos, olores y emanaciones; con mi sexo, dominado y consentido, ese que tanto has detallado con tus dedos, tu boca y tu libídine, dibujando en él una dulce fantasía en perfecta combinación de rectas y curvas, de luces y sombras; ofrecido a ti, bautizado y embebido, sacralizado en Pecado. 

Y sé que te apetezco, que me quieres para entronizarte…, para investirte en Dueño y Señor de un cuerpo cuyas huellas has seguido, cuyos pasos has olfateado y, ahora, ahora que estás aquí, alzas la cabeza entre los pilares no acerbos que contiene mi boca vellida, postrado bajo mi mirada; ante mí, que no soy ni diosa ni mártir ni virgen... sino, como balbuceas, muy perra, como debe ser Tu Ramera, consagrada para bendecirte.


Como conmemoración del 12 aniversario del blog de Mi Estimado Dulce, El dulce susurro de las palabras, he aquí que dejo esta ofrenda como símbolo de amistad y cariño para cumplir así su desafío de «Dulce fantasía».

¡Feliz aniversario!

Ha sido un placer participar. Gracias a ti.


martes, 10 de mayo de 2022

Ser de Carne...

Quería sexo, salvaje, de ese que llega a doler. Me gusta y lo necesito. Intenté recomponerme de la guerra a muerte de mi cuerpo contra sus ganas, contra la bestia que a veces es cuando me ve con hambre. Es como un castigo divino, una larga penitencia pero le he rogado, suplicado, reclamado... todo para que me follase. Y sonrió como lo hace un canalla, como lo hace quien sabe que hará todo lo que le dé la gana, cuanto desee aun a fuerza de mi desesperación —eso sé que le pone—. Luego se carcajeó como lo haría un poseído. Besó mi coño, henchido del uso y del placer y, a continuación, un toque a mano abierta que me hizo protestar y saltar como un muelle. Un muelle chirriando por la humedad concentrada. El cierre de mis piernas no calmó la intensidad del gesto y menos, todavía, mi excitación y el fluido que discurría entre ellas. Su mirada se clavó en la mía como un arpón de veinte puntas y tomó mis labios, doloridos y encarnados, atrapándolos fuerte en su puño. Mi alarido fue esa mezcla entre un placer sublime y un dolor inmarcesible.

Se apartó, tirando de mí hasta colocarme a la altura de sus caderas. Rodillas al suelo, en un falso acto de contrición, ensalzando mi mirada a la suya, con su verga enfilada ante mi cara y mis manos, en oración, sosteniéndola para dedicarle los mayores goces, sometiéndola a mi antojo como  puedo ser en un momento.
Era yo quien estaba atrapada con la cabeza entre sus piernas, sensible a su falo que desde ahí era más enorme, más grueso, más erecto y más potente, presentándose ante mis ojos, tentando en la búsqueda de un lugar en el que esconderse. Mi lengua se mostraba viperina y desvergonzada. Mi boca lo ansiaba y me hacía falta.


Empecé a acariciar, a lamer... esa parte suave, tibia, más blanda... esclava con mis labios. Mi boca se abría y se cerraba mientras su tallo enverado se adentraba en mí. Sus caderas empujaban hacia mi rostro. Parecía no medir la profundidad de sus embates pero calcula cada profanación, provocando en mí esa ansiedad que le gusta pero que desea que yo controle al no darme todo de golpe, sino poco a poco o sorprendiéndome, llenándome entera, incitándome esa sensación de ahogo con su carne invadiendo mi espacio, faltándome el aire por segundos, salivando en exceso...., atragantándome ávida, con su sexo encarcelado entre mis dientes. Mi boca parecía hacerse pequeña y en mis oídos repicaban sus gemidos. Podía intuir la expresión de su cara porque las lágrimas en mis ojos me impedían ver.  Como si fueran últimos esfuerzos, arrastraba mis dientes por aquel músculo que ya goteaba, sintiendo suaves golpes de un lado a otro de mi boca, contra la cara interna de mis mejillas. Era una tortura lenta, consensuada, predestinada a un placer supremo donde él nos erigíamos dueños.

sábado, 30 de abril de 2022

El Tacto Púrpura...


Sentí el tacto púrpura y lánguido de las tiras de ante entre mis pechos mientras Tú, erecto, fustigabas con Tu carne la humedad que manaba, tibia, cremosa, entre mi labios. Una sonrisa vertical delineada y henchida por aquellos toques previos del látigo, de Tu Mano y de Tu Boca, del roce de Tu Barba y los latigazos de Tu Lengua que ahora horadaba el surco entre mis cumbres, casi vergonzosas bajo la presión de Tus Manos y usadas como el impulso sobre el que Te balanceabas.

Gemía, y mi aliento reverberaba ante Tu Mirada. Tu gesto se aplicaba guiando el juguete por la cascada de piel desvirgada en deseo, en sentido..., erizando cada poro..., haciéndome arquear la espalda, sintiendo la profanación que en mí erigías, uniéndoTe conmigo en los líquidos besos condensados en mi boca, irrigados bajo tus gruñidos... entre tanto mi cuerpo se mantenía abierto en cruz, ataviado de cuerdas y nudos, benevolente ante Tus embestidas, ante la sangre que reclama, presto al rigor de Tus Perversiones, a la complacencia de Tu Voluntad que se clavaba como espinas de rosas al borde de un precipicio, maldiciéndoTe en cada coronación, en cada usurpación de mis espacios más oscuros, en cada flagelación del alma para convertirme en la grandeza de Tu Obra, para enaltecerTe cuando, humilde y orgullosa, Inspirada, acabo postrada a Tus Pies... y a mi Voluntad ensalzada en el abrazo tibio que enorgullece Mi Esencia.


 
Con este texto participo en la dinámica de nuestro buen amigo Dulce para conmemorar el undécimo aniversario de su blog "El dulce susurro de las palabras".

