Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

El Tacto del Pecado

He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.


jueves, 12 de junio de 2014

Dos para una y una para los dos...

Estaba en casa. Un sábado tarde, después de comer. 
Tumbada en el sofá, sin ver la televisión aunque la tenía como fondo a un volumen que me permitía concentrarme en la lectura. Hacía calor. Había encendido unos minutos antes el aire acondicionado pero al cabo de un rato empecé a sentirme incómoda a pesar de haberle elevado la temperatura. No me apetecía ver a ninguno de "mis chicos". Ni tampoco pasar un rato entre los niños de mis amigas. Tal vez no me hubiera importado estar con Leo pero su mujer le tenía atado en corto aquel fin de semana. Además, también necesito algo de tiempo para mí.  Nacho se había ido a jugar a fútbol con Lucas y sus amigos. No vendría hasta más allá de media tarde. Tenía todavía dos largas horas para mí solita.

El móvil me sobresaltó con la alarma de aviso de mensaje entrante. Seguramente, publicidad. No, Sergio:

-"¿Te hace un café? ¿Te invito? Sé que estás sola. Tu marido me ha dicho que se iba a jugar al fútbol. Me ha invitado a ir pero yo prefiero jugar con su mujer ;-) ".

¡Qué cabronazo es! Pero no pude evitar sonreír mientras pensaba qué responder.

- "¿Necesito ponerme guapa?"
- "Tú siempre lo estás. Además, no voy a fijarme en tu ropa".

No tenía muy claro qué iba a suceder. Lo que sí tenía presente es lo que no sucedería. Si subía, ¿tomaría café? Dejé el libro sobre la mesita, apagué la televisión, recogí las llaves y el móvil, y tal y como iba, me subí a su casa. La puerta estaba entornada. Oí música al poner el pie en la casa. Desde la mía no se oía nada. Y la penumbra lo arropaba todo. Hacía más calor que en mi piso.

- ¡Hola! -anuncié-. ¿Se puede?
- ¡Pasa! -avisó desde el fondo. Cerré la puerta tras de mí y me encaminé hacia el salón. Pasé antes por la cocina y vi a Sergio, desnudo, preparando unos mojitos... Verlo no me sorprendió. Sonreí y me acerqué. Me tomó por la cintura y se inclinó para darme dos besos en sendas mejillas. No pude evitar dirigir mi mirada a su miembro semierecto-. ¡Estoy haciendo mojitos! ¡Están flojitos! -aclaró.
- ¿Para que no haga locuras?
- No, para que te des cuenta de que las haces -ironizó-. ¿Tienes calor?
- Hace más calor que en mi casa -dije mientras sentía un extraño subidón de temperatura.
- Puedes desnudarte. Ya ves -invitó, abriendo los brazos y mostrándome las palmas abiertas de sus manos, como un cristo en plena excusa de "yo no he sido". Había un paño sobre la mesa y se lo lancé.

