Sé cómo he llegado hasta aquí. Llegué por
qué quise, sin habérmelo pensando demasiado. Un encuentro de esos casuales que
acaban en un revolcón después de unas horas de conversación y de algún que otro
trago que no llega a nublar el pensamiento. Pero lo que no imaginé es que
acabaría en el piso de arriba, en el piso justo encima del mío. Dos metros y
pico para abajo, y mi cama. Vacía.
Sí, hace ya unos meses que Sergio lo dejó:
Una ciudad nueva por un nuevo destino profesional. Apenas me dijo adiós. Vale
que habían sido unos pocos revolcones aunque sí lo suficientemente buenos como
para ser agradecido y, además, vecinos.
Estaba a punto de amanecer. Las sombras se
iban haciendo claridad y, entre ellas, la silueta de un hombre del que tan
apenas sé su nombre y cuatro datos más. Y sí, está bueno. Es lo que más claro
tengo. Que me pone y que me mola su uniforme. Siempre me han gustado los uniformes y el de él... ¡Uffff...!
Cuando lo vi por prierea vez, de espalda, con ese culo prieto y esa espalda en plan armario ropero... Creo que en ese mismo instante, se mojaron mis bragas.
¡Dios, si es que un clavo con
otro clavo se saca! Y es verdad.
Tal vez no sea el chico más guapo del
mundo, aunque no hay que menospreciar su físico, por favor. Tampoco importa, porque tiene otros atractivos: su labia, su sonrisa...
Y lo que se intuía y que no me ha desencantado: su mando entre las piernas y
los malabares de sus manos. Tristán, su nombre.
Su cuerpo, desnudo. El mío atrapado en esa
desnudez, en una lazada de sus brazos y en la media cruz de sus piernas. Pecho
contra espalda, eso que se llama “la cucharita”. No es tan incómoda. A mí me
encanta, sobre todo si soy yo quién agarra.
Y me buscó. Despierta, tenté la
respiración que no me descubriera. No quería responderle de inmediato. Me
apetecía que me tocará, que me acariciara, que rompiera esa subliminal quietud
que me embriagaba y que me tenía como atontada.
Su aliento en mi nuca y su mano bajando
sobre mi vientre, sin dudar pero pausadamente. Respiré profundamente y también
me acomodé un poco mejor, como quien ve turbado su descanso, ligeramente, pero
sin llegar a despertar. Fingí seguir perdida entre mis sueños mientras recuerdo
la pasión que se desbordó unas horas antes. Él se detuvo unos segundos: Los
necesarios para asegurarse, imagino, que yo seguía dormida. Pero, ¿quién no se
despierta cuando le tocan? Más aún si cabe, si se duerme una en la cama de un desconocido.
Mi corazón se aceleraba y sus manos
descendían, tibias y casi calladas, sobre mi muslo. Mi estado interior era
inversamente proporcional a lo que se podía intuirse desde el exterior. Eso sí,
supongo que se daría cuenta de lo húmeda que me hallaba ya a esas alturas. Y
apenas había comenzado a tocarme. Tomé una bocanada de aire en forma de gemido
cuando sus dedos separaron mis labios y uno de aquéllos, con su yema, presionó
mi clítoris, estremeciéndome y renovando mis suspiros en un profundo gemido. Él
sabía que no podía estar dormida. Profundizó aquella caricia, aquel gesto que
se humedeció con mis vapores mientras yo separaba sutilmente mis muslos. Me
sentía en un sopor, mezcla entre la ensoñación y la relajación que se apoderaba
de mi cuerpo a pesar de aquella situación en la que él ya paraba menos cuidado.
Supongo que la luz que ya entraba en el
cuarto favorecía su deleite. La visión de sus propios movimientos y los efectos
que en mí producían. Mis ojos permanecían cerrados y mi cuerpo, abandonado a
los preludios. Sentí la retirada de la sábana, rápidamente, sin vacilaciones ni
dilación alguna. Tiró de mí para acomodarme, para situarme a su antojo. Abrió
mis piernas y se acomodó entre ellas, inclinándose sobre mí para dejar su
rostro sobre el mío.
