Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

El Tacto del Pecado

He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Actus non facit reum nisi mens sit rea...

El acto no hará a persona culpable a menos que la mente sea también culpable...


La verdad es que el tío me pone pero no quiero viciarme pese a que nunca he llegado a tal extremo con nadie, ni con mi marido, aunque hemos tenido, y seguimos teniendo, etapas verdaderamente calientes, fogosas y salvajes... Casi creo que podía definirlas como lujuriosas.
Habíamos quedado en su casa, donde también tiene ubicado su lugar de trabajo. Me había dicho que es abogado y que, precisamente, ese día, tenia la tarde libre de visitas. Su única visita iba a ser yo. Así lo había organizado.
Entré en aquel patio, ligeramente oscuro para mi gusto a pesar del pedazo de lámpara de araña que colgaba del techo. Los buzones me indicaron de la existencia de varias empresas situadas en la planta primera. Me había dicho: "Segunda planta. Oficina D, D de dedo". Me acerqué hasta los buzones y comprobé la ubicación. Más que por asegurarme, era por mera curiosidad.

PABLO MAROSTIN BETA
MARIO LAUT UMA
Abogados laboralistas
Segunda Planta. Oficina D

Pensé que tenía un despacho para él solo. Tomé el ascensor. Me miré en el amplio espejo que cubría la pared de su fondo. Me atusé un poco el pelo, me acomodé el abrigo mientras la puerta se iba cerrando. Vi correr a alguien pero ni a mi me dio tiempo de girarme ni a él, porque era un él, de alcanzar la puerta para impedir que se cerrara. Llegué a la segunda planta. Un trayecto corto. Pasillo a la derecha. Pasillo a la izquierda. Placas de letreros sin estética común: Publicidad, seguros, contable... Abogados... Volví a leer de golpe los nombres y llamé al timbre. Ahí apareció Pablo. Saludos, una sonrisa, un beso en la mejilla... Y cerró la puerta tras de mí.
Creo que eran mis nervios los que producían que tuviera esa angustiosa sensación de calor. Cierto era que venía helada de la calle. Llevábamos unos días con intensa niebla. Cuando entré en el piso, tuve la sensación de entrar en el infierno... ¡Que calor! O tenía la calefacción a tope o el termostato de mi cuerpo no funcionaba adecuadamente.

- Tienes la calefacción muy alta, ¿no?
- Será que vienes muy caliente -me respondió ayudándome a quitar el abrigo. Lo cierto es que pensé que no iría tan al grano. Tal vez un poco de conversación para ir acomodando la situación, un café, un poco de agua... Pero no era esa la tesitura. Tampoco puse ninguna traba. Había ido allí a follar, ni a conversar, ni a tomarme un café... Estaba claro... O él así me lo dejó.

Sus manos se precipitaron directamente sobre mis muslos, arrugando mi falda hacia arriba. Sus dedos tiraron del elástico de mis medias de liga antes de dirigirse sin más hacía mi sexo. Para entonces éste ya estaba mojado. Noté sus dedos apartando los bordes de mi braguita y ambas manos se colaron bajo ella, rozando las puntas de mi vello, pellizcando el borde de los labios, separarlos... y un dedo se quedó en mi clítoris y otros profundizaron en la oscuridad de mi sexo, en tanto su boca y sus dientes mordisqueaban en lóbulo de mi oreja derecha... El calor de su aliento me producía escalofríos y sus palabras me encendieron...