Pudo, simplemente, alargar el brazo y hubiera llegado a alcanzar el vaso que me ofrecía. Sin embargo, optó por caminar aquellos pasos... Tonta, fui a cogerlo y él desvió el brazo dejar el vaso sobre la mesa mientras se apoyaba con la mano libre en la pared que quedaba a mi espalda, acercándose tanto que su piel quedó a dos dedos de mi boca y sus piernas atrapando las mías entrecruzadas. Levantó mi barbilla y mi mirada se estrelló contra la suya tres segundos antes de que su boca rozara mi cuello; cuatro segundos antes de que notaba la caricia de su lengua sobre mi piel... Un poco antes de que sus manos se volvieran traviesas bajando por mi escote.
Percibí pasos e mi espalda pero no fui consciente de la presencia de Diego hasta que éste, como en un arrebato, me cogió desde atrás, obligándome a elevar el rostro... Y si antes habían sido los labios y la lengua de Sergio quienes invadieran y acosaran a los míos y a la mía, respectivamente; ahora se trataba de la boca perteneciente a Diego.
Y recordé, como en un flash, como una estrella fugaz perdiendo el norte, las palabras de Sergio unas semanas antes cuando estaba a punto de abandonar mi casa después de aquel polvazo: "Imagínate cogida en el aire por dos tíos y que uno te folle el coño mientras el otro te folla el culo". (Click) Y sí, me reconocí ingenua en aquel momento y ahora estaba a punto de confirmar que lo fui. "Nada es imposible...".
Sobraban, por lo visto, palabras y faltaban hechos porque en un abrir y cerrar de ojos, me encontré con Diego tumbado sobre la cama, tan desnudo como había aparecido en la cocina... ; con Sergio detrás mía, sujetándome por los hombros, invitándome a acomodarme en la silla, como si fuera a ser la protagonista pasiva de algo...
Nunca había visto follar en vivo y en directo a dos hombres. Curiosidad no sé si era la palabra en ese momento pero tenía un morbo especial. Dicen que a las mujeres nos pone ver a dos tíos cascándosela o zumbándose... y a ellos, les pone a dos mujeres magreándose y darse gusto. La verdad es que puede ser, porque a mí no me ponen dos mujeres pero sí sentía un cosquilleo especial ante la circunstancia de dos machos trajinándose. 
Pero también me sentí un poco perdida en aquel momento. Percibí algo que no sé explicar cuando los observé besarse. ¡Esas dos bocas me han besado a mí! ¡Se han comido mi coño y relamido mis tetas!
No sabía lo que me podía poner el ver a dos hombres comerse a besos pero, por otro lado, reconozco que me alertó un sentimiento idiota observando la escena.  Sé que me estaban provocando. Podía ver sus labios unirse y sus lenguas jugar antes de tocarse. Era única espectadora en primera fila. Sergio es un cabrón con todas las reglas y en el mejor de los sentidos. Creo que sabía cómo me podía sentir y estaba disfrutando con aquel juego. A Diego lo percibía un poco más cortado de entrada pero cuando nuestro amigo empezó a comerle la polla, a masajearsela y yo empecé a verla crecer más... Ufff... Qué sofoco... Qué subidón... Creo que me sobrevino un pequeño orgasmo con el que no contaba. Los pezones casi me dolían y sobresalían por debajo de la tela de mi prenda...
Ante mis ojos se pusieron a tono y de paso, me pusieron a mí tan caliente que solo deseaba que aquellas dos armas del pecado formaran parte de mí. En las  películas porno todo parece, no fácil, sino, demasiado sencillo. Todo sale a la perfección: ellos tienen unas trancas de impresión, ellas parecen... no sé lo qué parecen... y todos tienen unas corridas y unos orgasmos que dan terror. Pero, en carne y hueso, y yo metiéndome en faena... no me lo parece tanto, la verdad.

Mientras Sergio le agarraba la polla y le metía la suya por aquel espacio embadurnado de lubricante y mucho más adaptado que el mío a ser penetrado, Diego me miraba. Se pasaba la lengua por los labios y se tocaba el pecho, haciendo hincapié en sus pezones, pellizcándolos con las yemas de sus dedos y distraía su mirada entre quien le follaba y quien le observaba, es decir, entre Sergio y yo.
Notaba mi sexo mojado, palpitando, y a unos metros más allá, la polla enfundada de Sergio entrando suavemente, sin resistencia, entre los pliegues arrugados y cedidos del ano de Diego, colocado boca arriba con las piernas levantadas. ¡Qué visión!
Tal vez sera una fantasía subliminal pero es que, al igual que cuando tuve aquella aventura con Diego y aquella desconocida, no había pensado en la posibilidad de ello; y, al igual que ocurrió cuando tuve la experiencia con Lucas y Nacho, por mucho que tenga mis dudas -y pienso, ¿se puede tener duda de algo así? La falta de costumbre en la toma de alcohol y la profundidad de un sueño, puede llevarnos a límites insospechados... Ahí quedó la cosa porque no daba el tema para más, seguí sin pensar en la realidad de un encuentro sexual con dos hombres. Pero, tal vez no hubiera que pensar tanto y bastaba con seguir adelante. Hay puentes que se han de cruzar sí o sí, que una vez has empezado a caminar es tan estrecho que no puedes darte la vuelta, y la única opción posible es atraversarlo y llegar hasta al otro lado.
Si cualquiera de mis amigas supiera de un pequeño ápice de esta vida mía, o, me ponían un altar o me crucificaban en él.

