Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

El Tacto del Pecado

He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Veinte escalones...

Me he despertado una noche más sola en mi cama. Mi marido a más de mil kilómetros y mi nuevo amante, en el piso de arriba. No se escucha nada. No hay un ruido. No hay un paso. Y me giro hacia el hueco libre de mi cama: el que debería estar ocupando mi marido... o Sergio... Sí, me encantaría que fuera Sergio. Es la novedad en mi vida. La golosina perfecta para deshacerme en mi boca y enterrarse en mi coño.
Sé que duerme justo encima de mi habitación. No han sido pocas las noches que le he oído follar con otra. Supongo que él también me habrá oído gemir y gritar cuando mi marido me folla. La luz entraba por los resquicios de la persiana pero no parecía haber sol. Me giré y me abracé a la almohada. Por un momento, el roce de la sábana en mis piernas hizo que me estremeciera. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y una corriente se acumuló entre mis piernas. Sentí que el camisón me sobraba. Llevé una de mis manos a uno de mis pechos. Pude sentir el pezón erecto, herido por el mismo roce del camisón.

Parece que la doble sesión de sexo del día anterior no me ha dejado del todo satisfecha o es que estoy en esa etapa de entusiasmo con la que suelo sorprenderme de vez en cuando. Estoy tan caliente que parezco más perra que nunca. Si apareciera mi marido de pronto por la puerta no le iba a dejar ni respirar. Me tiraría sobre él y me lo follaría como la mejor de las putas. Si apareciera Sergio... ¡¡Ufff...!! ¡Qué no haría yo con él! ¡Qué no me dejaría hacer!
Me permitiría el lujo de atarlo a los barrotes de mi cama, taparle los ojos y volverlo loco a base de lametones y mordiscos, resbalarme por su cuerpo y martirizarlo sin descanso sobre su sexo: tragarme su polla desde el capullo hasta donde mi garganta lo permitiese, chupar sus huevos y meterlos en mi boca llenándome de ellos...

Siento un calor que me quema desde dentro. Las sábanas se enredan en mi cuerpo como las manos de un buen macho impregnado en mi cuerpo, hambriento de mi piel y calmado en mi sexo.
Me da perece levantarme a buscar mi juguete. Lo dejé en el baño, en la encimera del lavabo... No me intranquiliza la no presencia de mi marido. Sé que me queda todavía un día sin él. Me sorprende el sonido del móvil. Sonrió nerviosa al reconocer el nombre en la pantalla: "Sergio". Descuelgo y una mano sigue jugueteando con uno de mis pezones.

- Buenos días -musito como gata en celo, tontorrona y buscona.
- Buenos días, guapetona. ¿Qué haces?
- Estoy en la cama. ¿Tú?
- Encima de ti... en mi cama. -Y de lo más profundo de mi garganta surgió un gemido que provocó su carcajada-. !Mmmm...! -expresó y mi cuerpo reaccionó-. ¿Sabes cómo me he despertado?
- ¿Cómo?
- Empalmado. Ha sido despertar y tú venir de inmediato a la cabeza. ¡Niña, cómo follas!... Dime qué haces, quiero saberlo...
- Estoy ... entre las sábanas...
- ¡Ufff! No me digas eso... o tendré que hacer... tendrás que hacer algo para bajar mi erección. -Su voz era extremadamente íntima, extremadamente masculina y sensual. Cuando la tarde anterior me susurraba todo aquéllo a mi oído, sentía que me follaba incluso con ella-. Creo que te echo de menos.... Yo... y mi polla. -Si supiera él que en estos momentos lo único que deseo es cogérsela entre las manos, mirarle a los ojos y devorarla con ansia... Creo que no dudaría en bajar los veinte escalones que separan su puerta de la mía y meterse en mi cama. Conocer que añora mi forma de follar no hace más que aumentar mi estado de excitación y  que la humedad de mi sexo fuera notoria. Bajé mi mano hasta mi coño.  Pasé las mano bajo mi ropa interior y los dedos resbalaron mis dedos entre los pelillos y acariciar mis labios vaginales. Pude comprobar esa suave "pomada" lubricar todo mi sexo. No estoy segura de que se me escapara un gemido, pero tampoco me iba a importar. Tal vez fuera muy débil pero muy evidente.
- ¿Me haces un hueco a tu lado? -le pregunté.
- Claro que sí. Aquí mismo.
- Mmmm -musité-. Me apeteces.
- Hummm... pues me tienes en un punto que no veas.
- Me encantaría estar bien cerca de ti, acariciarte el pecho y acercar mi boca a tu cuello... besarlo, acariciarlo con la punta de la lengua hasta llegar al lóbulo de la oreja...
- Hummm -gimió.
- ... Susurrarte algo...
- Cerraría los ojos y me dejaría hacer... Dejaría que me devorases el cuello... ¿Qué me susurrarías?
-  Decirte que me gustas... que te deseo... que me pones... Chuparía el lóbulo, lo mordería y tiraría de él...
- Ufff...
- Pequeños mordisquitos hasta tus labios, encontrar la boca entreabierta...
- Te la ofrecería...
- Me encanta tu boca...
- Dejaría mis labios muertos... sin tensión... para recibir tus besos... - A esa altura de la conversación yo me siento desfallecer. Mis dedos entran y salen de mi mojado coño lentamente. Me imagino que él se la está meneando o al menos, su erección va en aumento.
- Cogería uno de tus labios, lo besaría y lo dibujaría con la punta de la lengua...
- Hummm...  Sí...
- ... Y lo mordisquearía -noté su respiración entrecortada y de fondo el sonido de su mano pasando por su polla.
- Hazlo despacio...
- Muy despacito... Recréate... Quiero que me saborees...
- Me voy a sentar a horcajadas sobre ti...
- Ufff...
- Bien pegadas mis caderas a las tuyas... y mi pecho pegado al tuyo... sujetándote las manos al final de mi cintura... Pasaría mi lengua por tus dientes, haciéndome hueco en el interior de la boca...  buscar tu lengua y lugar con ella...
- Hummm.... Me tienes fatal... Abro bien la boca... Toma mi lengua...
- Mmmm.... la succiono....
- ¡Amor! -pronunció de pronto. Me sonó extraño pero me gustó.
- ¿Qué?
- Abre la puerta de tu casa. Voy a bajar.  -El corazón me dio un vuelco pero mi coño se corrió al mismo tiempo-. Quiero follarte... No dejes de tocarte...

