Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

El Tacto del Pecado

He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.


martes, 14 de enero de 2014

Al borde de la cama...

¡Qué sueño más extraño! ¡Empecé con serpientes y acabé con un hombre completamente desnudo del que yo era su completa voluntad! ¿Dónde estaba la mía? ¿Acaso mi voluntad iba implícita en la suya? Los sueños son muy raros en ocasiones, comprensibles en unas, elocuentes en otras y, siempre... siempre, muy reales.

La habitación era extraña también, como todo lo que rodeaba aquel enigmático ambiente. No era lúgubre. Estaba lleno de vida pero estaba envuelto en penumbras y en el tintineo de las llamas de cientos de velas. No entiendo mucho de decoración, pero me recordaba a ese estilo gótico victoriano tan elegante que se tiñe de negro y morado... Y aquella lámpara de araña enorme y de cristales negros... Pero, también podría ser la habitación de un decorado de cualquier película de Drácula.
Lo único que faltaba era que apareciese un séquito de extraños mayordomos con pálidos rostros e inquietante mirada. Pero no. En su lugar apareció un hombre con apariencia altiva y orgullosa, con paso lento pero firme y una penetrante mirada que no se apartaba de mí. Podía ver sus ojos pero no podía reconocer su rostro por completo. Tampoco su fisonomía me es conocida por mucho que me haya puesto a pensar. No puedo identificarlo con ninguno de los hombres que conozco -aunque dicen que todas las imágenes de nuestros sueños, de un modo y otro, son reales-.

Me vi desnuda ante él. En ese momento sobre la cama. Y cuando digo "desnuda" no me refiero solo a algo físico, sino también a algo mucho más profundo. Me sentía como un lienzo sobre el que se podía dibujar.Y, más que sorprendida, parecía expectante y atenta. Él extendió una mano, indicándome que me acercara. Y lo hice, despacio, con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, y en silencio. Notaba que mi corazón latía fuerte. Sí hubiera ido a cuatro patas por el suelo hubiese parecido un perrito sumiso que se acercaba a su amo.
Me acarició. Lo hizo delicadamente, perfilando mi rostro, dibujando la curvatura de mis pechos, pespunteando mi cintura y mis caderas, llegando hasta el centro de mi sexo al tiempo que me besaba en el cuello y en los hombros. Sentí mi estremecimiento. Y si hubiera sido una gatita, sólo me hubiera faltado levantar la colita. Empecé a desnudarle. Muy despacio, destapando la piel que luego iba besando y lamiendo. Sí, decididamente, era como una gatita amorosa y sumisa, deseosa de mimos, frotándome contra su cuerpo sin moverme demasiado. Me estaba conteniendo y me suponía un esfuerzo. Lo más extraño de todo era que él no necesitase palabra alguna para que yo entendiera todo cuanto tenia que hacer.
Caí sobre la cama, en un gesto mezcla de fuerza y suavidad. Caí a peso, dejándome vencer, acompañada de su mano. Retiró mis brazos hacia atrás y sentí la presión en mis muñecas hasta que no pude moverme a pesar de mis refunfuños. Sin embargo, la situación parecía resultarme excitante pues podía notar como mi coño hervía de humedad, una humedad que se iba formando entre mis muslos desnudos... Mi cuerpo libraba sobre la cama, mi cintura era el punto en el que se apoyaba todo él sobre el colchón: mis pechos contra él y mis piernas, que separó, se arqueaban sobre el suelo. Mis pies, afirmados sobre el suelo terminaron por ser estribados... y sentí la pierna retenida. El otro pie siguió el mismo camino. Mi cuerpo y mi sexo, mi voluntad... a merced de aquel hombre. Noté la presión de sus manos sobre mi espalda, a la altura de mis omóplatos, quedando presa contra el colchón que se hundió por mi propio peso y la fuerza de él. Luego se deslizaron por el resto de la espalda, muy lentamente, hasta perderse sobre mis glúteos y separarlos. Se quedo quieto. Intuí que observaba, aunque la posición de su cuerpo respecto a la perspectiva que yo tenía no me permitía confirmarlo. Estaba más preocupada en respirar bien, en aguantar mis ansias y la provocación que todos aquellos gestos apremiaban en mí, que perderme en elucubraciones acerca de lo que hacía o dejaba de hacer. Fuera lo que fuera, él llevaba el mando.

