Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

El Tacto del Pecado

He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.


viernes, 3 de enero de 2014

¿El último tabú?

Llevaba ya un rato tirada en el sofá. La música a modo de ambiente animaba la concentración en mi lectura. Hace unos días, mi marido apareció con un regalo para mí. No era un día especial. No hace falta días señalados para aparecer por casa con algún detalle. Me había comprado un libro: "Historia de O" de Pauline Reage. Tengo la sensación de que eso si es un verdadero libro erótico que gira en torno al sexo y al fetichismo, según me ha parecido sobreentender echándole una rápida lectura así por encima. Y también tengo una cierta duda sobre la realidad de la historia. Me ha parecido deducir un bisexualismo en la protagonista, O que disfruta con las mujeres pero prefiere a los hombres. No me he llegado al meollo de la situación a pero creo que tiene su aquél, sobre todo teniendo en cuenta que se publicó por primera vez en 1954. ¡Sorprendente!
"... si el suplicio era el precio que tenía que pagar para que su amante siguiera amándola, no pedía más que él estuviera contento de que ello lo hubiera sufrido y, sumisa y callada, esperaba que la condujeran a él."
Lo que no sé exactamente es por qué me regaló ese libro precisamente. Pero llegó un momento en que me entró cierto sopor. Nacho estaba en la habitación de al lado, en su despacho, preparando unas cosas relativas a su trabajo. Le oía presionar de vez en cuando sobre el teclado del ordenador pero, la mayoría de las ocasiones, se escuchaba más el movimiento de papeles. Dejé el libro sobre la mesa baja y respiré profundamente antes de ponerme en pie. Llegué hasta la puerta del despacho y me apoyé en el marco. Él levantó la vista, me sonrió y me guiñó un ojo.

- ¿Te aburres?
- No, pero me he cansado de leer. Voy a darme un baño.
- De acuerdo. Si quieres, luego salimos a dar una vuelta por ahí.
- Bien –respondió, acercándome. Me apoyé en el sobre de la mesa, me incliné sobre él, dejando el rostro muy cerca del de mi marido. Acercó el suyo y nos besamos. Luego, simplemente, me dí la vuelta para salir de la estancia, contoneándome de modo exagerado.

Fui dejando que el agua llenara poco a poco la bañera, con tiento de que no rebasara más de lo necesario en caso de que mis artimañas surtieran efecto, mientras me paseaba de un lado a otro de la casa, pasando siempre ante el despacho de mi marido. Las primeras veces supe que pasaba inadvertida pero la ausencia de complementos sobre mi piel empezó a alertarle. Fuera mi pantalón para estar por casa, fuera mi camiseta, fuera mi sujetador, fuera mis braguitas… Adelante mi cuerpo desnudo.
… Y me paré desnuda, escuchando lo que ajeno a todo mi marido estaba haciendo, apoyada en la pared. Él seguía en lo suyo, pendiente y concentrado en su trabajo.
Un giro sobre mi misma y me situé bajo el quicio de la puerta, puesta en puntillas con mis piernas cruzadas y mis manos apoyadas en los laterales. Él me miró. Ladeó la cabeza e hizo una mueca en la que frunció el ceño con cierto aire de sorpresa. ¿En serio que no había levantado la cabeza ni una sola vez de las varias que pasé por delante?
Luego se quedo como pensativo, jugando con un dedo sobre sus labios.
- Si no termino esto de aquí a un par de horas perderé..., perderemos -rectificó-, posiblemente, mucho dinero –aseguró. Me encogí de hombros, en un signo entre indiferente e infantil. Recobré la compostura y me dí la vuelta. Una palmada en mi culo sirvió de advertencia. Sé que se fijó en él, que clavó sus ojos en mi trasero... Y eso le ponía a cien. Dejé la puerta del baño abierta y me metí en la bañera esperando a que se dignara aparecer por ahí. Quería que lo hiciera y sabía que lo haría, pero también sabía que me iba a hacer esperar. No serían dos horas. Dio tiempo a que el CD del equipo de música acabase. Oí los pasos de Nacho acercarse y luego alejarse. Sonó música nueva y los pasos se detuvieron en alguna parte del pasillo. Imaginé, supuse, que estaba pensando en el momento más oportuno para atacar, ese en el que yo ya hubiera desistido de su presencia. Oí el ruido que la ropa hace al desprenderla del cuerpo. Sonreí, segura de mi victoria. No tardó en aparecer en el umbral de la puerta.
- ¿Por qué has tardado tanto? -inquerí. Él levantó las cejas e hizo ademán de darse la vuelta pero le robé una sonrisa... Y unos besos cuando se acercó hasta la bañera. Una de sus manos acarició mi cabello y con la otra llegó hasta mi coño. Cuando se puso erguido, su sexo quedaba un poco por encima de la altura de mis ojos... y de mi boca. No pude ignorar aquel miembro erecto que, bajo mis besos y caricias, tomó más tamaño: Una auténtica delicia. Se lo besé y se lo chupé, desde la punta hasta el pubis, mientras una mano lo sostenía, la otra cruzaba entre sus piernas en busca de sus glúteos en tanto yo permanecía arrodillada dentro del agua, con la espuma rozándome los pechos. Y cuando pude tenerlo así, más cerca de mí, mirándole, la fui introduciendo muy espacio en mi boca. Empecé a saborearla a ritmo pausado. No tenía ninguna prisa y no creo que a él le importunara. Su respiración entrecortada, sus manos en la cadera, dispuesto a dejarse hacer, el sacar la lengua para pasarla por sus labios y apretarlos, me daban claras evidencias de ello.
- ¡Joer, nena!... ¡ ¡Cada día lo haces mejor!
"Llevo algo de práctica...", pensé para mí y no siendo irracional al pensar que él también practicaba fuera de casa.