No lo dudé. Colgué y salí corriendo a abrir. Dejé la puerta como si estuviera cerrada y regresé a mi cama. Me desnudé. Apoyé las plantas de los pies sobre el colchón y flexioné las piernas, dejando mi coño bajo la presión de mi mano y las caricias de mis dedos. Mis pechos estaban libres. Los pezones erectos. Dolían de la tensión.

 
Oí los pasos de Sergio encaminarse hacia su puerta. El portazo que le dio para cerrarla y descender rápidamente aquellos escalones. La puerta de mi casa se cerró. El portazo fue más suave. Miré hacia la puerta del dormitorio. Sergio apareció desnudo, con algo de ropa en una mano. La tiró en el suelo sin dejar de mirarme. Luego se sentó a mi lado. Allí seguía yo, con mis piernas abiertas y frotando mi clítoris. Imagino la expresión de mi cara en ese momento. Se atrevió a bajar desnudo y empalmado. Seguíamos solos en todo el edificio.
Se inclinó sobre mi. Puso su mano sobre la mía y su boca sobre mis labios mientras su mano libre se aferraba a una de mis tetas. Muerde. Chupaba un pezón y tiró de él. Me dolió pero estaba tan excitada que necesitaba más. Succionó y los dedos de su otra mano jugaron con los pliegues de mi sexo, rozándolos, separándolos, manoseándolos con sabía calentura. Dócil y, al tiempo, calculador. Sentí que buscaba mi reacción... O la quería.. Me mordía los labios para callar mis gemidos cuando introduje los dedos en mi coño. Mi tensión me convirtió en débil. Me noté flaquear del mismo modo que con mi mirada le suplicaba más. Mi cuerpo temblaba y se deshacía cuando noté su aliento acariciar mi pubis. Su mano alcanzaba mi boca... Introdujo dos dedos... Los dejó a merced de mi lengua... Y mi coño, mi sensible, caliente y mojado coño, se perdía bajo los lametones de su lengua.
Los gemidos se acumulaban en mi garganta. Se atropellaban los unos sobre los otros. Las piernas me temblaban y deseaba, necesitaba, que me follase... Y lo hizo su lengua. Me encanta sentirla perderse en mi interior, separar con los dedos los labios mayores, abrir los menores con esa caricia húmeda de su boca e introducir su ávida lengua dentro de mí; saborear mis flujos, incrementándolos, beber cada una de las gotas que emana mi excitación. Me lamía, me chupaba y empujaba haciéndose camino, cavando su tumba en mis entrañas.
- ¡Grita! - me pedía de pronto y me dejé llevar. Mis piernas seguían flexionadas, agarradas por sus brazos. No podía moverme. Es su forma de torturarme. Me agarraba a las sábanas. Arqueaba mi cuerpo... Y se bebió mi corrida. Me sentía un poco cohibida, como si no fuera mi intención pero sabía  que la disfrutaba. Vi asomar su cabeza sobre mi vientre. No fue necesario decir nada. Su expresión me lo dijo todo. No esperaba mucho más. Me sorprendió. Me levantó. Me tomó por la cintura y se colocó entre mis piernas.
Su polla, dura, tiesa, enorme entró en mi sin contemplaciones. Sentí cómo me abría hasta al fondo, como empezaba a manejarme, a hacerme saltar sobre él. Era como si mi corrida le hubiera dado la fuerza suficiente para hacerlo. Estaba extenuada y a él lo notaba más fuerte. Me besaba. Mordía mis tetas... Saltaba sobre sus caderas. Su polla me golpeaba fuerte, chocando al fondo de mi coño. Una sensación menos dolorosa que placentera... Me dejé seducir entre sus brazos. Veía su rostro. Sudaba ligeramente. Apretaba los dientes y los labios. Notaba a duras penas los espasmos de su cuerpo.
                          