Mi coño fue invadido por una caricia efectuada por toda la palma abierta. Después, sus dedos sucumbieron en su interior pero no fue de forma suave, sino sin piedad, sin resistencia... Y me derrumbé en un sonoro gemido.

- Lo quieres todo... Pero solo tendrás lo que yo te dé... Sé lo que pides, lo que necesitas... Pero no te lo daré...

Aquella desesperación me obligó a morder la tela de la cama. Apreté fuerte, tanto que casi me dolieron los dientes, y mis labios quedaron como adormilados. Cabeceé. Negaba pero era evidente mi confirmación. Sus dedos salieron de mi interior, y había cumplido su palabra. Quería lo que me estaba negando. Extendió la humedad cremosa de mi coño hasta allí donde se había tenido al principio, en el centro de mis nalgas. Cuando penetró como un cuchillo en carne seca y dura, no pude evitar gritar de dolor; un dolor que dio paso a latigazos de placer, placer que se abría paso desesperadamente. Apreté los puños, mordí la tela, estiré mis piernas hasta tensarlas como las cuerdas de una guitarra y clavé los dedos de mis pies en el suelo, como si eso me fuera a calmar. Los gritos de dolor se enturbiaron de lágrimas pero al final, no eran más que jadeos y gemidos y autenticas lágrimas de placer...
Era su cortesana. Y él, el Señor...El Amo, el Dueño...
Como hembra nadie me somete.
Cuando detuvo las embestidas de sus dedos, su boca me colmó de besos alrededor de ellos. No sé cuánto tiempo se recrearía en aquello, en aquel martirio del que solo él sabía cuando iba a terminar. Sentí la presión de sus dedos, de ambas manos, cogiendo sendos glúteos, clavándose en ellos y separándolos más hasta que la humedad de su lengua restregó aquellos delicados, doloridos y extenuados pliegues. ¿Hasta cuándo? Era curioso: Cuanta más era mi desesperación estaba segura de que mayor era su placer; cuando mayor era su placer, más excitada yo... Y todo lo provocaba el final que nunca llegaba de un tormento.

Su aliento me quemaba entre los muslos. La presión de aquellas cuerdas o cintas que esclavizaban mis tobillos a las patas de la cama era ya casi inapreciable pero lo que sí era más acuciante, más agudo y más sólido era la sinrazón que yo sentía en aquel preciso momento y más, cuando sus palabras golpearon mi oído y mi cuerpo retenía su peso.

- Eres mía... Te domino. Yo tengo el control... Y tú estás disfrutando como una auténtica perra, como mi perra... 

Aquellas palabras me encendieron todavía más. Me agitaron y reparé en la presencia de su miembro, erecto y firme, en la franja que dividía mis nalgas. Aquel sometimiento era más que un castigo, un perverso castigo al que no le hacía ascos. Una de sus manos tomaba mi cuello, obligándome a levantar la cabeza.
Una larga caricia húmeda desde mi oreja hasta mi sexo me vistió. Percibí la presión de su lengua en la humedad de mi coño y ahí, su martirio continuó de forma intransigente. Sabía cómo actuar. Cuando percibía que yo estaba al final de mi resistencia, paraba, se dilataba y volvía a empezar... Y aquel azote volvía a empezar...
Sus manos asieron mis caderas y en un profundo envión penetró hasta lo más hondo de mis entrañas. Aquel viril miembro parecía un clavo ardiendo que deshacía mi interior, abriéndose paso como un descarnado punzón sobre un trozo de mantequilla. Mis convulsiones eran tan agitadas, tan salvajes que mi cuerpo brincaba y cada uno de sus embistes eran más mortíferos hasta que, casi con permiso, mi cuerpo reaccionó dejando brotar de mi sexo aquel impresionante geiser que me derrumbó, que a él lo termino de desatar y, sin dejar de empujar, de arremeter, de profundizar, de entrar y salir, volcó toda su esencia en mi interior. Su largo gruñido, como un oso reclamando su terreno conquistado, se sumó a mis lágrimas y a mis plegarias... Plegarías de auténtico deseo consignado y concedido... No a mi tiempo... Sí al suyo...