Por otros once años juntos en este mundo violeta tuyo 
donde siempre me  he sentido querida, respetada y acogida.
Sea este texto un presente de nuestra amistad, Mi Estimado Dulce.
Con cariño, 
Mağ 
12-4-22

sábado, 5 de febrero de 2022

Canallas...

La conversación deja de ser lo importante y las miradas pasan de insinuantes a canallas. El mundo deja de existir al insistir tu mano por debajo de mi falda, arrancándome algún improperio que se disimula bajo la picardía de mi media sonrisa y la tenue luz hace más enigmáticos tus susurros. Para entonces, ya estoy perdida, más aún cuando tu lengua roza mi cuello como si me chuparas la sangre, anticipándose a un beso a boca abierta de esos que profanan hasta el cielo.
Y entonces, en la locura del morboso momento, tus dedos se convierten en un falso Moisés reclamando mi atención entre las piernas, sin vergüenza alguna, desatando esas ganas de follarnos, sabiendo que la tortura se alargará hasta el último de nuestros alientos, la que me hará reclamarte y pedirte... y tú regocijarás en todo ello.

Las miradas ajenas encienden la sangre y los pulsos. Las palpitaciones van más allá del pecho y las tentaciones, estudiadas en mis labios con la yema de tus dedos, mojados de nosotros, musitan silencios que se agarran a la fuerza contenida de los gemidos. 
Tu frente pegada a la mía. 
Las bocas, a un suspiro cortado. 
Provocas mí esa sensación de fuego, el que ya se aviva entre tus caderas y se lanza sobre mi piel. Y logro vislumbrar tu mirada de lobo hambriento y sediento...  con mirada de cordero degollado y ojos encendidos. Te delata y me enreda esa sonrisa granuja que atiza en mi boca justo antes de morderme, marcando territorio. Entonces, entre dientes, sin separar del todo tus labios de los míos, eres capaz de decirme: «Cielo, prepárate para ser la diosa de mi infierno...». Solo me queda respirar hondo y empezar a arder como una tea mientras mis grietas hacen agua, mis pensamientos dejan de existir y la respiración se hace bandera perdida. 

Y acabamos en la noche, al amparo de las sombras, como los gatos callejeros, descubriéndonos en este encuentro de centros desequilibrados donde mi mirada se vuelve albina hacia las estrellas y la tuya se pierde en la oscuridad de mi horizonte enhiesto.

sábado, 22 de enero de 2022

Acto de Fe...

Adoro tus dedos reptando sobre mi piel, hundiéndote entre mis pliegues, erizándola. Venero el calor de tu aliento acariciando la comisura de mi boca, clamando espinas que aletean sobre mis sentidos, abriéndome como un abanico a la injerencia de tus haceres. Ansío la erección de tu miembro turbando con mis pulsos y horadando el hueco que sella mi puño. Festejo el gesto descarado y las palabras embozadas que me acogen en estos arrebatos de mis manos sobre mis pechos sobreviniendo la presión de mis entrañas cuando aferro tus falanges impías.

Me rindo al golpe blando que me hace apretar los dientes y maldecir entre ellos los verbos que aniquilan las desganas mientras te hundes en mí como cuchillo entre la carne, vaciándome a la par que me llenas... y se desmenuzan mis sentidos a la oratoria de un ademán que bate mi sangre al tacto de tu aliento al proclamar mi desnudez, cruzada por ese rayo de crisoles azules que zarandean las estrellas de mi cielo cuando tu boca, entre mis labios, comulga un séquito de espumas enzarzadas. Entonces, un centelleo de finitas emociones espoliadas desde las profundidades de mi alma carnal evoca al más primitivo de mis instintos. Y, ahí, sin sepultura, como acto de fe, hace nido mi rosario de pecados no abjurados y, sin clemencia, mis devociones aclamadas.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Delirium...


Siento tu aliento cortando la piel de mi nuca, horadando cada uno de los poros y llegando a mi mente donde traquetea como un antiguo tren sobre las traviesas de madera... Cruje, ahí, extendiéndose por la sangre de mis venas, palpitando entre mis esencias... mientras me veo reflejada ante ese espejo, escoltada por tu cuerpo, amarrada desde mi norte a mi sur por las garras de un deseo que no controlo.

Tus manos se aferran a mí, buceando en mis frentes, desde mi pecho, latidos de deseo encarnados, hasta el centro de mi caderas donde los muslos se abren como brazos de ancla. Tus manos..., en mi torso, erizado como la cresta de un ofidio alado, pues alas me das cuando atraviesas todos mis instintos, cuando yergues y ensoberbeces mi cuerpo, provocando en mí, ululatos de este gozo de sentirte en mis adentros. 


Tu boca se hace áspid reptando hasta mi yugular. Bebes mis pulsos y me derramas en más, en pulsiones carnosas que te renombran en cada embestida de tus dedos, en el aliento de cada uno de ellos hendiendo mis pliegues y provocando una oleada de tibios efluvios de intensa fragancia que agoniza en tu sed.

Los sonidos reverberan en tu garganta y surgen como rugidos desde el averno de la bestia. Y te prevengo de esos estremecimientos cuando me abitas con tanto fuego, tan salvaje que pierdo los fundamentos de mi cordura al saber que ya nada puede detenerte, ni yo misma, en la fricción de nuestras entrañas. Te sublevas y escupes desde lo más hondo hasta el bosque que cubre mi monte henchido que frunces en tu mano, estrujándolo en un abismo de pieles.

Te reflejas en mi rostro, en mis ojos, en mis convulsiones y maldiciones. En mí cuerpo retorcido de placer, exudado de un deseo complacido. En cada uno de los gemidos que aspiras. Y en pleno delirio transgredo esta piel que me arropa abriéndome en canal para que me habites y hagas áncora en mí  siendo el cenit de este momento el grito callado que lacran nuestros labios en el penúltimo aliento y el estigma níveo que sella el silencio mutado de nuestras carnes.

lunes, 4 de octubre de 2021

Furia...