- ¡Correte! -le supliqué en repetidas veces porque yo no sé cuánto tiempo más iba a soportar así. Me acometía  una y otra vez y yo me clavaba en él. La penetración era profunda. Mi cuerpo pesaba  y el suyo me elevaba.
- ¡Jo... der...! atendió a pronunciar. Y noté  que se había corrido, que se estaba vaciando en mí y me sentí satisfecha, tanto que me corrí a continuación. Mis líquidos flujos se unieron a los suyos, ligeramente más espesos. Nuestros cuerpos se siguieron friccionando. Sus brazos me retuvieron más fuerte. Yo me limité a rodearlo también con mis brazos, a buscar su boca.. Y él me la entregaba...

domingo, 10 de noviembre de 2013

Ganas de mí...

Nuestro cuerpo había sido como la tormenta que se desencadenó ajena a nosotros. Después de esa mutua primera experiencia, Sergio se subió a su casa, momento justo en el que mi marido me telefoneó para saber cómo estaba. Estaba muy bien. Demasiado bien. Todavía tenía calor dentro de mi coño, el sabor de Sergio en mi boca y no me había dado tiempo a deshacerme del aroma a sexo que se había impregnado en mi cuerpo. Pero los oídos no perciben el olor.
No me había acordado para nada de mi marido en las dos últimas horas y fingir que lo echaba de menos, sobre todo en ése tiempo, resultaba complicado de creer pero ya había aprendido a disimular, a fingir.

Dejé la ventana un poco abierta, apenas dos dedos, porque la habitación olía a sexo. Cuando colgué , me pasé por el salón a recoger uno de mis juguetitos y me fui directa a la ducha.  Todavía estaban las toallas que Sergio había utilizado. No sé por qué, las cogí y las pasé por mi cuerpo desnudo. Si fuera un tío, seguro que hubiera experimentado una erección. Siendo mujer, me mojé sin más. Noté como cientos de gotas mojaban mis labios, y al tocarme mis dedos se impregnaron de aroma y del flujo que había asomado. Hacía días que me conformaba con una ducha rápida y que no disfrutaba de la bañera ni del hidromasaje. Se me ocurrieron cientos de ideas pero a esas alturas... Sólo quería relajarme aunque no me quitaba de la cabeza el cuerpo de Sergio, sus caricias, su boca... y su polla. Me quité el camisón y lo eché en el cesto de la ropa sucia junto con mis braguitas. Llené la bañera hasta la mitad y eché algo de jabón para que surgiera la espuma. Me miré en el espejo. Se notaba que acababa de follar. Me imaginé a Sergio en su cuarto de baño, desprendiéndose de la ropa de mi marido para meterse en su ducha y quitarse de encima todo rastro de mí. Creo que Sergio y yo ya no volveremos a mirarnos de la misma forma.
Cuando vino a vivir a mi edificio hará unos cuatro o cinco años, ni siquiera me fijé en él. Cada uno hace su vida, coincidimos poco... Una serie de acontecimientos que nos incompatibilizaban. Nuestras pocas conversaciones se remitían a charlar superficiales de vecinos, hablando del tiempo y poco más. A partir de hoy eso cambiará un poco. Seguirán existiendo pero subliminalmente dibujaremos el deseo y las ganas de follarnos.  Soy consciente de la humedad de mi coño.