Espuma que perdía volumen; agua que se iba enfriando... Gestos que seducían y estimulaban, que buscaban el placer mutuo, el sentido del encuentro, el instinto de posesión, la externalización de las esencias... Mi cuerpo abierto al suyo, a sus embestidas, a sus entregas, a sus besos y lamidas. El suyo, perdido en el mío, entre los pliegues de mi sexo y las curvas de mis pechos. Y una perfecta combinación de tonos: mi piel de un blanco virginal y la de él, de ese sempiterno tono dorado. Mis manos sobre su pubis oscuro, presionando la base de su polla mientras mi boca había empezado lentamente a ganar terreno, logrando con cada chupada que se fuera enterrando en mi boca. Podía percibir las contracciones de su cuerpo conforme aceleraba el ritmo de mi mamada. Nacho movía suavemente sus caderas hacia mi boca, dejando que mis labios presionaran su erección. Me estaba follando la boca y gozaba. Aquellos gruñidos le daban un halo salvaje que a mí me enloquecía. Seguí comiéndomela como si la vida fuera en ello.

Lo cierto es que en la bañera no me siento muy segura. Siempre tengo la sensación de que un resbalón en una mala postura daría con mis huesos al traste... Y hacía ya un tiempo que no había practicado sexo en una de ellas. Desde que tuvimos aquel  polvo mañanero en Praga(click) no había vuelto a experimentar y la idea la considero especialmente excitante. Nos hemos bañado juntos infinitas veces pero siempre había sido algo relajado: besos, caricias ingenuas y tiernas... que no habían pasado de ahí pero sí se habían prolongado y apasionado, posteriormente, en la cama.

Pero ahí de rodillas ambos, apoyándome en el borde de la bañera, sintiendo sus manos reptar por mi espalda hasta mi trasero. Se separó ligeramente para poder pasar una de sus manos entre mis piernas y deslizar sus dedos desde mi pubis hasta mi perineo. Después, noté sus mordiscos en mi culo y aquellos besos empapados. Una buena táctica para distraerme o abstraerme de sentir como me separaba los glúteos. Su dedo pulgar frotó sobre la entrada de mi ano, suave, en círculos, sin más pretensiones. Me gustaba la sensación y, cuando sentí la entrada tímida de su dedo en mí, dí un respingo por inesperado. Me susurró y me acomodó de nuevo. Me levantó un poco más las caderas y tuve que aferrarme fuerte a mi sujeción. Cuando sentí el dedo entero me volvió a invadir aquella extraña sensación de gusto y como de sentir pimienta de un modo delicado en un momento tan especial. Poco a poco me fui relajando. Tenía que ser así. Y su dedo fue trabajando hasta el punto en el que pudo introducir la punta de su polla. Era la primera vez en todos nuestros años juntos -siempre le he vetado esta frontera mía- y, si salía bien, que iba a salir bien, no iba a ser la última. Había que disfrutar de aquel instante.