No sé a qué vino todo ello a mi mente y se transformó en realidad dentro de mi sueño. ¿Tendrá algo que ver el libro que estoy leyendo y que anoche vi una película de vampiros? 
Solo sé que cuando desperté, con el corazón encogido, me dolían los tobillos, tenía adormilados los brazos, me estaba ahogando en la almohada y tenía todo mi sexo completamente mojado, tanto que había salpicado sobre la cama.

"Soñar no es malo, siempre y cuando tus sueños no enturbien tu realidad".

En el próximo sueño igual soy una princesa. En éste, está claro que he sido una puta princesa.
Nacho dormía plácidamente a mi lado, ajeno a todo, respirando profundamente en el relax de su descanso.

domingo, 12 de enero de 2014

Peccātumlaciones...

Algunos de los preceptos que debes cumplir:

Debes renacer en mis pechos, 
sobrevivir entre mis piernas...
... y guarecerte en mi coño.
Este será tu albor y tu sentido... 
Tu predestinado Pecado.


sábado, 11 de enero de 2014

Aún no...

Esta mañana me encontré con Sergio a primera hora de la mañana. Coincidimos en el portal. Él había bajado por la escalera y yo había decidido coger el ascensor. Todavía en su rostro se marcaba el sueño y en sus ojos hinchados, el deseo de volver a la cama. En cambio, yo estaba fresca como una rosa. Hacía muchos días, semanas, que no habíamos coincidido, y tan apenas había oído ruidos en su piso. Tampoco me extrañó demasiado. No estaba ya pendiente de él. Es lo que tiene no estar al tanto de mí. Además, supongo que se ha habituado a otras costumbres.
Con aquella cara de niño me pareció hasta tierno pero no había que olvidar lo cabronazo que había sido conmigo. Todavía no se había apartado de mí aquel calentón al que me había sometido en el ascensor(click) y cómo tuve que autosatisfacerme para sacar toda la tensión que llevaba dentro. No sé qué haría él, pero el suyo no podía ser menor que el mío. Me imaginé que al cerrar la puerta de su casa, tuvo que bajarse los pantalones y dejar su polla libre, empezando a meneársela hasta lograr aquello que yo, encantada, hubiera realizado. Pero a veces, hay que joderse... A veces le toca a uno y otras a todos... Este fue el caso. Nos jodimos los dos...

- Debería invitarte a un café para recuperar nuestra relación de vecinos -mencionó mientras ponía sus cosas en el maletero del coche, dos más allá del mío.
- ¿Y quién tiene la culpa?
- Seguro que yo, sino no lo preguntarías así -me sonrió mientras se quedaba de pie tras cerrar el maletero-. ¿Qué me dices?
- Sí, creo que me lo debes.
- Esta tarde tengo libre y estaré en casa. ¿Qué te parece subir?  -Antes de responder, me acordé de que "tomar café" para algunos es algo más que una bebida excitante en taza y con un azucarillo. Y estaba más que claro que sus intenciones se resumían en lo mismo.
- A las cuatro o cuatro y algo, subiré... Espero que el café sea bueno -respondí terminando de entrar en mi coche. Me despedí con la mano y desaparqué. Él lo hizo a continuación. Supongo que se quedó un poco perplejo por finalizar la conversación de aquel modo pero, en ocasiones, soy algo borde. No lo niego.