Metida en mi bañera, con los chorros de agua golpeando mi cuerpo, me dejé llevar por esas sensaciones. El jabón elevaba la sensación de gozo y mis manos se convirtieron en piezas clave de mi autosatisfacción. Introduje dos dedos en mi boca y empecé a moverlos dentro de ella, como si la polla de Sergio estuviera metida en ella. Lamí sus yemas mientras las de la otra mano pellizcaban y estiraban uno de mis pezones en un juego que me pedía más y más. Bajé por el cuello, apretando suave, para llegar a mi otra teta. Mis dos manos sobre mis pechos: grandes, blancos y bien sobados poco antes por aquellas manos de largos dedos, mientras separo mis piernas y dejo que el agua abra mis labios.
Siento como me enciendo, como mis manos discurren sobre mi vientre hacia mi sexo. El agua jabonosa hace que mis manos se deslicen mejor sobre mi piel. Acaricio el interior de mis muslos -aún hay ciertas partes de ellos que parecen dolerme- y vuelvo a subir hasta mis tetas que sobresalen de la altura del agua. Mis pezones, sonrosados, erectos y duros, parecen prestos para que los chupen pero me conformo con pasar mi juguete por ellos y estimularlos más. La fría sensación que me transmite el vibrador se complace con el calor de mi coño cuando mis dedos entran y salen de él.
Un "cómeme la polla" sonó en mi cabeza. Me estremecí y acerqué mi juguete a la boca. Había cogido el de bolas. Con la punta de la lengua, acaricié la primera bola, pensando en la enorme polla de mi nuevo amante. Lo fui metiendo despacio en mi boca, jugando a que entrase y saliese al mismo ritmo que seguían mis dedos. Me mantuve así un rato, mientras oía el sonido de la ducha en el piso de arriba. Sergio estaba encima de mí... ¡Dios, encima de mí! ¡Cómo folla el cabrón! ¡Cómo la mete y como la saca, cómo empuja, como disfruta, desesperándome...!
Saco los dedos de mi coño y sin dejar que se mojen demasiado los llevo hasta mi boca. Saco la lengua y los lamo. Saben a mí. Con razón dice Sergio que le gusta como es mi sabor. Muevo mi juguete en torno a mi coño. Lo paso por mis pelillos. Sé que le gusta como lo tengo. Me lo ha dicho. Le gusta natural, sutilmente repasado, para sentir la caricia del bello en su piel. Introduzco el juguete en mi coño, tan mojado por dentro como por fuera, y empiezo a moverlo lentamente hasta lo más profundo. Ahí lo retengo un poco y lo aprieto con la fuerza de mi vagina, antes de empezar a moverlo con ritmo rápido. Intento oír el ruido del agua en el piso de arriba pero ha debido de terminar de ducharse. Me lo imagino observándome desde la puerta, haciéndolo con esa mirada entornada y canalla que he descubierto que tiene. Gozando de mí sin tocarme.
Alzó mis caderas, apoyando los pies en la bañera. El vibrador entra hasta el fondo y siento esos espasmos que me ponen la carne de gallina. El juguete entra y sale y dos de mis dedos dibujan círculos sobre mi clítoris. Lo noto tenso y sensible. Acelero el ritmo. No quiero parar a pesar de que esa sensación me consume. El corazón me late fuerte, la boca se me seca; entreabierta emite gemidos, sonidos que se extienden por todo el espacio del baño. No se ahogan en mi garganta y se convierten en más profundos, confundiéndose con un grito cuando todas las terminaciones nerviosas confluyen en el interior de mi coño. Apuro la última embestida de mi juguete al ritmo que yo le marco y noto como éste se escurre de mis manos y dejo que se pierda en el agua. Me retuerzo en la bañera. Me agarro a los lados y suelto un grito de placer.
Intento controlar la respiración. El pecho me duele pero mi corrida ha sido inmensa.

El vecino del cuarto...

Hacía un par de días que parecía que estaba sola en el edificio. No somos muchos vecinos pero debieron de salir todos este fin de semana. Tenía la puerta cerrada con llave y la sola compañía de la televisión. Mala, por cierto. Si no fuera por ello, no  hubiera habido más sonido que mi respiración, mis pasos y las conversaciones a media voz conmigo misma. Aunque a media mañana me había parecido oír al vecino de arriba caminando por el pasillo. No oí más ruido que el procedente de la calle.
Me asomé a la ventana. El cielo tenía un profundo tono plomizo. Unas nubes entre blancas y grises se desdibujan al fondo, sobre la sierra, y unos tremendos relámpagos cruzaban el gris panorama, pero los truenos se oían muy, muy lejanos. La tormenta estaba todavía lejos. Me gustan los días de lluvia. Me parecen íntimos… Y no tenía nada que hacer.
Sobre la mesa baja observé mi dildo. Lo guardo a buen recaudo pero ahora nadie lo descubriría. Es mi mejor amigo en las ausencias de mi marido o en mi amplitud de ansias a pesar de que él me satisfaga con creces. El tema de los juguetitos lo descubrí a raíz de mi relación con el Macho Alfa pero, después, me deshice de todo: de mi vibrador, que no había utilizado, y de mis bolas chinas que tanto juego me habían dado. Tendré que pensar en ir reponiéndolas. No sabe que los uso y mucho menos que se me ocurrió comprarlos a través de internet. Conocí un día, por casualidad, a un chico. Hablando de sexo, surgió el tema y juntos buscamos una página. En aquella vimos aquellos de cristal, pero me recomendó algo que él conocía. Me dejé aconsejar, aún con la duda consciente de un futuro uso del objeto. En apenas dos semanas tenía en mi casa dos consoladores: uno en cristal transparente formado por una sucesión de bolas  y otro malva en forma de peón de ajedrez. En realidad parecen unos preciosos objetos de decoración carentes de lujuria. Siempre he pensado que si dijera que son un par de piezas de cristal lo creería cualquiera. Podría tener media docena y serían el juego perfecto.

