Llego pronto a casa, sumido en mis pensamientos. El trabajo absorbe mucho tiempo pero me gusta llegar al remanso de la paz de casa. Hay algo hipnótico y sedante en los sonidos que voy haciendo al entrar: Girar la llave, dirigirme a la cocina, preparar una bebida, o, quizá dos; echar el hielo en el vaso, con ese tintineo sobre el cristal, verter el licor… Encaminarme al dormitorio, abrir el armario, todo cuidadosamente puesto, cuidadosamente estudiado.
Me siento y me miro en el espejo del armario. Me sumo de nuevo en mis pensamientos y espero. Solo un momento después oigo tus llaves, cómo entras con parsimonia. Depositas en la entradita tus cosas, cuelgas el bolso… Con la puerta entreabierta puedo verte. Pero tú no reparas en mí…
Harta de vestido ceñido, tacones con pateo incluido de ciudad e ir a dejar los niños al cole, te quitas el primero nada más entrar y lo dejas tirado. Te sientas en la butaca. Llevas puesto el corpiño rojo y las medias y, por supuesto, los tacones. Hay algo muy sensual en ver tu pelo rizado cayendo sobre los hombros mientras lo haces.
Comienzas a quitarte el resto… pero oyes un tintineo en el dormitorio. De repente la piel de tu nuca se eriza. Lo sé. No contabas con eso, con esa presencia. Entrecierras los ojos y aspiras profundamente... Sí, es mi perfume.
Con andar lento te diriges hacia la habitación en penumbra.
- Hola… -Me dices. Y solo eso. Yo no digo nada, solo asiento con la cabeza y te muestro una leve sonrisa. Más bien una pequeña mueca.
Te diriges hacia mí. Solo con las medias, el corpiño rojo y esas braguitas de encaje totalmente transparentes. Respiro profundamente. Verte es para mí desearte.
Te gusta ir así por la calle. El vestido muy decente, elegante y sexy si ha el caso pero debajo, la piel del diablo. Alguna vez me has confesado que te gusta sentirte puta en espera de mi regreso, o quién sabe, solo por sentirte hembra lujuriosa (y puta). Y a mí, sabes que eso me pone y mucho. Lo admiro de ti.
Yo sigo con mi copa en la mano, tintineando el hielo...
Te acercas sin dejar de mirarme y te sientas a horcajadas sobre una de mis piernas. Sin decir nada, desabrochas los primeros botones de mi camisa blanca y pasas tus manos por mi pecho. Tu pelo ha caído sobre la cara. Bajo tus manos hasta los brazos de la butaca. Los posas allí y empiezas a mover tu pelvis rítmicamente.
A veces eres así. Te propones usar mi pierna y, simplemente, lo haces.

Mientras vas haciendo esto, paso mis manos, aún frías del vaso, por tu mentón. Acaricio tu pelo y después paso el dorso de los dedos por tu pecho hasta llegar al filo de encaje del sujetador del corpiño. Dejo un pezón al descubierto, cuidando de que solo este sobresalga por encima de la blonda. Luego le toca el turno al otro. Aún no están erectos… y eso no me gusta.
Dirijo mis dedos al vaso.
Tú sigues con el movimiento de pelvis.
Saco un cubito de hielo y empiezo a ponerlo sobre tu cuello. Notas el frío calarte y cómo las gotas que se forman resbalan frías por tu pecho…
Una..., dos…,
tres gotas van cayendo ayudadas por tu movimiento. Tus manos siguen aferradas al apoyabrazos de la butaca. Tu respiración va en aumento, y ahora le toca el turno al otro lado del cuello. Más gotas resbalan, mojando tu pecho. Voy viendo cómo poco a poco esos pezones rosados van tomando la forma deseada. Se muestran tirantes, ante mis ojos y mi tacto, con esa areola que queda por encima de tu sujetador, húmeda del agua fría.
Me incorporo para pasarte la lengua a uno de ellos. Subo un poco más hasta posarme junto a tu oído:
- Es hora de que busques algo que quieras que use… Ya sabes… Abre el cajón y puede que encuentres algo nuevo…
Sigues con la cabeza gacha, con el pelo sobre tus ojos. Sueltas una mano y abres el cajón que siempre está bajo llave. Ahí está. Una ristra de bolas metálicas, anchas, brillantes en extremo, pulidas… Todas para ti.
Tu corazón se acelera más. Los pezones ya quieren salir de su sitio. Te presiona el encaje que los va enervando más… y más. Coges la ristra y la depositas en mi regazo. Tus manos vuelven a donde estaban, pero dejas el cajón abierto, con el resto de los juguetes bien a la vista.
Bajo de tu pelo rizado hay una mirada de previsión, de picardía extrema y todo eso mientras tu pecho está empapado… ante el delirio de mis ojos y las ganas de disfrutar contigo.
Dejo caer un azote en tus tetas preciosas. Me encanta verlas cómo se mueven impertinentes, con el encaje rozando de nuevo los sensibles pezones en esa areola tan sensual. La descarga de adrenalina no se hace esperar y súbitamente echas tu cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Un suspiro profundo exhala de tu garganta. Me lo bebo. Es el punto justo donde te quería.
La suave erección ya es palpable en mí.

Vuelvo a depositar mi boca en uno de los pezones, masajeando y haciendo círculos con la lengua. Tu carne me hace sentir como un Hannibal Lecter, y al final muerdo y tiro...
Mmmm...
Otra descarga de adrenalina acompañada de un suspiro hondo. Y esta vez se juntan el tuyo y el mío.
Sigo el juego y la tortura, alternando un pecho y otro. Creo que al final podría quedarme aquí toda la vida, entre tus pechos, acariciando el corpiño rojo y jugando con el delicado encaje de la parte posterior de tus braguitas de encaje.
Cuento mentalmente cada bocado, cada suspiro, mientras tus manos se están aferrando a la butaca.
En un momento, una de ellas se toma la libertad de agarrar fuertemente mi cuello y dejar las uñas clavarse sobre él.
Es el aguijonazo mortal de mi dama. Siento la descarga por detrás del cuello hasta la base de mi espalda y mi escroto. Sigo diciendo que eres la piel del diablo. Nunca sé quién juega con quién. Quién posee o es poseído.
Al llegar al final de la cuenta atrás, te tumbo sobre mis piernas extendidas y te dejo caer ligeramente al suelo. Me incorporo y te cojo del pelo. Es hora de levantarse.