- Quiero que seas mi puta...  -¡Joder! Ya había sido la puta de uno aunque nunca me sentí como tal. Sí, reconozco que en cierto modo hay algo de gusto en una sumisión sexual, siempre y cuando sea mutua y de consenso. Nunca nadie más desde el Macho Alfa me había pedido tal cosa-. Estoy harto de princesitas que solo saben mamarla, que se abren de piernas para que las folles creyendo que son magníficas porque me he corrido, que si las pones a cuatro patas ya te dicen que no les folles el culo... -!A mi tampoco me lo vas a follar, guapo!, pensé-.
- Pues a mi me gusta que me traten como a una princesa y me follen como a una puta... -No sé por qué dije eso en aquel momento pero venía muy a cuento.
- Te trataré como crea que mereces.  -Aquellas palabras daban sensación de autoridad. Quería ser mi dueño, utilizarme y follarme a su antojo. Podía poner sus reglas pero yo solo cumpliría las mías. Me bajó la cremallera de la falda y pudo ver el nacer de mi ropa interior negra y mis dos glúteos duros. Los pellizcó, los manoseó y los mordió al tiempo que la falda caía al suelo y él me daba la vuelta.
Para mandar tanto no tardé en verlo arrodillado ante mí, oliendo mi coño, mordiendo mi braga, buscando un hueco entre mis glúteos. Cogí su cabeza y hundí su rostro entre mis piernas. El calor de su piel y el frío de la mía eran la mezcla perfecta para que mis pezones se erizaran, para que mi coño se estremeciera y para apartarme un lado de la braga para dejar que su boca me lo tocara. Me palmoteó la mano. No quería verla tan cerca. Se levantó, pasando el rostro pegado a mi cuerpo, sobre mi camisa... Sus manos dibujaban mi silueta hasta que se quedaron en la cintura, tomando mi braga con fuerza, tirando hacia arriba. Lo hizo con fuerza. La tela que presionaba mis glúteos se pegó y la parte delantera se metió entre los labios mayores, llegando a presionarme el clítoris. Incomodaba pero él enrolló la tela sobre las caderas alrededor de sus dedos tirando con agresividad. El primer intento fracasó, con el segundo mi braga se rompió, pero no del todo... Un tercer intentó y se quedó con ellas en la mano. Las olió y luego me las dio a oler a mí. Tenían ese olor dulce, incitante, con toda la parte de la entrepierna mojada... Parecía aun gesto dulce aquel que siguió, separándome los labios, rozándolos con las yemas de su dedo... Ingenua de mí... Abrí la boca para absorber sus dedos y me vi con parte de mi braga dentro.

- Sshhhh... -pronunció antes de empezar a pasar su lengua desde mi garganta hasta mis pechos. Sus dedos seguían otro rumbo hasta que se detuvieron sobre los pezones. Pasó la palma entera por encima hasta que las yemas de sus dedos se convirtieron en unas crueles pinzas que me hicieron gritar, aunque la tela negra en mi boca mitigaba todo sonido elevado. Me giró. ¿Qué podía hacer yo? Poco más. Gozar y disfrutar y dejarme llevar hasta donde estuvieran mis límites... O los suyos... Me giró y me inclinó sobre su mesa de despacho: una bonita mesa de madera y un sillón de piel al otro lado. Es lo que me dio tiempo a ver y lo que más tiempo estuvo ante mis ojos.


Por un momento, solo percibí sus manos sobre el centro de mi espalda, como dibujándola, antes de volver a sus artes: martirizarme un pezón y mitigar ese dolor-placer con unos azotes sobre una de mis nalgas. ¡Joder!  Mi blusa sirvió para inmovilizarme. No sé cómo hizo aquel nudo pero cuanto más quería tirar más presa me sentía. Volví a dar un respingo cuando sus dedos llegaron a mi clítoris. Lo pellizcaron y lo estrujaron... con más intención que delicadeza. Estaba empapada y a esas alturas quería ya que me follara. Supongo que sabía que yo lo deseaba pero también sabía que no iba a ser tan fácil concederme un deseo. No sé cuánto tiempo estuve así: martirizada, atosigada, mortificada...agónica, prolongadamente agónica-. No quiero que te corras... -pidió, aunque lo estaba inquiriendo. ¿Obedecerle yo? En esas cosas y en esos momentos mi única preocupación es cumplir conmigo misma. En el sexo me gusta dar placer, pero por encima de darlo, está el obtenerlo.

Y de pronto se detuvo. Se apartó por completo de mí aunque percibía su calor detrás mía. Una fuerte palmada en mi trasero me mantuvo alerta o, más bien, me puso en ella. Me levantó el culo, me separó las nalgas... Volvió a tocar mi sexo... Cuando apartó la mano, me penetró. Era fácil que entrara y lo hizo en su totalidad, hasta el límite de sus testículos, hasta que sus muslos golpearon con fuerza mi culo. Y se detuvo. Una única fricción, una única follada y volvió a quedarse quieto. Intenté mirarle pero me giró la cara y me sujeto el pelo para que no volviera a hacerlo. Un nuevo cachete antes de volver a agarrarme las tetas. Se inclinó con fuerza sobre mí en un perfecto acople antes de empezar a bailar sobre mí. No bailó una balada romántica. Sus embistes se describían más bien como un listado de notas a ritmo de heavy metal. Ambos sudábamos.