Desde que lo dejamos el Macho Alfa, no he estado con nadie que no sea mi marido  y echo de menos a la perra que hay dentro de mí porque la faceta que conoce mi marido no es de tan puta. Me conoce un poco salvaje pero más tradicional, menos dada a experimentos y nada dada a la sumisión. Pero follamos bien, envuelve toda su ternura en pasión y eso, creo, que a cualquier mujer le gusta. El vibrador no deja de ser un estupendo complemento a mis satisfacciones personales pero necesito una buena polla en mi coño y, como loba convertida, necesito salir de caza.
A media tarde, ya caída la noche, necesitaba un poco de aire. Antes me miré al espejo del baño y la verdad, creo que doy algo de pena. Mis gafas de pasta, mi pelo recogido a lo alto con una pinza, mi pijama de rayas de corte masculino y unos calcetines de lana con suela antideslizante. Todo un monumento al deseo… Al deseo de darse la vuelta y no mirar atrás…
Miré a través de la gran cristalera que hay en el comedor. Al otro lado no tengo vecinos. Sólo un parquecito de árboles bajos, césped y bancos de madera. Las luces de las farolas de globo le dan un aspecto totalmente desangelado. Un relámpago iluminó el cielo por completo y en apenas un par de segundos, un estruendoso trueno rompería el espacio. Me sobrecogí, soltando un “joder” entre dientes. Al mirar hacia mi derecha, por la acera, vi andar una silueta. No veo muy bien pero enseguida me dí cuenta de que era Sergio, mi vecino de arriba.  Su paso se aceleraba pero no llegó a ser lo suficientemente rápido como para no empaparse con el aguacero que nació en un momento. Aquellas gotas gordas caían al triple de la velocidad que sus pies alcanzaban. Cuando quisiera llegar al portal, al otro lado del edificio, estaría calado hasta los huesos.
Bajé la persiana y eché las cortinas. Me extrañó no oír la puerta de la calle. Si no se acompaña suele hacer un impactante ruido con el golpe. Pensé que Sergio la había acompañado, pero tampoco oír el sonido del ascensor ni pasos subiendo la escalera. Vivimos en un edificio bajo y no son muchos los escalones a subir. Él suele utilizar la escalera. Me picó la curiosidad. Supongo que consecuencia del mismo aburrimiento solitario que llevaba acumulado en las últimas horas. Llegué al otro lado de la casa, la que da a la fachada principal. Escuché a alguien hablar pero no entendí lo que decía. Abrir la ventana era demasiado arriesgado. Llovía con tanta intensidad que el agua se había convertido en una espesa cortina. Me sobresaltó el sonido del portero automático. Respondí y escuché la voz de Sergio. Abrí pero de nuevo ni el ascensor ni sus pasos en la escalera. Me extrañé así que salí a la escalera. Escuché un rato y no sé por qué, el corazón me latía muy fuerte. La luz se encendió y pensé que luego sucedería algo, pero no sucedió nada. Cerré la puerta y regresé al salón. Me senté en el sofá y cambié de canal hasta que el timbre me hizo incorporar. Observé a través de la mirilla.
- Soy Sergio –oí al otro lado. Él vio la luz a través de la mirilla. No pensé en mi aspecto. Simplemente abrí. Allí estaba él, de pie, como un gato que no había escapado de la lluvia. La camiseta se le pegaba al cuerpo y dejaba marcar su musculatura. Tiene un buen cuerpo, trabajado en justa medida en el gimnasio. Para mí tiene un cuerpo que corta la respiración… Y esa mirada, no puedo decir nada más que es puro deseo cristalino. No han sido pocas las veces que me lo he imaginado en mi cama, follándome, dándome placer con esos dedos largos y seguramente sabios, comiéndome la boca y saciando mi sed de sexo con su lengua y su polla-. Hola- me saludó con una sonrisa. Me encanta su sonrisa. Creo que me encanta todo de él. Hasta su voz produce en mí una sensación especial. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, casi dejándome sin sonido para pronunciar unas precipitadas palabras.
- ¿Qué…?
- Me he dejado las llaves en casa y estoy empapado. ¿Te doy pena? –volvió a sonreír. Estaba completamente mojado, sobre todo la parte de delante ya que era la dirección que había tomado la lluvia con el viento.
- Pasa –le dije haciéndome a un lado.
- Te voy a poner el piso perdido.
- No te preocupes. Pasa. _Cerré la puerta tras de mí y me dirigí directamente hacia el baño, indicándole que me siguiera. Le alcancé unas toallas.
- Si llega tu marido…
- No llega hasta el lunes. _No sé si fue buena idea darle esa información en aquel momento.
- Llueve a mares. Me ha cogido por sorpresa. _No sé por qué me quedé ahí mirando, viendo como se quitaba la camiseta y dejaba su torso al desnudo. Me estremeció verlo semidesnudo, con poco bello sobre su pecho y aquellos músculos bien marcados. Me sentí algo nerviosa. Creo que se me notaba pero no dijo nada. Se limitó a sonreír y a no echarme de ahí. Su mirada estaba llena de intensidad. No sé si alguna vez me había mirado de esa forma pero yo quería que así fuera. Su presencia era imponente. El baño es amplio y muy luminoso y el gran espejo de la pared aumentaba la sensación de que todo su cuerpo ocupaba el espacio. No entiendo por qué me quedé ahí. Pude haberle dejado a solas, que se secara un poco o acercarle una camiseta de mi marido… No se me ocurrió nada de eso. Me limité a mirarlo de arriba abajo, notando la tensión en mi cuerpo y el deseo amaneciendo con cada una de las pasadas que la toalla hacia sobre su cuerpo. Mis pezones se pusieron erectos, inevitablemente, y mi sexo se convirtió en una confluencia de mil sensaciones nerviosas. Por un momento, creí que las piernas me fallarían. Reaccioné cuando empezó a desabrocharse el vaquero y me sentí azorada con su mirada clavada en mí. Mi mente y mi cuerpo iban a ritmos diferentes y con una procesión de datos que no asimilaban de la misma forma.
- Te traeré una camiseta seca y nos pantalones… aunque te vendrán cortos…