Aquel beso me supo a gloria, a gloria de
Pecado. Sus palabras sonaron pegadas a mi oreja, penetrando como en un susurro
hasta mis adentros, tanto que humedecieron más mis entrañas:
- Sé que no estás dormida… -Y respiró
profundamente, como inhalándome.
Un escalofrío me recorrió entera. Mis
manos se apoyaron en sus caderas. Luego, en la curvatura de su culo: prieto,
duro… Y podía percibir la erección de su polla sobre el monte de Venus.
Su lengua recorrió aquella distancia entre
mi oreja y mis labios. Allí se posaron pasando de una caricia seca a una
húmeda, que me atravesó cualquier inconsciencia. Me comió la boca como con las
ansías de un principiante, y su lengua perforó mi aliento.
Sus manos sobre mis pechos: Amasándolos,
presionando sobre mis pezones para enderezarlos todavía más; irguiéndolos con
la mayor de las sensibilidades posibles.
De nuevo su boca retomó su tarea cuando,
entre los labios, tomó mis pezones, primero uno, luego en otro. Centrado el
trabajo en uno, el otro se veía usurpado por las yemas de sus dedos o por aquel
pequeño estallido que, como si jugara con una canica, lanzaba con sus dedos;
tirando de ellos hacia él, con labios, con dientes, con dedos…, con las ganas
de saberlos suyos.
Y no dejaba de sentir la erección de su
miembro usurpando, sin penetrar, los labios en la tangente de mis piernas.
Golpeaba en sus embistes, de arriba y abajo, la sublevación de mi clítoris…
¿Qué podía hacer yo? Retorcerme de gusto,
morderme los labios con cada acometida de placer, dejarme sumisa ante sus
gestos, ante las ampollas que levantaban bajo su lengua y los requiebros de sus
dedos.
Y abandonados mis pechos y arrodillado él
entre mis piernas, sus manos se extendieron hacía mi vientre y hacia mi sexo.
Lo arañó, lo apretó como si quisiera extraerme todo de él; lo palpó, lo abrió…
Disfrutaba de la crecida de mis labios, de la insipiencia de mi clítoris:
mojado, brillante, viscoso.
Mi estremecimiento en aquel beso… Y en el
que siguió. Y cuando tiró de mis labios henchidos, atrayéndolos, succionándolos
con la delicadeza que las ganas permiten, que la excitación calibra; hasta
dejarlos regresar por su propia vivencia para luego mancillarlos a golpes de
lengua. Esculpió un camino a base de saliva y aliento hasta hallar el orificio
en el que usurpar su vacío.
Mis ojos ya no podían seguir cerrados. Mi
cuerpo había abandonado la quietud fingida. Arqueaba mi espalda como si ese
acto amansara las sensaciones. Mi boca se abría y podía percibir el estallido
de mis sentidos retumbando en mi cabeza.
Mis piernas prensaban su cabeza entre
ellas y él luchó por separarlas, lográndolo sin más esfuerzo que el de una hoja
vencida a la llamada del viento.
Mis gemidos se oían en toda la estancia,
los exabruptos de mi garganta de seguro penetraron en sus oídos. No podía menos
que dejarme vencer al poder de su fuerza, de su boca. Agitarme y temblar.
Apoyarme en la cama con ambas manos y con los pies. Hinchar mi pecho y tomar el
aire como si fuera la última bocanada antes de expirar…
Tengo la sensación de haberme convertido
en aquel momento en una mujer poseída por los siete demonios mientras éstos
jugaban en aquelarre con mis sentidos y con mi cuerpo.
Y él, Tristán, como si fuera el ángel
custodio que otorga un pequeño deseo, me concedió un poco de libertad: la que
me permitió moverme aquel corto espacio de tiempo, sin dejar de sentir la
presión de sus dedos o de su lengua mojando más mi ya aporreado sexo.
Su fuerza se comulgó con mi energía. Sus
ganas, con mis ansias en un deseo de poseernos en aquella cruenta lucha.
