No elevo plegarias.
Es mi cuerpo,
volcado de Pecado,
el que se inclina
y aprende
a pronunciarTe
en silencio cuajado.
Y no desde la fe,
sino desde esta forma honda
de reconocer
lo que en mí
ya Te pertenecía.
He aquí en Mi Carne
una memoria tallada,
un pulso que no se nombra
y, sin embargo,
sabe
— lo sé.
Conoce del gesto
antes de ocurrir,
del descenso lento
hacia un lugar
donde ya no hay resistencia,
solo apertura:
un canto níveo de sin soledad.
Y en esa apertura,
algo se quiebra —dulce—
no como caída,
sino como Entrega.
Mi oración no se dice.
Se arrodilla
en esta forma mía
de ofrecerme
sin palabra,
sin absolución,
sin regreso.
Porque no busco redimir el fuego.
Lo habito.
Y es ahí,
en el temblor exacto
de lo que se da
donde ardo —redimida—
en Ti,
en esta forma mía
de entregarMe.