Muy seguro de sí mismo, convencido, con ese alarde de quien lo controla todo, me llevó hasta el extremo de sacar ese lado de leona territorial y dominante. Se dejó hacer en mis manos. Cabalgué sobre él, me apropié de su cuerpo, lo mantuve a raya, incluso le estampé la palma de la mano en su rostro,  en un gesto exacerbado de furia y pasión, sin resquemor, sin sentido de venganza por todos los azotes que él había proporcionado a mi trasero como si fuera una niña mala. Una niña mala llena de intenciones que se escondían en cada pensamiento, en cada sonido gutural, en cada hilo de saliva que pendía de la esfera que separaba mis labios y que él lamía como quien viene de un erial. 

Un «estate quieto» mientras lo montaba como una walkiria regia en busca del héroe que debe morir, mirándole fijamente a los ojos, observando la libidinosidad en su mirada y hurgando en la mueca de su boca. Un «demuéstrame lo zorra que eres» se diluía entre sus dientes mientras yo, serena y acomodada, no dejaba de espolearlo, permitiéndole hundirse en mí,  alojándolo en el abismo entre mi carne y mis humedades. 
Impidiéndole cualquier otra intención que fuera más allá de tenerlo a mi antojo, entre las piernas me sobrevino una cadena de convulsiones, una explosión que me hizo temblar entera, y aquel magma límpido, parido desde la profundidad de mis entrañas, desbordó toda mesura, inundándonos a mí de placer y a él de gozo.

Mi mano cortó el aire hasta estrellarla de nuevo en su mejilla. Mi respiración agitada, mis armas desenfundadas, y, entre mi sucinta sonrisa,  su «¡¡Joder!!» entrecortado. Estaba entregado pero no rendido. Su protesta se convirtió, antes de poder darme cuenta, en un brusco abrazo que me puso patas arriba. Y la reina se volvió súbdita, atrapada bajo su cuerpo, amarrada en cruz, con los brazos hundidos en las almohadas, entalladas las muñecas a las bridas de sus manos. Mis piernas, abiertas como velas de barco, expuesta como la más vulgar de las furcias follada en una oscura habitación de pensión. Embestida, una y otra vez, apuñalada, una y otra vez, por su miembro y por su mirada, sin concesión alguna... dejándome a las puertas de la gloria para alcanzarla en oración. Sentía sus acometidas abriéndose camino entre mis canales. Mis brazos erigidos como riendas. Mi rostro preñado contra el suelo. Mis pechos, de vórtices erectos, amortajados, y él, magnificado jinete, montándome sin aliento en aquel vaivén de furia donde nuestras carnes se fundían la una con la otra, donde las pulsaciones, aceleradas, repetían al unísono por alcanzar, en el mismo latido, la plenitud, la gloria, el culmen de esas llamaradas que nos hacían hoguera.

domingo, 25 de abril de 2021

Flamas...

Nos percibimos desnudos, contacto de piel y piel, de gemido y gemido, exudando deseo en la penumbra de nuestro cuarto, centro de nuestros juegos, pecados y libertades, de la esencia de sernos carne y de la entrega de sentirnos almas soberanas de nuestro libre albedrío. 

Yo me hago agua en Ti, por Ti... Y Tú navegas en mí siendo horizonte de mi vertical, subido a las cubres de mis valles inundados, hundido en las dunas cabalgadas y erigido como un Neptuno, clavando Tus Dedos como tridentes, orgulloso de las marcas que dejas a Tu paso sobre la Hembra que amas, deseas y sometes a voluntad, entregada y dispuesta, sabiéndoTe digno de mí, sintiendo la honra de tenerme. 
Yo, regia y enervada, vencida al tiempo, cedo mi carne abierta a los designios de mis lujurias, cumplidos Tus anhelos, que son míos, florecidos entre mis pliegues irrigados por la emergencia y desbordados en el saliente de su floema, pues enredadera es al ocaso de mi cuerpo. 

Y nos enraizamos cual sierpes que se descaman en el trébol sagrado de estas cuatro esquinas donde los ángeles simulan taparse los ojos pero miran por el rabillo mientras los demonios se acarician penitentes. Nos abrimos como vainas al estímulo que nos abriga las entrañas, al ósculo que nos embebe y consagra en el delito de pieles sublevadas al tino y sino de ser en este juego, flamas.

jueves, 4 de marzo de 2021

Energeia...

Remando contra corriente, a favor de los impulsos que me sostienen, reviento mis ansias en los silencios de su boca, entreabierta como un horizonte de fuego derramando juramentos que lacerarían a cualquier beguina. Pero entre mis pensamientos recorre su caricia, la que ensalza las profundidades de mi piel, la hebra de cada uno de mis sentires mientras yo, hembra devota sin castidad, me entrego al venerado suplicio de Su Voluntad. 
Y se reinventa, exhala desde las falanges de sus dedos espinos resoles sobre las crestas de mis pechos. Palpito ebria y sucumbo en el desvelo de la venidera acometida donde hurga en mi oscuridad y rezo, una vez más, las exequias de sus asaltos...

Me deja con la piel temblando y el alma estremecida como si un cortejo de mil hienas hubiera usurpado mi cuerpo, mordiéndolo, tirando de él, excoriado por sus fauces y uñas... Entregado, como una ofrenda ante los dioses, lo viste de todas las intenciones, de todos los instintos de la bestia dominadora que goza del terreno conquistado con paciencia e inteligencia, que disfruta de sus llanuras y cumbres, de los oquedades y lagunas..., que escudriña cada pliegue dejándome encarnadas estelas horadadas. De nada las súplicas a boca pequeña entre gemidos y jadeos, entre el retemblar de mis lágrimas, las que envuelven el dolor y el placer. La Entrega consentida... 