Solo sé que aquella escena me estaba poniendo cardíaca. Entre el calor exterior y el que me brotaba desde mis entrañas, aquéllo era un sin vivir. Separé mis piernas y pasé mis manos por los muslos: primero por el exterior y luego por la parte interna, hasta llegar al vértice que las unía. Rocé mi sexo por encima de mi braguita, ésta estaba empapada, y al pasarlos por debajo de la tela, ya estaban mojados los extremos de los vellos. Y al profundizar y alcanzar la piel suave que protegía mi clítoris... qué puedo decir... Mis dedos se impregnaron de aquel abundante elemento que se desbordaba desde mi interior.
Me desprendí de mi liviano vestido, dejando a la vista mis pechos. Me quité la braga y la dejé a un lado. Separé bien mis piernas, dejando ante sus ojos el brillo de mi sexo y la voluptuosidad de mis tetas. De nuevo aquel hormigueo me recorrió entera y fue inevitable que mi mano frotara mi sexo y que la otra se recreara en uno de mis pechos. Mi pezón estaba crecido y henchido. Lo retorcí y tiré de él, mordiéndome los labios, mirando a aquellos dos hombres que se daban el uno al otro...

Diego me llamó mientras Sergio se desprendía del preservativo. Titubeé unos segundos y me dirigí hacia la cama. Dos cuerpos de hombre excitados y el de una mujer, el mío, camino de estallar. Mi cuerpo, antes de caer sobre la cama, fue recibido por besos, besos múltiples, gestos a cuatro manos, a dos bocas...
 El sentir el aliento de aquellos dos hombres tan cerca de mí, el palpitar de sus sexos también tan cerca... El saber que  estaba formando parte de un juego nuevo cuyas reglas desconocía pero que, evidentemente, no significaba que las ignorara.
Creí enloquecer y no quería gritar, aunque tal vez fuera lo único que me aliviara. Pero cómo hacer ante aquella dulce tortura que era sentirme atrapada entre dos hombres. Mientras uno me mantenía apoyada sobre su pecho, apretaba una de mis tetas y con la otra mano frotaba mi clítoris, con tanta energía que me quemaba; el otro, Sergio, se abría paso bajo él, follándome una y otra vez, haciendo fuerte cada uno de sus envites. No podía decir que no estuvieran por mí, que no estuvieran enfocados en hacerme gozar, en deleitarme en un juego que, de verdad, me estaba enloqueciendo.

Sergio me había subido sobre sus caderas. Diego se había puesto a horcajadas sobre mi cabeza, dejando su sexo sobre mi boca y quedando mis tetas al alcance de sus manos. Observé como levantaba su pene, como lo alejaba de mí y cogía sus testículos, apretándolos, dándomelos a comer... Hizo que los lamiera antes. Estaban duros y con aquella tonalidad fruto de la presión. El mismo movimiento de las embestidas de Sergio, entonaban el ritmo de mis lamidas sobre los duros huevos de su amigo. Y mi clítoris se enervaba bajo el movimiento rápido y castigador de los dedos de Sergio que, aún así, apuraba aquellos empujones que me cortaban la respiración, amén de que el duro caramelo que colgaba entre las piernas del otro, no dejaba de introducirse en mi boca. Debía ser la postura, pues no entendía que pudiera tragarme semejante tranca.
Sergio, que se había apoderado de mi retaguardia -estaba claro que a él le gustaba dar-, llevó sus manos a mis nalgas, abriéndolas cuanto pudo, hasta que protesté por la tirantez que sentía en mi ano. Parecía aquel gesto una invitación para Diego, una invitación para un festín de carne que había empezado un buen rato antes. No sé exactamente cuánto, pero sí me pareció suficiente. Yo me estremecía de gusto con aquel vaivén mientras Diego me horadaba el sexo con su lengua. Creía derramarme a cada instante, incapaz de controlar aquel montón de sensaciones que me hacían tambalear desde mis más profundos cimientos. Sentía mi vulva tan caliente, mi punto más estrecho, abierto sin remisión, fornicado con vehemencia, que mi cuerpo temblaba como una hoja al viento. Me la metía tan adentro que estoy segura no dejaba nada fuera. Me ardía. Sentía las acometidas de dolor, pero el placer era tan sumamente intenso que yo me limitaba a gemir y gritar como lo haría una perra en celo pidiendo que la monten porque todo le quema por dentro. A mí, simplemente, ya me estaban montando.