Empezó a moverse haciendo círculos. Era cuando su ritmo se atemperaba... y para mí era luchar. Aquella agónica sensación produjo en mí una espectacular corrida pero no por eso él dejó de penetrarme ni redujo su ritmo, al contrario, lo intensificó. Quería pedirle que siguiera. Sabía que me iba a sobrevenir otro orgasmo... Y así fue... Esta vez dejo caer mi chorro de placer sobre el suelo. Mi corazón latía a mil, me faltaba el aire y necesitaba quitarme aquel trozo de tela de mi boca.

Me dio dos segundos de respiro pero no me dejó moverme. Le vi bordear la mesa y sacar un tubo de un cajón. Al abrir el recipiente, me llegó un intenso olor a caramelo de manzana. Se puso un poco en la mano y me lo acercó para que lo oliera y lo cataran mis labios. No creo que fuera a equivocarme sobre sus intenciones. Hacía tiempo que no tenía sexo anal, a lo sumo algún dedo perderse en su estrechez... Estaba segura de que aquella coincidencia iba a dejar de serlo. Se untó todo su pene y lo masejeó un poco. No había perdido ni un ápice su tensión. Ante mis ojos se mostraba grueso, erecto, con las venas marcadas por la excitación... Y, sobre todo, paciente. Regresó a mí, volviendo a situarse a mi espalda. Extendió producto por el centro de mis glúteos, aplicándose en mi pequeña entrada, apurando gestos con un dedo... Tenía que relajarme aunque no era fácil. Noté la entrada de un dedo. La lubricación lo hizo más suave de lo que esperaba pero cuando decidió meter el segundo... No pude gritar y seguía sin poder quitarme la mordaza que me silenciaba-. Relájate o te dolerá... -Sus movimientos eran más pausados. Sus masajes con los dedos favorecían la apertura de aquella entrada. Se esmeró en dilatarme y, cuando creyó que estaba lista, empecé a sentir la punta de su rabo y, poco a poco, mi músculo abriéndose dolorido al grosor de aquella polla. La hendidura pasó de disfrazarse de dolor a vestirse de placer. Ya, cuando se acomodó en mi interior y la sensación aquélla la mitigó con otros movimientos sobre mis pezones y sobre mi clítoris, empezó a moverse despacio hacia adentro y hacia afuera...

Me quitó la braga de la boca y empezó a penetrarme con más ritmo. Ahora sí quería oírme, porque ahora ya no le protestaría. Lo primero que salió de mi boca fue un buen sonante "cabrón", teniendo como respuesta un nuevo azote en mi muslo. Luego me sobrevino un nuevo orgasmo. Mucho más fuerte que cualquiera de los anteriores. Mi fuerza se desvaneció y él me agarró, dejando que fuera quedando de rodillas. Me sujetó del pelo y me echó la cabeza hacia atrás. Me besó. Hundió su lengua en mi boca y la recorrió interiormente. 


- Gírate, mi putilla... -Y así lo hice: con mis manos atadas a la espalda y cogida con fuerza de mi pelo. Mi cabeza quedo a la altura de su erecto miembro. No podía cogerlo y parecía que él no estaba dispuesto a liberarme. No se merecía menos después de aquellos impresionantes orgasmos que me había ocasionado que una buena mamada. Y eso se me daba muy bien. Acercó la punta de la polla hasta mis labios. Lo besé y dejé que el glande se deslizara entre mis labios. Me llegaban tanto el aroma como el sabor de mí. Le miré y empezó a introducir su polla en mi boca hasta que sus hinchados huevos limitaron la penetración. Su pene es tan tremendo que siempre me cuesta mantenerlo entero dentro de mi boca. Me llené de él. Me costaba respirar pero tampoco podía controlar la penetración. Sus envites iban hinchando más sus venas, su respiración se iba haciendo más ronca, más profunda y más excitada... hasta que una presión de mi lengua bajo su glande le hizo correrse en mi cara...

Me fui de su despacho bien follada, con los brazos medio adormilados de aguantar tanto tiempo aquella postura, con un coño más bien escocido y con un ano que había aprendido a consolarse con suaves envites. Me costaba andar con comodidad y lo único que quería al abandonar aquel lugar eran dos cosas: Una, llegar a mi casa para darme una ducha y relajarme, y la segunda, volver a follar con Pablo.
Atrás...

sábado, 14 de diciembre de 2013

Toda una señora...