Me mira, y en el influjo de su mirada nace mi reflejo. Yazgo, rendida al baladre que me fustiga y, después, el cuidado, el arrumaco, las caricias tiernas y las palabras susurradas que dibujan miel sobre las heridas, los besos quedos que beben las sales y los abrazos densos que refugian... 
El agradecimiento mutuo.
El silencio que deja latir el alma.

sábado, 6 de febrero de 2021

En carne viva...

Me quemaba en tu mirada siendo rea entre tus carnes, elevada en la erección de tu cuerpo, deseosa de tenerte en mí, de ser parte de él, de hacerme en ti Hembra de fuego y agua, concupiscente y comulgada. Sentí entre mis pliegues la firmeza de tu ser,  obelisco enardecido entre perfumes irisados en el deseo azuzado de tu piel, y cada bocanada instigada desde tus adentros, una ráfaga de impulsos derramados en las ansias de mi ser, palpitante, encendido, crecido desde la más absoluta lascivia. Poseída, como súcubo absorbiendo la esencia de la lujuria.  


Mi pecho reclamaba tus alientos y el verbo húmedo de tu saliva demandando desde mis vértices el arado de tus dientes y la fusta de tu lengua. Me anclé en tu vórtice, gimiendo al infierno cada poro de mi tapiz, asperjando mi alma como savia sobre tu tierra, prendida de abono, lujuria efervescente en cada cabalgada, y tú, ardiente de furia, estremecido, me amarrabas los vientos, abrías la carne…, te hundías, izándome, preñándome de esa eterna necesidad de morir en ti, por volver a renacer… Por pendenciar arraigada en tu sangre y en el fruto denso que encomienda mi servir.

Exhausta, mancillé el gemido de tu boca, mordisqué tus silencios y el latido de tu lengua en rebeldía. Me hice dueña de tus convulsiones y te rendiste, poseído mortal, al incendio de mis entrañas, al edén perverso de mi pensar, del juego de mis manos sobre las heridas de tu deseo, sobre las cicatrices abiertas rezumando sal.


Y tú, con el control perdido a la altura de las caderas, con el pensamiento enardecido como lumbre, tarareaste enfervorizado los ósculos profanos que encandilaban la sinuosidad de mis finales, las techumbres de mis latidos... y, me clamaste en adoración engendrando arrebatos entre la húmeda carnosidad de mis labios, atarugados en la unción del gozo, aferrándote a las aristas de mis perfiles y, hundiéndote en las parábolas de mis piernas, me entronaste en preces.

Respiramos, con el aullido borboteando más allá de las bocas secas, más allá del temblor de dos cuerpos ceréos bañados en su propia serosidad y quedamos enclavados en el ceremonial donde nos dejamos las entrañas del alma en carne viva.

martes, 6 de octubre de 2020

Lubricán...


Siento la fuerza de tu embate, hundiéndote entre mis pliegues húmedos y henchidos por el deseo y el placer que brota entre gemidos y jadeos. Tu aliento es el preludio al roce de tu lengua marcando ese camino que me eleva y me retuerce, que me enreda en los pensamientos más oscuros y en los deseos más precisos y perversos, donde la carne se convierte en el lecho sobre el que descargar ese galope de mil espinas, siendo tu hombría atrapada en mí como la penitencia del reo que, sin resistirse, se rebela.

Entrar es igual que salvar una oscuridad a tientas pero con decisión. 
Con la valentía del que nada tiene que perder.
Gimes. 
Aprietas los dientes. 
Sudas...  Sudo. 
Somos dos seres encepados, dos emblemas de una misma moneda, dos letanías pertenecientes al mismo rezo.

Y te agarras a mí, usando tus dedos como arpones que se clavan y retuercen haciendo que me arquee. Clavo mis uñas en tu pecho marcando tu piel como lo haría un arado sobre la tierra, mojada esta vez. Vibrada y enardecida.  Sujeto tus labios con mis dientes, sin fingir, encendiéndolos del rojo intenso que me bebo.
Ruges al afán de mi oído provocando en mí esa reacción que me demencia, que me arrebata el sentido más cuerdo para volverme Astartea, un ángel en medio de tu averno, extorsionando tus demonios y sublevando la calma de tus arcángeles que caen a mis pies tan rendidos como el deseo que nos comulga. 
Afianzas cada uno de tus gestos. Me emerges y desbocas, y te entierras una y otra vez, abriéndome, usurpando mis aguas, expoliando mi norte preñado de maldiciones que se cuelan entre verbos y silencios. Te viertes en mí con la lujuria de un fuego impetuoso e irreverente mientras ahogas mis quejidos con la punta de tus dedos y haces raíz en el doliente y latente resplandor del lubricán que nace y muere al final de mis costillas. 

martes, 8 de septiembre de 2020

Elixir...


En Tu silencio…  me invade el susurro punzante de mi deseo. Una insinuación que rasga el arcano latido de mis abismos, miel efímera que bulle al borde de mis comisuras. Una provocación que alimenta la puridad de mi aliento versado en cada pensamiento que, impávido, no reniega del impulso de servir(se).

Hay sedas de aromas estridentes que acogen mi seno en Tus Manos y voltean mis ansias hirientes para ahinojarlas al servicio de Tu Voluntad. Crepito y maldigo. Mis palabras son cuchillas que henden Tus sentidos y celebran con anuencia de Tu impulso hecho néctar en mi néctar. 

Mi cuerpo reacciona y pule el manto de mi piel que se erige como puntas de pino sobre un bosque húmedo y, mis dedos son cinceles que tallan filigranas sobre mis costuras incitando al recorrido de Tu pluma. 
Aedo épico de letras eróticas que mojan y enervan, que sacuden y gimen…, adentrándoTe en mis claroscuros, donde emanan, sin quebrar, los vientos que Te elevan y, al tiempo, inevitablemente, Te hunden siendo yo la tierra hambrienta y sedienta de (Tu) agua, de Tus colores, de Tus pinceladas…, de la erosión de Tus arados en mis campos, abonanzando la ventura de postrera cosecha donde los alientos se postran mientras el deseo se cruza ardiente entre los valles de nuestra carne.