Sus manos pellizcaban mi culo y juntaban los mofletes, mientras su polla se hacía, cuidadosamente, hueco entre ellos. Cuando casi la tuve entera dentro, se detuvo previamente a empezar a balancearse sobre mí. Yo apretaba los dientes, me mordía los labios y me aferraba fuertemente al borde de la bañera y, a continuación, empecé a soltar palabras que llenaron mi boca y elevaron su excitación. Se quedo quieto de nuevo, cogió mis pechos, lo que obligó a ponerme ligeramente más erguida. Ahora sentía el calor ardiente e su polla dentro de mi ano y los pellizcos de sus dedos torturando mis pezones... Mi coño chorreaba y aquellas embestidas produjeron en mí uno de mis mejores orgasmos. Tal vez sus relaciones extramatrimoniales, de las que no tengo conciencia salvo por aquella ocasión en la que le pillé mientras se la mamaba Marina y que siempre se han negado Lucas y él a reconocer, le habían llevado a tener algo más de pericia y protocolo, con lo cual nos hemos beneficiado ambos.
Estábamos uno frente al otro, apoyando la espalda en los fondos de la bañera. El agua se había enfriado y ya no quedaba espuma, solo un aroma a sexo y aceites.

- ¡Ha sido genial!
- Pero eres un cabrón...
- ¿Yo? ¿Por qué? -preguntó echándome un poco de agua a modo de juego.
- Porque no quería...
- ¿No querías? ¡Pues no veas cómo has gozado! ¡Te han debido de oír los vecinos!
- ¿Y cómo he gozado? -sonreí imaginando que Sergio sí me hubiera oído.
- Como una puta.  -Y, ahora, fui yo quien le echó agua.
- Pues quiero que me sigas follando. -Sus ojos se abrieron expectantes. Estaba exhausta y ligeramente dolorida pero, aún así, yo tenía ganas de más. Me apetecía que me follara bien por delante pero ya no quería que fuera en la bañera.

Aquella tarde no salimos a dar un paseo como habíamos pensado, ni él terminó a tiempo su trabajo pero, a cambio, follamos hasta decir basta.
Me encantó, antes de caer dormida, sentir su lengua por toda la raja de mi coño, consiguiendo que todo mi cuerpo se agitase de nuevo por completo y estallara en un orgasmo buenísimo. Nacho me sorprendió. Estaba desatado. Parecía que ambos estuviésemos poseídos por otros. Yo me conozco pero él, él me enseño una faceta nueva cuando lamió todo mi sexo empapado y lubricado con mis jugos. Me sentí derretir y sacó de mí a su mujer más puta.

Él quedó muy satisfecho y yo muy bien servida....  Su polla... un poema.... Mi coño..., eso es otra historia.
Mi fantasía se unió a su voluntad.















"...Llegué de nuevo a poseerte
por no haber intentado defenderte;
nunca un vencido fue más feliz que tú.
Y hoy, de nuevo indefensa, y a la espera,
he de adentrarme en tu última frontera,
desvaneciendo el último tabú."
Francisco Álvarez Hidalgo 

miércoles, 1 de enero de 2014

Místico Pecado... Conversión.

EL PECADO SIEMPRE ESTÁ DETRÁS...
Y TIENE SUS CONSECUENCIAS.
Te he asegurado un puesto en mi infierno.
No lo dudes... porque tu duda te hará más pecador.

De cazadora a cazada...