Me sentí como una marioneta consentida entre aquellos brazos, serpenteando entre aquellos otros dos cuerpos... Y cuando fui consciente del intercambio de favores, mi cuerpo todavía tenía presente el placer que mi agujero trasero había sentido. Cambio de guardia. Diego se quedó atrás. Volví a quejarme, un quejido extraño porque no era de dolor, era de gusto, de placer, de querer más a pesar de todo. Empecé a sentir como los pliegues volvían a dilatarse, como el miembro erecto se hacia paso en aquel canal impregnado de lubricante, el cual había envuelto la habitación con un aroma a frutas del bosque o algo parecido. Parecía una loba aullando. Con Sergio clavado entre mis muslos, asido a mis pechos, Diego me tomó por los hombros, con fuerza, y me dejé. Me dejé hacer porque me sentía muy perra, estaba muy cachonda y quería todo de aquellos tipos. No había ya nada que me dijera de echar marcha atrás. Clavé mis uñas sobre los hombros de Sergio y éste me tapó la boca cuando iba a gritar mientras, con la otra, oprimía suavemente mi garganta. Y ya estaba cubierta por detrás.
Por detrás y por delante. Lo que nunca. Esa sensación me era extraña pero la estaba disfrutando. Aquellos movimientos eran intensos y producían en mí, sobre todo cuando coincidían y parecían reventarme por dentro, una extraña mezcla de dolor agudo y de intenso placer.
Me dejé llevar. Parecía no ser yo. Parecía desquiciada, cono si hubiera perdido todos los nortes posibles. y como si lo hubiera hecho miles de veces. Solo quería sentir aquel fuego tan vivo por aquellos orificios cedidos. Dos hombres, dos machos, me estaban surtiendo de carne y yo, como buena carnívora, engullía todo cuando me entraba. Vale, podía ser muy puta pero ante esa oportunidad y ante el hecho de no verme cohibida..., había que disfrutar.
A veces la carne resulta un poco seca, por lo que hay que sacarle el mayor jugo posible o aliñarla con algún tipo de salsa. El por qué lo sé, el cómo todavía lo estoy pensando, pero empecé a mover mi culo, empotrándome en aquellos mástiles que me tenían por bandera.
Parecíamos tres locos; tres animales en estado puro. Yo, una salvaje saltando sobre uno. El otro empujando con fuerza, clavando sus dedos en mis nalgas. El segundo haciendo juegos malabares con mis tetas o haciendo de ellas el panel de sus bocados.
Las palabras salían de sus bocas con el mismo ímpetu que mis gemidos: los que lograban salir de la garganta y los que se ahogaban en ella, en aquella especie de agonía que era la presión sobre mi cuello. 
No me importó correrme sobre Sergio porque él siguió bombeando. Los exabruptos de Diego detrás de mí y aquella especie de alarido que lanzó al aire como si dejara el alma en lo más profundo de mi ano, al final,  no era más que la confirmación de que él me había seguido. 

Quedé tumbada sobre Sergio, con mi respiración entrecortada, con mi vista nublada por la excitación, por la sensación de ahogo salpicándome todavía la garganta. Sentí la retirada de Diego de mis cuartos traseros. Le miré. Le vi arrodillado en la retaguardia, con las manos abiertas sobre sus muslos, como observando aquel espectáculo. Su rostro estaba contraído y por él se resbalaban casi a chorro, las gotas de sudor. Su pelo estaba mojado y él, agotado.

Y, de pronto, dentro de toda aquella consternación, nos echamos a reír los tres. Supongo que sería la visión de aquella escena tan poco profesional. O el hecho de que habíamos montado un espectáculo de ruidos que habría alterado la paz de más de uno y de una.

- Te dije que no había nada imposible -habló Sergio mientras intentaba zafarse de mi peso. Mis piernas estaban entumecidas y mi cuerpo gastado.

Tuve que salir de ahí corriendo. Nacho no tardaría en llegar y no podía dejarme sorprender de la manera en la que estaba: oliendo a lo que no era yo y con aquellas pintas.

viernes, 6 de junio de 2014

Polvo Real...

Nunca he entendido muy bien el tema de los fetiches... ¡pero es que entiendo tan pocos temas! Supongo, que es como coleccionar ositos de peluche... Pero esta mañana, leyendo la prensa, me he dado cuenta de que el tema tiene para hablar de él largo y tendido. Un articulo me ha puesto al día (tampoco es muy complicado dado mi grado de ignorancia) pero he pasado un buen rato con la lectura.