Nacho se fue de casa alrededor de las tres y media. Había quedado a las cinco con no sé quién y quería estar en el despacho bastante antes para tener preparadas algunas cosas. La verdad es que su trabajo es de lo más interesante pero también muy estresante. 
Sergio me abrió la puerta. Al hacerlo, una impresionante bofetada de calor me sacudió y, casi de inmediato, empecé a sofocarme. Miré a mi espalda porque con la curiosidad imperante de su vecina de planta, era extraño que no se hubiera acercado hasta la puerta y, sigilosamente, observar a través de la mirilla. En esta ocasión se hubiera llevado por delante una gran visión. El cuerpo desnudo de Sergio era una completa tentación. No era especialmente espectacular, pero tenía muy bien marcados sus músculos y aquel trasero que se dejaba ver bajo el borde de aquella camiseta ... ¡Puro pecado carnal!

- ¿Cómo tienes tanto calor aquí?  -Esta pregunta me recordó a algo parecido en el despacho de Pablo... Y acabé bien follada y con una braga menos.
- Me gusta ir desnudo por casa...
- ¿Y es necesaria esta temperatura?
- Ponte cómoda -me indicó. Cerré la puerta tras de mí y le seguí hasta donde se dirigía él, hacia la cocina.
Su miembro, pese a no estar erecto, presentaba ya un aspecto de lo más apetecible. Tanto que superaba mis deseos de un buen café. Además, el muy cabrón, se había encargado de irme mandando algún mensajito un poco subido de tono para ponerme, precisamente, a tono.

- No me apetece, en realidad, café...
- ¿Prefieres algo mejor que llevarte a la boca? -sonrió no sin cierta ironía, apoyándose en la encimera, de tal modo que su camiseta se subió y dejó, presto a mis ojos, todo su miembro.
- Y tú, ¿qué prefieres?
- ¿Yo? Llevo desde esta mañana pensando en llevarme a la boca algo que merezca la pena... -sentenció, quitándose la camiseta. La vista de aquel cuerpo produjo en mí una oleada de espasmos interiores que repercutieron en que mi coño, mojado ya de antes, empezara a desbordarse, más aún cuando su polla erecta apuntó hacia mí. Temí manchar la silla o que se notara algo, pero mi pantalón estaba ya mojado. 
Se acercó, inclinándose sobre mí, apoyando las manos en la mesa y en el respaldo de la silla en la que yo estaba sentada, dejándome sin escapatoria-. Te he echado de menos, zorrilla -musitó. Podía sentir el calor de su aliento quemándome los labios, y la cercanía de su cuerpo encendiéndome más de lo que ya estaba. Estaba ansiosa por comerme aquella boca y por disfrutar de aquel cuerpo. Y todo empezó de pronto, cuando una de sus manos fue directamente hacia mi sexo. Lo presionó por encima de la tela... Era evidente su comentario sobre lo mojada que estaba a esa altura de la función. Me saqué la camiseta, dejando que solo el sujetador protegiera mis tetas. Cuando noté su mano tocar mi coño, directamente, sin tela que lo defendiera -tampoco me había puesto bragas-, un suspiro de placer salió de mi boca-. ¡Qué putilla eres...! Pero me encanta... ¡Sabes que me la pones muy dura...!