- ¿Recuerdas que te debo una sorpresa?
- Sí, claro... Lo recuerdo... -le respondí, habiéndome olvidado de aquello. Habían pasado casi tres meses desde entonces y pensé que después de nuestra conversación, se habría dado por vencido. Está claro que me equivoqué con él.
- ¿Por qué no quieres nada conmigo? 
¿De verdad no te haces una idea? -pregunté. Él negó-. Que tu matrimonio sea abierto y cada uno haga lo que quiera fuera de vuestra cama, me parece correcto, pero no dejas de ser el amigo, el mejor amigo, casi un hermano, para Nacho... Y yo no quiero formar parte de una trilogía. No quiero formar parte de ese triángulo que formáis él, tú y tu mujer. Lo que vosotros hagáis, planeéis, pactéis... es cosa vuestra. Nada tiene que ver conmigo. 
- Sé que es complicado para ti. También lo es para mí. No quiero engancharme a ti, y lo voy llevando como puedo, porque, verdaderamente, entre tus negativas y alguna aceptación... tengo que luchar mucho por no perder la cabeza. 
- Ha llegado el momento, guapa.
- ¿Ah, si?
- Sí -apercibió-. Y te doy menos media hora para que te prepares.
- No... No puedo...
- ¿Por qué no puedes?
- Porque no quiero, así de claro.
- No voy a suplicarte por que sé que eres rebelde... Y eso me pone. La verdad es que me pones cuando eres más sumisa y cuando eres así de insurrecta. Podemos tomar algo, un café, y charlar...
- ¿Ahora se le llama así a querer follar? ¿Charlar y tomar un café? -ironicé.
- Chiquilla, sabes que eres pecado para mí... y no hay nada que me guste más que pecar.
- ¿Le vas a pedir permiso a mi marido?
 ¿Vas a tener remordimientos de mujer casada? No tengo nada que decirle a Nacho. Ya te dije que hay cosas que no se cuentan. ¿Tú cuentas todos los pecados?
- Yo no cuento nada, así nadie sabe si los tengo o no.
- Entonces..., peca... Sólo tú y yo sabremos todo la verdad. Te paso a buscar en quince minutos.

Y colgó.
No sé por qué demonios digo no y luego es sí. En mí  un no ha sido siempre no y un ha sido siempre sí. Esto es como un poder y no querer y, al final, me dejo convencer. Sólo me falta asentir: "A tus órdenes, señor". Tengo que reconducirme y volver a sacar esa fiera que llevo dentro. Últimamente parece más gata que leona. Recuerdo el juego con Sergio: el uso de las cintas, el uso del hielo, de las velas... Y lo bien que lo pasé, cuándo disfruté siendo ama y señora de aquel juego... En las últimas ocasiones, acabo sucumbiendo a la hipnosis de otro. He de rebelarme. He de desobedecer. He de incitar y hostigar...
Pero con Lucas... Lucas es tan diferente... ¿Cómo voy a castigarle si es más peluche que animal?... Al menos conmigo en las contadas ocasiones en las que hemos estado juntos.

Sí. Había aceptado esa charla y ese café, o lo que fuera. Lo que no sabía era cómo iba a evitar un encuentro sexual con aquel hombre que bien merecía, no un revolcón... si no, tres o cuatro. Un empezar y no acabar. Me gusta su sexo, aunque he de reconocer que tengo suerte o buen gusto, no sé, algo debe ser, a la hora de elegir a mis machos. No puedo quejarme del producto que tienen entre sus piernas ni del uso que saben hacer de él y de sus manos, su lengua... Y del resultado que obtengo yo.
No me preocupaba demasiado Marina. Seguro que ella se habría buscado alguna excusa aquella tarde para no pasarla con su marido. Y el mio estaba en una de esas salidas que le mantenían fuera de casa durante todo el día. Así que me mantenía más tranquila.

Me costó convencerme, pero cuando subí a su coche pareció cambiarme el chip. Aquel pelo relativamente largo, cubriéndole la nuca y saliendo despuntado; su rostro anguloso, muy masculino, su barba de días, su porte en general y sus manos sobre el volante: manos grandes y dedos largos...

- Hola, preciosa.
- Hola, guapo.  -Y sus labios se posaron en mis mejillas. El aroma de su perfume impregnaba el ambiente y al acercarse a mí, creo que me quedé impregnada también de él-. ¡Qué bien hueles!
-Mejor sabré -me respondió ni corto ni perezoso. Sí, suele ocurrir así: si los platos huelen bien, deben de saber mucho mejor.
- ¿Dónde vamos?
- Déjate llevar.
- ¿Y Marina?
- Ha quedado -respondió sin argumentar nada más.

Las calles iban pasando, quedando a nuestra espalda, mientras sonaba la radio a bajo volumen. No pretendía ser simpático. Él lo era por naturaleza. En un determinado momento noté su mano bajo mi barbilla, como a modo de carantoña. Le miré y sonreí. Ya había caído en sus redes... O quizá antes, cuando no supe ponerme en mi sitio.
Sí que lo supe pero en aquella habitación de hotel terminé entregándome. Sin darme cuenta me vi atrapada entre sus brazos, perdida entre sus besos y el juego de sus manos como si el vino de la copa que me había servido hubiera producido sobre mi una locura desmedida o unas ganas incontrolables de ser poseída. O fue el efecto del líquido después de pasar de su boca a la mía, tibiado. Para entonces, ya había perdido yo toda mi arrogancia.