Y nuestros latidos, emergentes como espuma hirviente, se condensan en el halo que nos envuelve. Fulgor de batallas laudatorias donde nos ensalzamos mártires y morimos armígeros. Fluyen, en tregua huidiza, Elixires de Pecado, de Vida suprema que expiran en nuestras bocas y se rinden, clementes, al destino innato de morir.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Febriles...

Cada latido de tu mano es un golpe de látigo que me retuerce. Tus embates, la osada voluntad que profana el aguacero de mis entrañas. Sin conocer mesura, dibujas círculos, trazas rectas de entrada y salida y pintas acuarelas con las yemas de los dedos, perfilando con las falanges, espátulas traviesas que bailan al compás de la fricción. Sinfonía sádica de tu carne inyectada en mi, queriendo hacerte saliva entre mis labios: Saliva blanca en agua cristalina. 

Delineas presiones sobre mis montes. Tumultos de latidos erizados que se desollan desde mis poros. Y ses tu brea, relicario que preña gemidos aullantes en mi boca, exhalando veneno que derramo como cura.
Me rizo como serpiente atrapada por la boca, maldiciendo tus silencios y el tañido de tu miembro predicando entre mis pliegues.
Más gimo. Más muerdes.
Más convulsiono. Más te eriges.
La carne, tributo de la carne.
La saliva, esencia que moja la piel y es mistura de exudos acompasados y cerriles en este canto de rugidos y quejidos agrestes que se hacen milagro en un vuelo de simientes.


Locos, ebrios, soberbios y tiranos... Nos quebramos el alma, nos arrancamos la piel a tiras y nos confabulamos en una lid febril.  Nos enzarzamos como hienas hambrientas que devoran sin cordura,  por instinto avaricioso, movidos solo por el ebúrneo deseo de llenarnos, de descarnarnos como dos infieles sacrificados.

Nos movemos poseídos en los acordes de una danza excelsa desde el agarre de tus manos sobre mis caderas, como quilla en mar bravío aproándome hacia ti, hasta el verbo callado de mi aliento sobre la testuz arrugada de la sábana, clavándote con la impronta de servirte de la altamar que se desangra entre mis piernas.

miércoles, 26 de agosto de 2020

El último sorbo...


... Y el fuego me prendió la piel. Sentí las llamas entre los cruces de mis piernas, bombardeando mis entrañas de forma punzante, subiendo esa sensación doliente y de hormigueo hasta las sienes. En el pecho brotaron chispas que irremediablemente me encendían de Ti. Mis pezones eran esquirlas de placer, tentación para mis dedos que, como pinzas, los laceraban y enervaban entre los gritos de mi piel.

Mi boca era un manantial de sutiles gemidos que se resbalaban entre mis labios —húmedos, secos— pendientes de la saliva que florecía en un juego la inminente sumersión. Cerré los ojos, ajena a Tu presencia al otro lado de la puerta, y me envolví en ese infinito de percepciones dejando que mis propios embates fluctuarán entre los pliegues de mi carne, deseando, hurgando, profanando... su silencio oblicuo. 

Me sobresalté al sentir Tu Mano sobre la mía, haciéndola a un lado y abiréndome Tú en cada vaivén, en esa danza de piel y jugo, apurando el fondo mientras Tu Sexo lubricaba la pasión, tan cerca de mis labios que la tentación de probarTe emergía poseyéndome.

No era fácil evadirse de ella, respirarTe en el hondo del sabor, paladearTe con la holgura desatada de mi boca. Caer era imprescindible y sentirTe dentro de ella, hollándola con firmeza, fue la comunión perfecta para el ritmo trepidante de Tus Dedos ungiendo mis centros, haciendo fuego de la sepultura, llama líquida que aviva y bendición del cuerpo sacro germinado de deseo y capricho, culminado de lujuria... Ahí, en el último sorbo donde todos los placeres se hacen reliquia.

martes, 18 de agosto de 2020

Arriscados...

Entras profundamente en mí, sin contemplaciones, dueño y seguro…
Mi carne es Tu Carne. 

Tenso mis entrañas y estrecho el paso de Tu Hombría erguida. Quieres que La sienta… y así es, partiéndome con rabia… mas Tuya soy, presa de Tu Peso, exiliada de mí misma; revivida y reinventada en la fuerza de Tus Brazos, en el clamor de Tu Boca que pronuncia lo que soy: Señora siempre. 

Te siento, mientras mis manos persisten inquietas detrás de mi cintura. Mi cara ahogada contra las sábanas; mis dientes, arpías reincidentes. Tú. Tú entero, barrenándome sin piedad alguna, con el deseo insolentado que mi piel escoge. Y después, bañado de mí, satisfechos Tu Orgullo y Tu Pasión…, perdonadas mis blasfemias y consagradas mis anatemas…, es de Tus labios, calmados y sosegados, y de Tu lengua, clamante, llena de terneza y consuelo, la alevosía de besar mis labios con dos pequeñas palabras que proclaman quién soy y quién eres.


Me excarcelas de mis premuras, y me pides, sin por favores, con caladura, que pierda mis manos en el centro de mi universo, el torturado y enervado entre el ultraje de Tu Mano y Tu fusta hecha carne; entre la lisonjera caricia de Tus Dedos, maestros en el arte de profranar, y el imperio de Tu Palabra, aya de mi rectitud y prestancia. Mi cosmos, breado por Tus embates previos, respira inquieto, alentado por la incalma de mi propia impaciencia. Y son ahora, mis nalgas, abiertas y palmeadas, mapamundi del vértigo más oscuro, las que sucumben a Tu nervio.


Me desbordas como nunca, mojándome, perfumando mis esencias, vislumbrando mis lágrimas de placer en cada una de Tus acometidas, libándolas como el néctar más precioso del gozo más consentido, de la luz que nace de entre las sombras cuando la piel palpita y el alma se enarbola. 
Y es que así, plena en la cúspide, humilde en el requiebro, soy flor que se abre a Ti, siendo Tuyo el Orgullo de sentirme, Honra la mía de percibirte Único. Nuestra, la perfección de Ser.

martes, 11 de agosto de 2020

Ávidos...

