Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.
El Tacto del Pecado
He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.
jueves, 14 de febrero de 2013
Amantes...
viernes, 11 de enero de 2013
En tu despacho...
Me cogiste de las manos y me atrajiste hacia ti. Empecé a sentir tus manos rozándome la piel, desde la cara, recorriendo mi rostro, deteniéndose en mi boca, descender por mi cuello; abrirse hacia los hombros y llegar a mis muñecas... Tu boca cubriendo la mía... Sentí tus manos soltar las mías y apoyarse sobre mis caderas. Permaneciste unos breves instantes inmóvil pero pude percibir el sonido agitado de tu respiración.
Y tu boca de pronto sobre uno de mis pezones, directamente, succionando, chupando como si esperas sacar algo de él. Intenté decir algo pero me hiciste callar: Tu mano sobre mi boca pero me dejaste abrazarte. Sabías que la situación podía superarme, que pese a mi entrega y a dejarme hacer, necesitaba más confianza... Y me la diste... Porque me conoces...
Me tumbaste en el suelo... Un respingo me sobrecogió. Si, estaba la alfombra o la moqueta... Pero estaba fría y mi cuerpo ardía.
Me cogiste los brazos, a la altura de las muñecas, y los elevaste por encima de mi cabeza, sujetándome con una de tus manos. Era suficiente. Sabes que no iba a ofrecer mucha batalla de entrada. Te tumbaste a mi lado y el roce de tu boca sobre la mía, haciendo paso a tu lengua, me hizo reaccionar. Te comí la boca, tragué tu saliva... Un escalofrío me recorrió entera. Tus labios dejaron paso a tus dedos. Introdujiste uno en mi boca, luego dos... Suave, despacio, sin profundizar demasiado... Chupé como si me fuera la vida en ello, imaginando que era la punta de tu polla, blandita, sonrosada, suave... Y tus besos en mi cuello, mordiéndome...
Acercaste tu cabeza a mi sexo y lo besaste. Sé que en otro momento hubiera cogido tu cabeza y la hubiera apretado contra mi coño pero no podía:
- ¡Cómemelo, cabrón, cómetelo!
Tus manos sobre mi pecho, sin dejar de comerme el coño. Agarraste fuerte mis pezones entre tus dedos. Estaban duros y los pellizcaste, tiraste de ellos y apreté los dientes...
domingo, 6 de enero de 2013
Un buen polvo...
Te estaba invitando a que vinieras. No sé si te sorprendí pero me gusta pensar que sí, así que me seguiste apenas un segundo después. Me alcanzaste en la puerta. Comprobé que no había nadie y, sin tiempo a nada, me empujaste hacia adentro. Aquella zona era amplia. Dos lavabos corridos y dos puertas de aseo. Ambas abiertas. Estábamos, efectivamente, solos. Nos besamos pero tus manos eran losas sobre mi cuerpo. Había prisa y ganas, más ganas que prisas. Me quitaste la camisa y la dejaste en la encimera. Observaste mis pechos. Los cogiste. Los acariciaste… Los sacaste de sus copas y te los metiste en la boca. Primero uno, su pezón. Luego el otro. Jugaste con la lengua mientras una de tus manos me presionaba el coño por encima del pantalón.
Te pusiste de cuclillas frente a mí. Desabrochaste el pantalón. Era fácil. Un simple nudo sin demasiadas complicaciones y la prenda cayó al suelo por su propio peso y holgura. Mi sexo cubierto por una braguita de encaje color cava que dejaba ver la oscuridad de mi sexo. Apretaste tu cara contra él y lo oliste. Oliste mi perfume de mujer. El perfume de tu hembra ansiosa de ser montada por su macho. Apartaste un poco la braga y rozaste lo justo mis pelillos. Ya estuve a punto de correrme solo con eso. Me giraste. Quedé con las manos apoyadas en el lavabo y me vi reflejada en el espejo. Desnuda a no ser por la braga que me fuiste quitando maestramente. No veía lo que hacías. Estaba nerviosa por ello pero también por si alguien venía. Con tanta gente fuera sería raro que no quisiera entrar alguien. Tenía tu cara pegada a mi culo. Pude notar tus lametones y, de pronto, entre mis piernas bien separadas, tus dedos jugando con mi coño. Estaba ya mojada.
Sacaste tu cara y metiste un dedo, o tal vez dos. Creo que de haber metido más me hubieran entrado. A esas alturas estaba tan excitada, tan mojada que la dilatación de mi coño era máxima. Creo que me hubiera entrado todo. Empezaste a meter y sacar. No sé cuánto tiempo pero me parecía tan corto como interminable. De repente los sacaste y me diste la vuelta rápidamente. Ya en pie me subiste a la encimera. Me abriste bien las piernas y te dedicaste a comerme el coño con rabia, con ganas…. Estaba tan aturdida que me decía a mi misma que era muy hembra, con necesidad de ser cabalgada por un hombre como tú. No parabas y me corrí. Me tapaste la boca para que no gritara. Fue brutal. Eché la cabeza hacia atrás, intentando zafarme de tu mano. La otra la tenías apretando mi coño, como reteniendo mi corrida. Casi no me dí cuenta de cuándo te bajaste los pantalones. Solo recuerdo tu enorme y dura polla a punto de estallarte. Te la cogí entre las manos. Tenías la punta mojada. La presioné. Me encantó sentirla así y empecé a masajearla pero entonces, tiraste de mí, asiéndome de las caderas y me la clavaste sin piedad. Ya no eras tan tranquilo, si es que en algún momento lo fuiste. Tu lengua había sido cruel castigo pero tu polla era
Este espacio es un atentado contra el Sexto Mandamiento: la negativa a reprimir la Carne, la Mente y el alma. Aquí la fantasía y la realidad se cruzan sin culpa, consagrando la lujuria como una religión confesa y clandestina.
La escritura erótica no es un tratado frío, sino el pulso febril de la sangre donde el Pecado se vuelve altar y sacramento. Las palabras muerden, huelen a sombra compartida y a devoción oscura, rasgando el aire para habitar el cuerpo como un templo consagrado al abismo.
Lo que unos llaman Pecado, yo lo llamo Libertad de Elección. Porque nos fue otorgado el libre albedrío que hizo rebelarse a los ángeles y condujo al hombre al placer.
Amén.
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.