- ¿Qué miras tan atenta? -me preguntó Nacho mientras entraba en la cocina. Estaba recién duchado. Su cuerpo, en un instante, despertó mi piel y me hizo palpitar. Le observé mientras se servía un café y se asomaba a la ventana para contemplar la mañana. La barba le sienta bien y, su cuerpo cada día mejora.
- ¡Estás buenísimo, chico!
- Gracias -rió divertido.
- Estoy leyendo un artículo sobre el gabinete erótico de Catalina la Grande. (click)
- La historia dice que era una gran fetichista y una ninfómana muy poderosa...
- Eso parece. Yo la tenía en estima por otro tema: por expandir y modernizar el Imperio Ruso durante su reinado... y de ahí, lo de "grande"...
- Sí. Por eso también pero es que le gustaba todo grande... y a lo grande -respondió irónico tomando un sorbo de su café.
- Sí -reí-. Según parece, en uno de sus palacios, había una habitación decorada en un estilo erótico muy explícito. Dícese que una de las paredes estaba forrada de enormes falos de madera de diferentes formas... ¿formas? Será tamaños... - dije enseñándole la página con las fotos-. Por lo visto, la mayoría se perdieron en el fuego de la Segunda Guerra Mundial. Hay mesas, sillas, escritorios... con escenas pornográficas.... -fui relatando sobre la marcha, hasta que llegué al final del artículo sin haberlo leído. ".. la leyenda cuenta que falleció mientras era penetrada por un caballo".
- La mesa se sostiene por pelotas -dijo haciéndome reír a carcajada abierta- y su vida, de dentro hacia afuera no sé pero, dentro debía ser, literalmente, la leche...
- ¡Ostras! –exclamé-. ¡Caramba, caramba! –dije para ponerme en pie y acercarme hasta la encimera donde me serví un poco del zumo que había dejado fuera de la nevera. Nacho se acercó hasta mí tan apenas tomé el primer trago. Se colocó detrás y sentí su cuerpo pegado al mío… Sus labios besaron despacio, como otras tantas veces, mis hombros y la parte alta de mi espalda.
- ¡Qué buena estás, “joia”! –advirtió colocando sus manos sobre mis caderas. El tacto de la tela de mi camisón hizo que la prenda se resbalara sobre mi piel como una seda al sentido de sus manos sobre mi cuerpo. Las noté subiendo por mi cintura hasta mis pechos, apoderándose de ellos. Mis pezones erectos se marcaban bajo el tejido, siendo una llamada de atención para las intenciones de mi marido.- ¡Haces que me ponga verraco! –No pude menos que echarme a reír. Lo hice de forma poco aparatosa pero es que, en ocasiones, es como un chaval. Somos como dos chiquillos, es cierto. Seguimos teniendo ese puntillo de rebeldía, de juego a veces infantil en el que nos entregamos para acabar, en hagas desbordados por la pasión y, en otras, pidiendo la paz…

Sus manos se colaron por mi escote en dirección a mis tetas. Las acarició con la palma abierta, estimulando mis pezones para luego jugar con ellos de forma descarada. Mientras, él verraco y yo, yo subiéndome por las paredes. Sentía mi coño palpitar y humedecerse y como el corazón se aceleraba sin poderlo controlar.
No nos movimos de aquella posición: los dos de pie. Él detrás de mí. Yo, entre él y la encimera, sin escapatoria, sin salida… y, aunque la tuviera, tampoco la quería.
Sus manos volvieron a mis caderas para deslizarse hacia los muslos, subiendo de nuevo pero llevándose consigo la prenda que los dejaba al desnudo. Percibí la cercanía de sus dedos en el borde de mi braga… Deseaba que se metiese bajo ella, que percibiera el calor que sentía y la humedad que desprendía… aquélla que casi sentía resbalar por el interior de mis piernas.  Una mano se perdió hacía mi boca, rozando mis labios; la otra, se perdió entre los otros, entre los de abajo, rozándolos al mismo tiempo, buscando la perla oculta y erecta que se perdía entre ellos, hasta que la alcanzó…
La tomó entre las yemas de sus dedos mientras yo succionaba entre mis labios su dedo, se lo follaba pensando en su sexo y en la entrada de otros en mi coño…