Revolvimos la cama y nos deshicimos entre las sábanas, enredándonos en mil caricias que nos hicieron gemir y jadear desde los verbos castos a las palabras grotescas que nos encienden la mente. Nos convertimos en dos desconocidos ávidos de la piel del otro, de descubrir en el cuerpo opuesto la razón de tanto hambre, de por qué el dolor de la boca era un bálsamo etéreo conjugado con la saliva...y, aun así, la boca se nos secaba y los jadeos iban rompiendo la carne. 

Me atravesabas henchido. Robabas mis fuerzas. Te emborrachabas de mí. Me hacías maldecir el momento eterno no de poder tenerte más. Te rompía las cruces de tus brazos en cada abrazo. Mis uñas eran el arado que te levantaba la piel... y los quejidos... y te daba en cada latigazo, en cada impulso, la fuerza y motivación necesarias para hincarte en mí, para hacerme la presa de tus deseos. 

Me elevabas y fui rea entre tu cuerpo y el suelo. Alfombra de piel para el manto de tus deseos, para la invasión que hacía senda en los pliegues de mi carne... Y te hiciste espada de cristal blanco, de alga marina... y pasión consumada. Me atrapaste entre tus brazos, bebiste mis latidos. Perdí la razón envuelta en una emoción desmedida, lubricada en jugos que te embalsamaron hasta la raíz de tus entrañas hendidas en las mías.

martes, 4 de agosto de 2020

Efecto Placebo...

Aupada en tus brazos, mantenida en el aire. Desnudo mi cuerpo. Vestido el tuyo.
Un beso intenso. Uno de esos que te recorren por fuera pero te estremecen por dentro. Y, al final, mientras salías, mi mano se estrelló contra Tu Trasero. Me gustó ver Tu reacción y esa mirada profunda, que sí, que a veces, acojona pero es tan intensa que no me canso de observarla… y de sentirla.
Y ese gesto tuyo, mostrándome el dedo índice, como advirtiéndome.. de qué… Sonreí y Te mandé un beso desde mis labios mientras Te guiñaba un ojo. Y sabes que no es rebeldía sino parte de mi sentido indómito, de mi espontaneidad. 


Cierro la puerta tras de Ti. Si no me falla la información, y mucho menos la intuición, dispongo de dos precisas y preciosas horas, tal vez un poco más, para disponerlo todo para Tu regreso.

Lo primero, poner la botella de vino en el frigorífico. Fresco, no frío. Lo segundo, ir en busca de aquellos aperitivos japoneses que tanto Te gustan y que a mí tanto me cuesta tragar.
Tengo que tenerlo todo dispuesto para luego dedicarme a mí.

En el baño de nuestra habitación, frente al gran espejo que cubría la pared de extremo a extremo, empecé a darme juego, a pulir mi piel, a acicalarme… Recoger un poco la melena hacia atrás, apartándola de la cara y dejándola caer sobre la espalda; un poco de maquillaje, una línea negra definiendo la curva de los ojos y un tono suave para la de la boca.



Mi cuerpo desnudo reflejado en él. ¡Cuántas veces has interrumpido mi rato de pintura tonteando! Pero sí, sabes que me gusta que lo hagas: Tus manos en mi cintura, cruzando los brazos por delante, sentir el aliento de Tu Boca quemándome el cuello… Esos besos cortos, calmados, mordiendo con los labios… Esos susurros a mi oído, diciéndome cualquier cosa que parece mucho más grande y profunda al oírla de Tu Voz. Y no son solo esas las que erizan mi piel sino esas otras, soeces y burdas, que a cualquier otra y en otro momento, disgustarían pero a mí... me ponen.

Mis pezones rectos, tropezando con la tela del sujetador y la humedad de mi sexo asomando entre las costuras. Ajusto mi braguita y me doy la vuelta. Me miro el trasero. Cuando me ponga los tacones esto se elevará. Una palmada sonora. ¡Dios! Me vienes a la mente y me sube la temperatura.
Anoche me follaste. Esta mañana no hubo tregua. Y en un rato, en apenas cruces la puerta, estoy dispuesta a no darte rendición. Solo de pensarlo, de saber de la existencia de Tu Cuerpo, del tacto de Tus Manos, del latigazo de Tu Lengua o del sabor de Tu Boca, mi sexo se enciende y mi pensamiento se vuelve perverso.
Ahí en el cajón, donde Tú ya sabes, tengo a “nuestro amigo” de mil juegos. Miro la hora. Sí, me da tiempo. No solo la boca se me hace agua. Lo tomo en mis manos… Y las pilas funcionan. Perfecto. No puedo renegar de él en este momento. Me gusta darme amor. Mis manos pueden servir pero quiero un ritmo más rápido, llegar cuanto antes…  Nombrarte en una simulada profranación. Regodearme y relajar esta excitación que me consume por dentro.



Me tumbo sobre nuestra cama. Aún está el olor de tu perfume en la habitación. Me quedo medio desnuda, con las medias puestas. Abro mis piernas. Te pienso. Te nombro y Te dedico algún adjetivo. Enciendo el chisme. El sonido me acelera. Mis manos primero, atemperando el espacio, imaginando que son las Tuyas. Cierro los ojos y Te percibo. Escucho Tu Voz, el susurro de Tu Aliento, la presión de Tu Mano en mi sexo húmedo…
Y el "amigo”, el que usurpa el espacio cuando no estás, se introduce en mí. Y es Tu Verga la que me penetra, la que me abre, la que me hace gemir. Incluso siento el entumecimiento en los brazos como cuando Te balanceas sobre mí y Te apoyas en ellos, inmovilizándome. La sensibilidad y las ganas de Ti son tan grandes que me vengo enseguida. Esta última caricia ha sido mortal. Creo que hasta el juguetito se ha sorprendido.
Reposo. Respiro hondo y me apremia el tiempo mientras la mancha en la sábana me delata. Me sonrío. No la cambio, que quede constancia para quien corresponda.