- No te apures. He llamado a mi hermana para que me traiga un juego de llaves –pero no me dijo cuánto iba a tardar. No atendí a más razones. Cogí del ropero de mi marido una camiseta y un pantalón de deporte. Pensé que quedaría más curioso que con un pantalón largo que le serviría de bermudas con toda seguridad. Es más de dos palmos de alto que mi marido, y su cuerpo, un armario ropero en comparación al de mi pareja. Mientras, mi mente se convierte en una cascada de pensamientos lujuriosos imaginando que es capaz de cogerme, apretarme contra la pared, besarme, morderme…, enredar su lengua con la mía mientras sus manos se hacen dueñas de mis tetas… Pero, al mismo tiempo, no estaba segura de que ninguno de los dos fuéramos capaces de hacer algo así. Bueno, creo que yo sí. Cuando me giré para abandonar la habitación, vi a Sergio de pie bajo el umbral de la puerta, apoyado en la jamba, con una toalla alrededor de la cintura y con los brazos cruzados sobre el pecho.toalla-el.jpg Inevitablemente, noté cierta humedad brotar de mi sexo. Me miró directamente a los ojos y avanzó los escasos dos pasos que nos separaban. Sentí que me faltaba el aire y permanecí inmóvil. Cogió la ropa de mi mano y la apoyó sobre la cama, despacio, sin dejar de fijarse en mí. Su gesto fue lento. Observé su pelo mojado y sin pensarlo, lo acaricié. Sus manos empezaron a acariciarme las piernas desde las rodillas, subiendo por encima del pantalón y sin llegar a mi sexo, donde un grito ahogado en flujos le llamaba a gritos. Una intensa energía provocó en mí una oleada de calor, un sofocó horrible que me animaba a desnudarme, a desprenderme de mi pijama y quedarme desnuda ante él. Tan grande Sergio, tan imponente, y lo tenía a mis pies. No me miró pero hundió su nariz en mi sexo y sentí su presión quemándome. Aquello provocó que un gemido se escapara de mi boca. Alargué su gesto. Hundí mis manos en su pelo oscuro y le retuve contra mí. Él aún aumentó más la presión. Me cogió de las caderas e intensificó aquella presión ardiente. La cabeza me daba vueltas y el sentido se me iba en aquellas ideas lujuriosas de poseerlo y ser poseída. Un punzante dolor sobre mi pubis provocó, en cierto modo, más humedad en mi coño. Cerré los ojos, arqueé mi cuerpo hacia atrás y con las manos me apoyé en las puertas del armario. Aquella sensación estaba a punto de desequilibrarme. Y cuando sus dientes se hincaron suavemente en mi sexo noté una corriente húmeda en él, como una especie de pequeño orgasmo. Subió las manos por mis costados, por debajo de la chaqueta del pijama, y al llegar a la altura de mis pechos, los tomó por delante, los magreó; buscó mis pezones, erectos, los masajeó entre las yemas de sus dedos y para entonces a mí ya no me importaba nada. Estaba dispuesta a que hiciera de mi todo cuanto estuviera en sus manos para hacerme sentir salvaje. Yo misma me abrí el pijama y él se encargó de bajarme el pantalón. Me volvía loca la idea de que aquel hombre, más joven que yo, llegara a follarme.
Percibí cuando su mano se deslizó hacia mi coño, mojado, fluido, suave y dulce…, y como un dedo…, y dos…, se metieron en mi interior, mientras con la otra mano sujetaba mi culo, manteniéndome arqueada. Mi clítoris crecía bajo el tacto y presión de un dedo y los otros, entraban y salían de mi caliente coño. No hacía falta que me recordase lo mojada que estaba pero su voz pronunciando aquellas palabras enfatizaron todavía más mi deseo, tensando mi cuerpo, dejando que mi mente se bloquease en una sola idea: la de correrme para él, la de empaparlo con mis flujos, con mi corrida... Mis manos se clavaron en sus hombros cuando noté aquella serie de espasmos que acabaron en una tremenda corrida. Le miré. Vi su mano empapada de mí y como se la llevaba a la boca, chupando cada uno de los dedos impregnados de mí. Sonrió y pude ver entonces lo que ya sabía: Una enorme y erecta polla reclamándome, mirándome… Intenté recobrar la serenidad pero no me dejo hacerlo. Se puso en pie y me sentí casi indefensa. Me perdí en el sabor de su boca, que no era otro que mi propio sabor. Mi lengua se convirtió en una víbora comiéndose la suya mientras me sentía pequeña entre sus brazos. Pasé mis manos por su espalda, clavando mis yemas, arrastrando mis uñas. Se estremeció. Puede notarlo. Tal vez por ello empujó más su polla contra mi vientre y me mordió en el cuello. Hundió sus dedos en mi pelo, enredándolos, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, lamiendo mi cuello, besándolo hasta alcanzar mi boca de nuevo.
Deseaba su polla y me faltaba el aire en cada pensamiento que me nacía. Estaba ahí, para mí, entero y solamente para mí. Estaba dispuesta a caer a sus pies pero no para suplicarle, sino para hacerme dueña de esa polla que me estaba presionando el coño. Cuando empecé con la intención, hizo un gesto brusco que casi me sobresaltó. Por un momento pensé que se perdía aquella lujuriosa magia pero no. No sé cómo lo hizo pero mi chaqueta de pijama se convirtió en una camisa de fuerza que me inmovilizó en parte, dejando mis tetas prestas a sus gestos. Tomó mis pezones y comenzó a pellizcarlos. El dolor se intensificó en placer. Mi espalda contra el armario y mis pechos bajo su poder, una y otra vez, hasta lograr en mí un grito de puro placer. Me dejó libre muy poco espacio, el suficiente para dejarme descender y que mi cara quedara a la altura de sus caderas. Busqué su polla con mi boca pero se siguió retirando para que no la alcanzara lo que provoco un aumento de excitación y desesperación. Logré alcanzarla con la lengua. Su glande se amoldó a la presión, y por fin dejó que jugara con su sexo erecto. Lo lamí en toda su longitud, lo tragué en todo su grosor, y empujó hasta provocar en mí una pequeña arcada que me hizo retirar ligeramente la cabeza pero él me sujetaba por el pelo y controlaba la penetración. Le oía jadear y acompasaba mis embestidas. Quería ser muy guarra, muy perra y él lo sabía. Dirigía mi cabeza y mi boca se llenaba de saliva. No sé si su polla podía estar más dura y más grande de lo que estaba pero se me hacía inmensa por segundos. Aquella especie de angustia, de su polla golpeando casi mi garganta, se acrecentaba con la sensación de no poder zafarme de las esposas en las que la chaqueta de mi pijama se había convertido. Me retorcía intentándolo pero todo era en vano. Noté un sabor diferente en mi boca, el sabor de su excitación, unas pocas gotas que antecederían a su corrida… Pero no era todavía el momento. Y así me lo hizo saber.
Me levantó y dejó libres mis brazos.

