Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.
El Tacto del Pecado
He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Veinte escalones...
domingo, 10 de noviembre de 2013
Ganas de mí...
Dejé la ventana un poco abierta, apenas dos dedos, porque la habitación olía a sexo. Cuando colgué , me pasé por el salón a recoger uno de mis juguetitos y me fui directa a la ducha. Todavía estaban las toallas que Sergio había utilizado. No sé por qué, las cogí y las pasé por mi cuerpo desnudo. Si fuera un tío, seguro que hubiera experimentado una erección. Siendo mujer, me mojé sin más. Noté como cientos de gotas mojaban mis labios, y al tocarme mis dedos se impregnaron de aroma y del flujo que había asomado. Hacía días que me conformaba con una ducha rápida y que no disfrutaba de la bañera ni del hidromasaje. Se me ocurrieron cientos de ideas pero a esas alturas... Sólo quería relajarme aunque no me quitaba de la cabeza el cuerpo de Sergio, sus caricias, su boca... y su polla. Me quité el camisón y lo eché en el cesto de la ropa sucia junto con mis braguitas. Llené la bañera hasta la mitad y eché algo de jabón para que surgiera la espuma. Me miré en el espejo. Se notaba que acababa de follar. Me imaginé a Sergio en su cuarto de baño, desprendiéndose de la ropa de mi marido para meterse en su ducha y quitarse de encima todo rastro de mí. Creo que Sergio y yo ya no volveremos a mirarnos de la misma forma.
Metida en mi bañera, con los chorros de agua golpeando mi cuerpo, me dejé llevar por esas sensaciones. El jabón elevaba la sensación de gozo y mis manos se convirtieron en piezas clave de mi autosatisfacción. Introduje dos dedos en mi boca y empecé a moverlos dentro de ella, como si la polla de Sergio estuviera metida en ella. Lamí sus yemas mientras las de la otra mano pellizcaban y estiraban uno de mis pezones en un juego que me pedía más y más. Bajé por el cuello, apretando suave, para llegar a mi otra teta. Mis dos manos sobre mis pechos: grandes, blancos y bien sobados poco antes por aquellas manos de largos dedos, mientras separo mis piernas y dejo que el agua abra mis labios.
El vecino del cuarto...
Percibí cuando su mano se deslizó hacia mi coño, mojado, fluido, suave y dulce…, y como un dedo…, y dos…, se metieron en mi interior, mientras con la otra mano sujetaba mi culo, manteniéndome arqueada. Mi clítoris crecía bajo el tacto y presión de un dedo y los otros, entraban y salían de mi caliente coño. No hacía falta que me recordase lo mojada que estaba pero su voz pronunciando aquellas palabras enfatizaron todavía más mi deseo, tensando mi cuerpo, dejando que mi mente se bloquease en una sola idea: la de correrme para él, la de empaparlo con mis flujos, con mi corrida... Mis manos se clavaron en sus hombros cuando noté aquella serie de espasmos que acabaron en una tremenda corrida. Le miré. Vi su mano empapada de mí y como se la llevaba a la boca, chupando cada uno de los dedos impregnados de mí. Sonrió y pude ver entonces lo que ya sabía: Una enorme y erecta polla reclamándome, mirándome… Intenté recobrar la serenidad pero no me dejo hacerlo. Se puso en pie y me sentí casi indefensa. Me perdí en el sabor de su boca, que no era otro que mi propio sabor. Mi lengua se convirtió en una víbora comiéndose la suya mientras me sentía pequeña entre sus brazos. Pasé mis manos por su espalda, clavando mis yemas, arrastrando mis uñas. Se estremeció. Puede notarlo. Tal vez por ello empujó más su polla contra mi vientre y me mordió en el cuello. Hundió sus dedos en mi pelo, enredándolos, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, lamiendo mi cuello, besándolo hasta alcanzar mi boca de nuevo.
- No sabes el tiempo que hace que deseo esto… -estuvo a punto de pronunciar mi nombre pero a cambio su boca se unió a la mía. Después yo me convertí en el lienzo en el que iba a plasmar cada pincelada de deseo. Bajó la cabeza y buscó mis tetas. Estoy segura de que había visto cerca unas como las mías. No tenían nada de especial pero eran grandes. Mordisqueó mis pezones. Primero uno, mientras al otro le hacía los preámbulos con los dedos. Mis piernas formaban dos columnas a ambos lados de su cuerpo, un triángulo perfecto que se apoyaba en los pies al borde de la cama. Mi coño estaba muy, muy mojado y muy, muy caliente. Tiró ligeramente de mí, colocando mis piernas por encima de sus hombros. Mi coño y mi culo postrados ante él. Estaba tan cachonda que cuando introdujo sus dedos en mi sexo, éstos se deslizaron con suma facilidad. Gemí. Grité. Y sus dedos empezaron a entrar y salir de mi mojado coño cada vez más rápidamente. Mi cuerpo se arqueaba en espasmos y no estaba segura de que pudiera aguantar mucho más sin correrme. Empezó a formar círculos con sus dedos, buscando lo más profundo de mi interior. Estaba tan mojada que ambos podíamos oír el chapoteo de los dedos en aquel juego. Mis gemidos se mezclaban con algún que otro grito que mi garganta intentaba ahogar, pero su respiración agitada parecía ser el compás a ellos. Separó mis piernas y perdió la cabeza entre ellas.
Este espacio es un atentado contra el Sexto Mandamiento: la negativa a reprimir la Carne, la Mente y el alma. Aquí la fantasía y la realidad se cruzan sin culpa, consagrando la lujuria como una religión confesa y clandestina.
La escritura erótica no es un tratado frío, sino el pulso febril de la sangre donde el Pecado se vuelve altar y sacramento. Las palabras muerden, huelen a sombra compartida y a devoción oscura, rasgando el aire para habitar el cuerpo como un templo consagrado al abismo.
Lo que unos llaman Pecado, yo lo llamo Libertad de Elección. Porque nos fue otorgado el libre albedrío que hizo rebelarse a los ángeles y condujo al hombre al placer.
Amén.
La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.