- ¡Mmmmm…! –se limitó a expresar cuando pasó la mano entre aquellos labios calientes y sus dedos resbalaron sobre la humedad, más que evidente, de mi sexo… Se apartó ligeramente. Con una de sus piernas separó las mías. Lo hizo con rapidez premeditada, empujando hacia los lados mis tobillos con su pie y tiró de mí para dejarme ligeramente vencida hacia delante, sobre la encimera. Un par de suaves manotazos, de abajo hacia arriba, en sendos glúteos y mi braga, furiosamente, se desprendió hacia mis rodillas… ¡Cómo me gusta cuando saca esa especie de rabia sexual contenida!
Y sus dedos hurgando en mi interior mientras me abría consentida a aquellas sensaciones; mientras visualizaba como se desprendía de su bóxer y dejaba al descubierto la erección de su miembro, aquél que en unos segundos se estaría rozando con mi piel, separando mis nalgas para el roce más profundo...
Y llegó hasta mis pechos, de nuevo, estrujando y amasando como artesano para trabajar la mejor de las masas. Sus manos son grandes, en cambio, no llega a abarcarlos por completo. Metió las manos por el escote, desde los lados hacia el centro con avivada rapidez, y los sacó, asiéndolos de los pezones y haciéndome brotar un gemido antes de morderme los labios. 
Me giró y mis senos, curiosos y proyectados hacia él por encima del escote, quedaron como colgados en un imaginario balcón para permanecer amparados al martirio de sus caricias... Me estremecí con su cara encajada entre ellos y la sensación húmeda de su lengua en la hondonada que se abría entre ellos, mientras los apretaba bajo sus puños cerrados. Parecía quemarle el deseo. A mí, me quemaba todo lo demás... Su pierna, entre las mías, empujando hacia mi sexo, moviéndose..., en tanto su boca se convertía en el "gota a gota" de mi sentencia... Mis pezones succionados entre su saliva, pendientes entre sus dientes, perdidos en el azote de su lengua... ¿Y qué podía hacer yo? Limitarme a arañar con suavidad su piel, a presionar su cabeza contra mí, a rendirme ante su empuje.

Con una mano parecía apretarme el cuello por la nuca, incluso la presión de sus dedos llegaba a ser molesta pero me podía más la excitación por lo que hacía con su otra mano. Con ésta palpaba mis labios vaginales, los apretaba entre sus dedos, los pellizcaba y los tomaba a la par cerrándolos sobre mi clítoris, presionando con fuerza, llegando casi a retorcerlos... como si fueran de goma. Luego, introdujo los dedos casi con brutalidad y brinqué sobre su palma. Su mirada clavada en mí parecía estudiar cada una de mis reacciones. Mi boca se abría y cerraba como la de un pez, intentando tomar aire, controlando la sensación de cada embestida, de la presión de aquellos dedos abiertos explorando mi interior.
Mis dedos se prendían de sus hombros, apoyándome, sujetándome... mientras me vencía ligeramente hacía atrás para dejarle disfrutar de mis pechos, bañados ya en el jugo de su saliva.
Enredé mis piernas en torno a su cintura, sintiendo la fuerza de su sexo entre ellas, rozándome sin penetrarme, mientras me tomaba en volandas para llevarme hasta la mesa. Dos pasos apresurados con besos encadenados formando solo uno... hasta que quedé con la espalda pegada al tablero de la mesa, sobre la prensa y cerca de una taza de café vacía que, de un manozato involuntario, volqué un poco más allá. Él la cogió. La colocó bien y la dejó a una distancia más prudente. Su boca comenzó a comerme el cuello mientras me aferraba a él con ganas de sentirlo mucho más cerca y más profundamente. No dije nada. El ritmo acelerado de mi respiración era suficiente aliento para que él continuará sin más que decirle. Continuó bajando sobre mi piel, arrastrándose por la garganta, llegando al centro de mis pechos, esos que sus manos fajaban y estrangulaban mientras llegaba hasta mi sexo.
Me moría de ganas..., de placer.
Jugaba con mis labios y mi clítoris, y su mirada se perdía fijada en mis tetas y en mi boca, entre los juegos de sus dedos en mis pezones o en la expresión de mi rostro cuando bebía de sus dedos con sabor a mí.