- No sabes el tiempo que hace que deseo esto… -estuvo a punto de pronunciar mi nombre pero a cambio su boca se unió a la mía. Después yo me convertí en el lienzo en el que iba a plasmar cada pincelada de deseo. Bajó la cabeza y buscó mis tetas. Estoy segura de que había visto cerca unas como las mías. No tenían nada de especial pero eran grandes. Mordisqueó mis pezones. Primero uno, mientras al otro le hacía los preámbulos con los dedos. Mis piernas formaban dos columnas a ambos lados de su cuerpo, un triángulo perfecto que se apoyaba en los pies al borde de la cama. Mi coño estaba muy, muy mojado y muy, muy caliente. Tiró ligeramente de mí, colocando mis piernas por encima de sus hombros. Mi coño y mi culo postrados ante él. Estaba tan cachonda que cuando introdujo sus dedos en mi sexo, éstos se deslizaron con suma facilidad. Gemí. Grité. Y sus dedos empezaron a entrar y salir de mi mojado coño cada vez más rápidamente. Mi cuerpo se arqueaba en espasmos y no estaba segura de que pudiera aguantar mucho más sin correrme. Empezó a formar círculos con sus dedos, buscando lo más profundo de mi interior. Estaba tan mojada que ambos podíamos oír el chapoteo de los dedos en aquel juego. Mis gemidos se mezclaban con algún que otro grito que mi garganta intentaba ahogar, pero su respiración agitada parecía ser el compás a ellos. Separó mis piernas y perdió la cabeza entre ellas.