Nuestros cuerpos, cuales bestias asalvajadas, se batían posesos entre las telas
buscando ganar la mejor posición, aquélla que diera un movimiento de ventaja. Y
un poco de aquéllo y un poco de esto otro, un poco de perseverancia, un poco de
actitud… Y yo podía llevar las de ganar más cuando él se sumió al borde de la
rendición.
Y ese fue mi momento, el momento en el que
me convertí en la vestal mujer que, aún sin lengua bífida, se retorció hasta
poder atacar su sexo. Primero lo agarré con las manos, con las dos,como si
tuviera que controlar su pericia. Su grosor y su largura, acabada en un glande
sonrosado; la marca de alguna vena y sus henchidos testículos de testosterona
sin un pelo alrededor.

Todo quedó preso entre la blancura de mis
miembros, e, incluso tiré de su pene sin brete. Luego, de golpe, como si fuera
la presa y yo la cazadora ansiosa, lo engullí por completo, haciendo que
Tristán soltase por aquella boca gemidos y bufidos que acompañó golpeando el
colchón con las palmas de sus manos, que arqueara su cuerpo, que lo volará
hasta cogerme la cabeza y acompañar mis movimientos en aquel cobijo. Pude notar
las pulsaciones y la altivez de su miembro mientras lo inundaba de saliva y se ahogaba
en mi garganta en tanto intentaba no ahogarme yo. Culpa mía por mi avaricia y por mi soberbia, y por la gula
para satisfacerme. Y en la envoltura de mis pecados, la dura lucha
por refrenar el orgasmo que aporreaba la puerta con el franco propósito de
derribarla.
Y en esa pelea en la que perdí mi norte
por unos segundos, aprovechó él mi torpeza, mi incuria, mi descuido, mi
ligereza para devolverme la tortura con la voracidad de su boca y la habilidad
de sus dedos, sin dejar resquicio sin explorar: Vuelta y vuelta. Por delante y
por detrás hasta dejarme sin aliento. De nada sirvieron mis revueltas. Era una
muñeca entre sus brazos, enredada en su cuerpo… Irracionalmente. Sin tregua.
Sin bandera blanca.
Perdida entre estertores, sin saber cómo,
supongo que con las últimas fuerzas del quien no se da por vencido, hice de su
polla la estaca que se clavó en mi boca.
Como el soldado de trincheras aprieta los
dientes para sujetar el puñal que le puede salvar la vida, sentí mis temblores
y los suyos, aquéllos iniciales que dieron paso a la calidez e incandescencia
de su jugo derramado en la dormidera de mi garganta.
A punto de languidecerse, jadeante, retomó
la furia antes de que su sexo se debilitara y, colocándome a cuatro patas y palmotear
mis glúteos, sin respiro, entró hasta el fondo de mis entrañas mientras yo
ahogaba mis gemidos en el sabor de su hombría. Sus empentones, la fuerza
empleada, mis ganas ya descontroladas hicieron que aquel orgasmo contenido a
duras penas explotase como quien deja abierta la corriente de un grifo, capaz
de inundar cualquier llanura, cualquier cumbre…, cualquier templanza… Porque yo
me deshice en un espasmo extendido de pies a cabeza… porque Tristán sabe cómo
darme.
Me sentí derrotada y vencida. En mí se
veían sus heridas y en él, el reflejo consciente de nuestros sexos derramados y
abochornados.
Buscó mi mano, a tientas sobre la tenue
humedad de las sábanas: sudores de nuestros cuerpos y restos de nuestra
batalla. Y el resuello nos indicaba que había sido justa.
Nuestra primera noche juntos. Nunca había
llegado tan lejos en una primera cita. Mi casa, en el rellano de abajo. Los
recuerdos de otros polvos entre esas cuatro paredes, la pérdida de mi
virginidad en un trío…
Y a mi lado, un tipo que apenas conocía,
con los prejuicios en la medida justa y un volcán entre las piernas presto para
abrasarme.
Y a rey muerto, rey puesto.