Sentir como su polla se hacía paso entre mis hinchados labios, como abría el húmedo sendero de mis entrañas... Sentir esa firmeza, esa dureza en su sexo empujando despacio, buscando el punto más profundo hasta golpear con fuerza en él.
Y entraba...
Y reculaba... Sin llegar a salir.
Y, cuando salía, era para comer mi sexo, para abrir más mis labios y embeberse de mis jugos, disfrutando de la tersura de mi excitado clítoris... Tremendo placer el que me proporcionaba. Su lengua se movía hábil, sabia, con experiencia. Sus labios hacían presión sobre él, absorbiéndolo; succionando, tirando hacia él... Y con el dedo, no sé cuál, hacerlo temblar, palpitar mientras yo me deshacía en un fluido que no quería que se desbordará del todo... No en ese momento. Estaba cachonda de verdad. Quería que me devorara entera. No tenía que pensar en otro. Me bastaba él.
Sus dedos volvían a follarme y cuando su acto era relevado por su pene, aquéllos regresaban a mi boca... Y yo chupaba... como él chupaba mis pezones, tan erectos, tan tiesos que parecía que fueran a  reventar.... Cuando no, con sus brazos, mantenía elevadas mis piernas haciéndoles tope a la altura de mis corvas y me hacía percibir cada una de sus impetuosas cometidas como una puñalada de fuego que me quemaba el centro de mis entrañas.

Cerré fuertemente las piernas, cruzándolas por mis tobillos, rodeando su cuerpo... como quien pliega las velas de cruz, asegurándolas sobre las vergas y las de cuchillo o empavesadas sobre sus nervios... Me sentía un barco entregado sin remedio a la  peor de las tormentas, con las olas saltándome por encima, asaltándome el alma. 
El suave pero enérgico sentido de su sexo enclavado en el mío, sus testículos chocando contra mi piel, como vigías de las atalayas que escoltan las puertas del gran paraíso al que nunca podrían entrar, parecía ser todo un perfecto ósculo de reverencia ante mi coño. 
Comenzó a moverse lentamente, sacudiendo magistralmente sus caderas, entrando y quitando su pene que cada vez se deslizaba con mayor facilidad, surcando totalmente empapado por el placentero túnel en el que se había convertido mi vagina. Nos besábamos y acariciábamos todo lo que podíamos… labios, cuello..., todo..., en una frenética carrera por aplacar tanto fuego. Mis ganas de correrme eran casi incontrolables... Y él iba frenando, desacelerando el ritmo, parándose incluso, para no correrse conmigo... Para llegar juntos o casi a la par al culmen de todo aquello que nos estaba embriagando; en todo aquello que nos envolvía en una capa de sudor salida de dos cuerpos entregados a la pasión, a la lujuria de sus sentimientos, hambrientos de más y más... 
Envueltos en aquellos mini orgasmos preludio de aquél otro mayor, de la erupción de aquellos dos volcanes que eran nuestros sexos.
Metido él en mí. Enlazada yo a él; disfrutando de su polla como él gozaba de mi sexo, mientras nos mirábamos, mientras sabíamos que no había nadie más que pudiera ser mejor; se mordió los labios y apuró aquel embate que me hizo gritar... Aceleró el ritmo de tal manera que mis tetas se movían al unísono como campanas volteando en día fiesta.
Buscó mis manos y las entrelazó a las suyas intentando conservar el ritmo pero, como yo lo hice sobre él, se derramó dentro de mí.
No le dio a tiempo a pedirme que me corriera con él... Solo tuvo que dejarse ir conmigo.
Después, se venció sobre mi cuerpo sudoroso. Nos abrazamos. Nos besamos. Continuamos sintiéndonos hasta que su polla, descargada, abandonó el refugio de mi sexo.

- ¡Por Catalina la Grande! -rió antes de estampar un sonoro beso en la sonrisa que se dibujó en mi boca.




Alegato

Este espacio es un atentado contra el Sexto Mandamiento: la negativa a reprimir la Carne, la Mente y el alma. Aquí la fantasía y la realidad se cruzan sin culpa, consagrando la lujuria como una religión confesa y clandestina.

La escritura erótica no es un tratado frío, sino el pulso febril de la sangre donde el Pecado se vuelve altar y sacramento. Las palabras muerden, huelen a sombra compartida y a devoción oscura, rasgando el aire para habitar el cuerpo como un templo consagrado al abismo.

Lo que unos llaman Pecado, yo lo llamo Libertad de Elección. Porque nos fue otorgado el libre albedrío que hizo rebelarse a los ángeles y condujo al hombre al placer.

Amén.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.