Me senté con intencionada timidez  en ese sillón que parecía tan cómodo y, al mismo tiempo, con cierto aire provocativo al despertar en mí un montón de ideas que no sabía si podría llevar a cabo de forma analítica. Le observé con mirada entornada, llamándolo a gritos en silencio. Permanecía ahí de pie. Todavía no sé por qué iba vestido de traje. Se aflojó la corbata y la tiró sobre la cama, junto con la americana. Se acercó despacio, pero noté la firmeza de sus pasos y el desvelo de sus intenciones. Apoyó sus manos sobre la parte alta del respaldo del sillón y quedé entre ambos.  Mis manos avanzaron sobre sus piernas, primero por fuera, luego por su cara interna, y pude percibir el calor de su piel a través de la tela del pantalón. Y en mi oreja, perturbando la calma de mi lóbulo, el susurro de su respiración, fuerte y profunda, como la de un amante presa de un deseo fiero, vivo e inmediato, que terminó por morderme, no sin cierta avidez, y deslizando la lengua por mi cuello y escote hasta darse con el vértice de uno de mis pechos. No dudó en deleitarse con él… Y yo con el roce de su lengua sobre mi piel.


Pude haberme movido, gravar mi voluntad –sí, esa que pone a prueba a todo macho que intenta acercarse a mi territorio-, pero el gusto que me embriagaba me mantenía espontáneamente quieta y pausada, en tanto sus manos terminaban de apartar la ropa de mi cuerpo. Aquellos dedos, tan sensuales como maestros, tan lentos como prestos, empezaron a recorrer el calor y humedad de mis braguitas. Era un auténtico acto de provocación que tendría sus consecuencias. Las bajó con suavidad, con un gesto de delicado amante, besando mis piernas hasta que la prenda cayó a un lado, sobre el suelo. Por un momento estuve a punto de decirle, como indignada, que se detuviera. Y lejos de eso, arrebaté su gesto, llevando su cabeza al centro oscuro de mis piernas, donde iba a dejarle hacer todo cuanto quisiera hasta que cayera borracho de pecado a mis pies.

 

No me puedo creer que mi sexo esté a su alcance, expuesto ante él, con mis pechos al aire, con los pezones erectos, y empapada de libídine y descarrío. Mis jadeos envolvían toda la habitación, la cama se convirtió en mi muro de lamentaciones libidinosas y puse toda mi atención en esa polla que se acercaba desde un cuerpo que parecía guiarse por las columnas de mis piernas, y tomar freno en la contundencia de mis pechos.



Y cuando penetró en mis entrañas, sentí que todo el fuego que me quemaba se derramaba sobre él. No puedo negar que me gusta, que hay un deseo sostenido que se va dilatando hasta que explota al sentirlo entrar y salir de mi cuerpo... Y no sé disimular. No se me da nada bien y eso no juega a mi favor en absoluto. No puedo pretender que me crea cuando le digo “no”, si al final me folla de esa manera ante la que no puedo otra cosa que dejarme seducir. Sabe follar duro pero no puede evitar desplegar todo un arsenal de caricias y sentimientos que le traicionan del mismo modo que a mí, desenmascarando la realidad de sus sentimientos.
Está claro que disfraza el amor con follar pero mientras yo no le dé a entender que lo comprendo y que lo acepto, iremos bien.
Es obvio, me gusta follar con él porque también me gusta esa forma que tiene de hacerlo.
Atrás...

Alegato

Este espacio es un atentado contra el Sexto Mandamiento: la negativa a reprimir la Carne, la Mente y el alma. Aquí la fantasía y la realidad se cruzan sin culpa, consagrando la lujuria como una religión confesa y clandestina.

La escritura erótica no es un tratado frío, sino el pulso febril de la sangre donde el Pecado se vuelve altar y sacramento. Las palabras muerden, huelen a sombra compartida y a devoción oscura, rasgando el aire para habitar el cuerpo como un templo consagrado al abismo.

Lo que unos llaman Pecado, yo lo llamo Libertad de Elección. Porque nos fue otorgado el libre albedrío que hizo rebelarse a los ángeles y condujo al hombre al placer.

Amén.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.