Me levantó, me bajó sin miramiento alguno mi pantalón y yo solté mi sujetador. Ahí estábamos los dos, como locos por follarnos el uno al otro. 
Me llevó hasta la encimera -quedaba más a su altura-, me sentó y se quitó la camiseta. Mi sexo se le ofrecía como la más delicada de las exquisiteces, y le invité a degustarlo. Se arrodilló en el suelo y acercó su rostro a él, pero antes se regocijó tocándolo con los dedos, perfilando mis labios bajo mi vello, ensortijado entre gotas blanquecinas, como gotas de escarcha en una mañana fría, provenientes de un hilillo de flujo que brotaba de entre hinchados labios. La palma de su mano lo estrujó, primero suave, luego con más fuerza, y me hizo probar de mí propio jugo. Mi lengua se untó y esperé a que la suya se enredara con la mía. Surtió efecto la llamada... Y ambos, tomamos el sabor de mujer.
Bajó entre mis piernas y esa lengua se aplicó sobre mi coño, de arriba a abajo y de abajo arriba. Una lamedura que me sobrecogió y me llevó a abrirme más, a inclinar mi cuerpo hacia atrás y apoyar mis pies sobre su espalda. Tenía que claudicar sin vehemencia, tenía que ceder a sus impulsos y a los míos. Me acercó más al borde y, por un momento, pensé que iba a caerme, pero sabía él bien lo que hacía. No era otra cosa que dejarme todavía más dispuesta para él, para poder acercar su boca a la estrechez de mi ano. Se limitó a acariciarlo con la punta de la lengua antes de reemprender sus lamidas. No se recreó en otra cosa.
Empezó a lamer despacio y de forma arrítmica, más despacio, más rápido..., cambiando el sentido: en círculos, de arriba abajo, lateralmente... Me encanta cuando me lo comen así, cuando se aceleran y frenan de golpe y luego se recrean en un movimiento normalizado... Es algo que me pone muy, muy caliente... Luego, solo quiero que me follen.

- Me gusta como sabes... No he probado mejor coño que el tuyo...

Cuando empezó a follarme despacio con su lengua, entrando y saliendo, empecé a moverme a su ritmo, acercándome y alejándome, pero él me agarró fuerte de las caderas y no me dejó tanta libertad y mucho menos cuando sus dedos se acoplaron a ello. Creí volverme loca y de ello me descontrolé. Cogí su cabeza con ambas manos y la pegué bien a mi coño. No evite gemir a voz en grito cuando empecé a correrme. Me temblaba todo pero si Sergio me echaba de menos, se iba a saciar con el arrebato de mi flujo. Apenas me había recuperado, él se incorporó. Su rostro, mojado y con un intenso sabor a hembra, quedó a mi altura. Sonrió vanidoso, con la satisfacción del trabajo bien hecho y el resultado obtenido. Nuestras lenguas se enredaron en una danza llena de lujuria y pasión, justo antes de que en un rápido movimiento, separara todo cuanto le permitieron mis piernas y me folló sin contemplación. Me la clavó hasta el fondo, de golpe... Y morí en ese momento... Me aferré a la encimera. Mi cuerpo temblaba entero con sus empujones... Hasta que se paró de pronto, poco antes de que me corriera... ¡Cabrón!
Vi su polla brillante, embebida de mi miel y quedé en el suelo, de espaldas a él, con los pies casi en puntillas, con las piernas bien abiertas, con mis pechos sobra la encimera que mi culo había calentado y con la cara bien pegada a ella. Percibí su polla entre mis glúteos, resbalando de abajo hacia arriba, sin llegar a metérmela, empapándose de mis líquidos, golpeándome con ella... No quería pedirle nada. Quería que me lo diera en el momento justo, pero él andaba más contenido que yo y continuó lapidándome con aquella polla inmensa...

- ¡Fóllame, ya, hostia! -le recriminé-. ¡Hazlo ya!
- ¡Calla...! ¡Aún no!






Alegato

Este espacio es un atentado contra el Sexto Mandamiento: la negativa a reprimir la Carne, la Mente y el alma. Aquí la fantasía y la realidad se cruzan sin culpa, consagrando la lujuria como una religión confesa y clandestina.

La escritura erótica no es un tratado frío, sino el pulso febril de la sangre donde el Pecado se vuelve altar y sacramento. Las palabras muerden, huelen a sombra compartida y a devoción oscura, rasgando el aire para habitar el cuerpo como un templo consagrado al abismo.

Lo que unos llaman Pecado, yo lo llamo Libertad de Elección. Porque nos fue otorgado el libre albedrío que hizo rebelarse a los ángeles y condujo al hombre al placer.

Amén.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.