Lencería negra, porque negro es Tu color y más para estas ocasiones. Por encima, ese vestido camisón: Seda y encaje. Negro, también…, como la profundidad de tu mirada. Me alzo en mis taconazos. Me vuelvo a mirar en el espejo.  Sé que Te va a encantar mis braguitas. También verme quitándomelas.




Y mi perfume. Ese que dices que percibes todo el día, que no puedes quitarTe la sensación de sentirme cerca. Sí, no voy a ser como Marilyn Monroe con su Chanel Nº 5. Yo para dormir solo te necesito a ti. Y para dejar de dormir, casi.

Voy a terminar de preparar la mesa: El hielo en la cubitera, las cerillas largas de madera al lado de las velas, la música adecuada en el equipo… Y ese detalle: ¡Una locura por mi parte!, al lado de tu plato. Ahora ya solo me queda esperar a que llegues. No tardes, porque Te esperamos... mis ganas. mi hambre, mis ansias... y yo.

martes, 21 de julio de 2020

Benedicĭte...


Escucho Tu silencio a mi espalda. Bajo la mirada. Respiro hondo. Cierro los ojos y presiono ligeramente los labios mientras mi quietud se insinúa rebelde en Tus Pensamientos. Una oración que colma los deseos de esta mi carne pendiente para Ti. 
Y Te reto.
Mis manos empiezan a ser un tímido abanico que se abre a Tu antojo, callado de momento, sabiéndome vulnerable y que, como hoja mecida al viento, soy capricho de Tus intenciones. 

Mi cuerpo es presa de Tus Ojos y Te enorgullece la piel que se muestra ante Ti, mas Te halaga el saber que soy dueña de Tu Instinto aun siendo mi ser de Tu Voluntad... Como me enseñasTe, con la licencia que me permite seguir siendo.
Disfrutar de mí, para Ti y para mí; a jugar en las lindes del deseo, a zafarme de los miedos y las vergüenzas, a serme bajo esta corteza tibia, a invadir los espacios de Tu Nombre, a devorar los alientos de mi boca, a gemir mientras me hago arco de cuerpo entero, venido a mis impulsos que, impíos, me derrumban desde el mitrado de mis piernas.  Benedicĭte para el culmen de Tu Boca y mi alma, encomendada, se abre para recibirTe.




miércoles, 15 de julio de 2020

Ceremonial...

Aguardé en silencio. Ofrecida. Te miré con calma aunque la excitación ha dejado marcas en mí. Requiebra todavía mi piel, mi carne. Las entrañas intentaban respirar. Aún sentía el fuego de Tu Verga reventándome. Me quedaba el resto de la profanación, el sentimiento de uso, la satisfacción del trabajo hecho, de la Entrega consentida. Venerada también.


Tu Sexo palpitaba ante mi mirada. Mis manos, nido que Lo acogieron y acunaron. Mi boca exudó un suspiro que erizó Tu Piel. Preludio de la delicadeza y dedicación de mis gestos. Ahogaste el aire justo después de concederme el permiso solicitado: Pido permiso, Mon Monsieur, para asear Tu Verga”. Desde un principio hasta un sin final.
Ecos de deseo retumbando en mi mente y en mi cuerpo.

Me observabas con atención. Complacido, percibiendo la humedad de mis caricias y la satisfacción de verme a Tus Pies, entregada con humildad y respeto, obrando mi tarea debida. Mi sabor mezclado con el Tuyo, dos esencias conjugadas en perfecta exaltación, subyugado con mi saliva sin demora. Me apliqué al gozo de mi obra para resurrección de mis actos.  Y Tú, solemne y ceremonial de mí, de la Hembra que cede a Tu Doma, a Tus Dominios, a Tu quehacer…, a la Mujer que se siente Tu Ramera, Tu Puta, única y consciente, consecuente de lo que entrega y por qué lo hace… Tu Mujer.

Y luego, la espera. El renacer. La vuelta.
Sabes que he esperado pacientemente Tu llegada enmarcada en el rito que nos une: De pie, con mis manos a la espalda y la cabeza con la mirada baja, en espera y en silencio, desnuda de carne y alma, abierta de mente… Solo vestida por la altura de unos tacones y la transparencia de unas medias que se ajustaban a mis muslos sin la premura de un cilicio.

Respiré Tu Presencia al otro lado de la puerta y Tus Pasos, acercándoTe, Te delataron.  Ni un paso de más. Tú ante ante mí. Un sencillo gesto y las miradas se encontraron. Mi piel se encendió por cada uno de sus poros. Cada uno de ellos tembló con el roce de Tu aliento en la curva de mi boca. Un beso denso, profundo, en el que Tu Lengua usurpó por completo mi oquedad, y permanecí inmóvil mientras todo mi ser era un hervidero de deseo que me puso en carne viva cuando Te separasTe, dejándome con ganas de más, las mismas que habías ido alimentado desde el último final.

Me mirasTe de arriba abajo como si fuera una presa a la que ibas a devorar, tanteando la fuerza que me contenía.
El reverso de Tu Mano dibujando mi perfil, dejando que oliera sin apenas poder respirar.

—Mírame.


Tu Mano en mi cuello, mi escote, uno de mis pechos…, descendiendo por el vientre hasta situarla entre mis piernas que se abrieron como abanico. Una presión ligera y respingué. Gemí, tragándome el sonido cuando Tu pie las separó todavía más.