El agua de la lluvia que había mojado su pelo se confundía con el sudor que producía su excitación. El calor de su aliento alertó a mi clítoris y su lengua se fijó en él: Lamió, succionó, mordisqueó y mi cuerpo no podía dejar de estremecerse. No era ajeno a mi situación. Quería gritarle que me follara ya, que lo hiciera de una maldita vez pero no me salía ni una sola palabra. Tenía la boca seca y sobrealiento. El corazón parecía que se me fuera a salir del pecho o detenerse en cualquier momento de un exceso de excitación. Sabía cómo ponerme al límite. Parecía saber cómo me gustaba que me lo hicieran y se estaba recreando en mi desesperación. Mi cercano límite era su principio. Notaba como temblaba y decidió darme la vuelta. No sé cómo entendí lo que no decía, pero me encantaba aquella postura y sabía que estaba dispuesto a follarme como un loco.

Estaba colocándome a cuatro patas pero antes de tomar la posición, él pareció diseñarla. Con una pierna separó las mías, mordisqueó mi trasero, pasó la mano por mi raja y cuando quise suplicarle que me follase, lo noté dentro de mí. Noté su polla dura haciéndose espacio fácilmente dentro de mi coño, embistiendo y jadeando, palmoteando mis glúteos con más fuerza de la que estoy acostumbrada últimamente. Mi cuerpo era un muelle, un resorte que respondía cada una de sus embestidas, de sus empujones… Sus manos me sujetaban por las caderas. Me hervía la piel, por dentro y por fuera. Sentía que mis piernas flaquean y dobló los brazos para poder resistir cada una de aquellas arrematadas. Sus embistes se intensificaban, se hacían más rápidos y más profundos, y yo empujaba hacia él para aumentar aquella sensación que me quemaba por dentro. Temía desfallecer en cualquier momento de excitación. Notaba el sonido de su cuerpo chocando contra el mío. Golpes secos que se mezclaban con los sonidos húmedos de su polla entrando y saliendo de mi coño. Le miré. Le vi apretar los dientes y cerrar los ojos, sacar la lengua y empujar con fuerza mientras yo le apretaba su pene con los músculos de mi vagina. Sus jadeos se convirtieron en una especie de suave gruñido y eso me hizo sentirme más perra. Mi corrida fue inmensa. Una manantial se deslizó desde mi interior hacia los muslos, mojando su polla y su pubis… Volvió a palmotear mis glúteos, ahora más suavemente, mientras a duras penas podía percibir los espasmos que en su cuerpo se producían. Su polla entraba mejor que nunca y su semen se extendió en mi interior mezclándose con mis flujos… Detuvo el ritmo y permaneció dentro de mí unos segundos. Yo no me moví. Quería sentirlo dentro hasta que su polla perdiera toda erección.


Me dejé caer sobre la cama y él se venció sobre mí. Noté el peso de su cuerpo, su respiración entrecortada a la altura de mi oído…
 - Tendría que llover más a menudo –me susurró antes de apartarse y quedar tumbado boca arriba a mi lado.
Dos horas antes me había lamentado de no haber acompañado a mi marido en su último viaje. Ahora me alegro.

Alegato

Este espacio es un atentado contra el Sexto Mandamiento: la negativa a reprimir la Carne, la Mente y el alma. Aquí la fantasía y la realidad se cruzan sin culpa, consagrando la lujuria como una religión confesa y clandestina.

La escritura erótica no es un tratado frío, sino el pulso febril de la sangre donde el Pecado se vuelve altar y sacramento. Las palabras muerden, huelen a sombra compartida y a devoción oscura, rasgando el aire para habitar el cuerpo como un templo consagrado al abismo.

Lo que unos llaman Pecado, yo lo llamo Libertad de Elección. Porque nos fue otorgado el libre albedrío que hizo rebelarse a los ángeles y condujo al hombre al placer.

Amén.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.