–Buena chica –Abrías mis labios y notabas la humedad de mi sexo–. Mi Ramera –susurrasTe, hundiendo un dedo, apurando hasta el fondo y no dudando en pasar otro…y otro. Tres dedos empezaron a friccionar, a moverse en mi interior… llevándome hasta ese límite donde mi cuerpo se vence entero pero... Te detuviste. Una mirada y un gesto. Me postré a Tus Pies y, en oración, con humildad y respeto, besé Tu Mano: Mi Señor, pronuncié. –Sigue, Mi Ramera. 

Abrí tu pantalón sin dejar de mirarTe. Tu Verga abultaba por debajo de la tela. Bajé la cremallera y Tu Balano asomó. Mi boca sintió su llamada y me apliqué, despacio, despertando más Tu deseo. Primero fue un beso sobre el glande. Respiré hondo y pronuncié: Mi Demonio. Una carrera de pequeños besos me hizo llegar hasta Tu Pubis. Una nueva mirada. Seguramente la misma porque no había apartado mis ojos de Ti.
Recorrí el sendero de mi saliva para volver a empezar.
Por abajo. Por arriba.
Una ceremonia. Mon Monsieur, deseo complacerTe, pronuncié. 

–Tienes mi permiso, Mi Geisha. Compláceme cómo sabes.

Empecé a saborearTe, a introducir Tu Carne entre mis labios, ejerciendo una ligera presión ahí, acariciando con la lengua. Seguí… Cada vez avanzaba un poquito más… y volvía a retroceder con la misma presión, con mis manos sobre Tus Caderas, acariciando en arco… hasta que Tu Príapo quedó oculto dentro de mi boca, engullido y erecto. Palpitante. Aguanté a pesar de la arcada que me acechaba. Salivé tanto que brotaron algunas lágrimas fruto de todo, del deseo, de la acometida de nausea. TomasTe mi pelo, hundiendo Tus Dedos entre mis cabellos, impidiendo que me apartara, incluso me aferraste más. Pensé que no aguantaría pero aflojasTe y mi boca sirvió de vaina. Tus movimientos se condensaban en una única intención. Y yo me agarraba a Tus Piernas buscando un pilar en el que sostenerme.
Y de pronto, parasTe. Mi rostro se elevó. Esa sensación de que todo empieza y, al tiempo, acaba, de que es una continuación,  me tenía embriagada, borracha. Apenas pude percibirte entre la vidriosidad de mi mirada, entre el sobrealiento y la necesidad de querer más.

Me besasTe con pasión, casi mordiéndome. Un solo movimiento y me sentí contra la mesa. Mis pechos sobre ella. Mis caderas en jarras. Dos nalgadas retumbaron en mi trasero. GobernasTe desde mi pelo susurrándome algo al oído. Algo que me ardió por dentro. Tenías hambre de hembra, hambre de mí.


Conté cada una de las embestidas y cada una de las palmadas que retumbaban en mi carne, en mis entrañas. Con cada respiración, con cada uno de esos embates que me atravesaban me sentía más entregada, más emputecida. Te maldecía y cada una de mis maldiciones encendía a cada uno de tus demonios enardecidos en Tu Falo, abriéndome en canal, siendo follada, usada, profanada... en la más gruesa de las lujurias. Mis pliegues, prietos, vírgenes en instante, sintieron Tu caricia travesera. Escupiste. Forzaste con el pulgar e hiciste sitio hasta que sentí Tu Mástil erecto entrando en mi oscuridad. Grité. Maldije de nuevo como si eso me sirviera para sentir menos dolor, para que Te compadecieras de mí. No estabas dispuesto a ello. Querías usarme y que yo me sintiera así. Empezaste a empalarme, una y otra vez, hendiendo mi carne, quemándola con cada movimiento, sujetando mis caderas, sobándolas, calentándolas con la palma de la mano, sabiendo que mi piel se arrebolaría.
Nos gusta. Lo disfrutas.

En un momento dado, me giraste y me senté en la mesa. Mis piernas bien abiertas. Expuesta. Cogiste mi sexo con la mano, estrujándolo, tirando de él, asegurándote de que lo sentía. Pellizcaste mi clítoris. Me mordí los labios y no dejaba de mirarTe. Tu Rostro se contraía. Apretabas también los dientes, hacías fuerza. Me pediste que me tocara, que me masturbara para Ti mientras me follabas abriendo mis espirales, la entrada oscura a la perversión… Lo hice. Me separé los labios y Te mostré mi perla enrojecida... Mis dedos sobre ella.


Mis piernas temblaban sobre Tus Hombros, mis caderas danzaban por Tus asaltos, mis dedos circulaban sobre mi clítoris… sintiendo esas acometidas de placer que prologan el orgasmo, un orgasmo para el que debía pedirte permiso. Así lo hice: Mon Monsieur, permiso para correrme. Me lo negaste. Tampoco me dejaste parar. Apretaba mi culo, apretaba mi vagina… en agónico deseo… y solo oía “Aún no, Perra, aún no”. Pero yo también notaba Tu necesidad, Tus convulsiones y la inminente llegada de Tu Orgasmo… 

–Ahora –me dijiste apurando el último ataque. Mi corrida fue salvaje. Un chorro caliente, lúcido, fuerte Te empapó entero. Aún no había terminado que sacaste Tu Polla de mí y la pusiste sobre mi chorro. Llegó Tu Corrida y se mezcló Tu Leche con mis jugos, en un orgasmo intenso, compartido… mientras mis tetas estaban en Tus Manos, estrujadas y me alimentabas la piel de Ti…
Bendecidos con la Esencia del otro, con la entrega lenta pero inmediata.

Mi cuerpo se venció. El Tuyo sobre el mío…, ahogados en esa pasión que nos había hecho encabritar la piel, alterar la conciencia en una pléyade de sacudidas donde Tú me subyugabas, donde me llevabas a ese infinito de brasas donde emerger como llama… Ahí, vencida en mi placer, siendo Tuya, Te enervaste e hiciste en mí… porque estoy hecha para el Placer de Tus Pecados y la Resurrección de Tu Carne. Porque soy de Ti el deseo que Te colma, la raíz de Tu Orgullo.



La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.