Dejamos a los chicos en casa, viendo el fútbol. Ellos iban a disfrutar de su particular fiesta masculina: veintitantos tíos corriendo, unas cervezas, algún cigarro, algo de picar y algo para cenar... Nosotras, Marina y yo, decidimos hacer la nuestra. No suelo salir mucho con ella. De vez en cuando, pero me lo paso bien. Ella es la única de mis "amigas" con más vena de zorrón. La misma que se ha tirado mi marido y, casi doy por hecho, unos cuantos más que no son Lucas. En el fondo, igual no somos tan diferentes. Tal vez ella sí sea más descarada que yo y sepa hacerlo mejor. Si hay una lista en esto, esa es ella...
Allí estaba ella toda fantástica. En realidad, siempre lo está. Sus botas altas de tacón de aguja, en plan dominatriz, su falda tipo colegiala -más disimulada porque no era de cuadritos-, y su top que dejaba ver la prominencia de unos pechos bien puestos -tal vez fruto de la operación, porque a mi no se me quedan así-, pero el caso es que ella está muy mona. Yo no podía estar a la zaga, así que me puse mi falda de tubo, mi blusa semitransparente, que dejaba intuir la voluptuosidad de mis pechos y el encaje de mi sujetador, y unos zapatos de tacón con los que no creo que pudiera bailar mucho... Los ojos de Lucas se fueron directos a mis pechos pero me hizo un recorrido general. Creo que le hubiera encantado ser quien me cacheteara el trasero justo cuando me di la vuelta para salir. Tenía ganas de follarme pero los hados no nos habían sido propicios.
- Tened cuidado u os follaran... -me dijo mi marido mientras yo apuraba el último sorbo de mi té-. Los hombres nos perdemos enseguida...
- Y más por dos hembras como vosotras -apuntó Lucas. Creo que las cervezas debían llevar algo más que malta.
No parecía que fuéramos a pedir guerra pero la íbamos a buscar... y, con toda seguridad, no nos iba a ser complicado hallarla. En el restaurante, nuestras conversaciones iban  acerca de hombres, de cuánto hacía que follábamos y cómo nos gustaba... Creo que el vino se nos subió a la cabeza antes de lo pensado pero me sirvió para confirmar que habían sido varias las veces que mi marido y Lucas se la habían tirado y que en los planes futuros estaba yo. ¡Joder con mi marido! Lo más sorprenderte es que él me llevaba muchos años de ventaja... Y yo, tan ingenua. Seguro que a estas alturas de la fiesta ya sabía que me tiraba a Lucas o que Lucas se me tiraba.
Y creo que a pesar de hablar medio discretamente, los comentarios se trasladaron a la mesa más cercana donde un grupo de cuatro mujeres disfrutaban de su noche sin hombres. Por su edad bien podrían haberse escandalizado pero, en realidad, creo que ponían la oreja para recrearse.
Durante la cena, Marina estaba algo pendiente del móvil, así que no me callé. Normalmente soy discreta pero ya me estaba poniendo nerviosa.

- ¿Con quién demonios estás?
- Estoy quedando con un par de amigos. Me apetece que los conozcas.  -Su sonría era de lo más tramposa.
- ¿Quiénes?
- Alguien con quienes lo vamos a pasar muy bien...
- Pero tú estás segura de lo que quieres hacer...
- Cuando vuelvas a casa vas a tener ganas de follarte a Nacho... Te aseguro que estos dos te ponen muy cerda. Sacan de ti los más bajos instintos.
- No estoy segura...
- ¡No me seas mojigata! Sabes que te gusta follar tanto o más que a mí....

Quedamos así. Tenía razón pero no me apetecía que "mi vida" quedara tan a la vista. Yo no le había confirmado nada de mis aventuras y mucho menos con Lucas. Lo supiera ella o no... Sería algo que no iba a confirmarle. Puedo ser muy puta si me lo propongo pero no tengo que demostrárselo a nadie que no me interese a mí. Ante todo, una señora. No necesito formar parte de ninguna conjura, de ningún club de putas... Yo decido. Yo elijo.
Cuando llegamos a aquel local había pocos hombres todavía. El fútbol los debía tener ciegos entre las piernas de aquellos tíos en pantalón corto. Nada más entrar, yo lo hice tras Marina, sentados en sendos taburetes, muy cerca del extremo de la barra, bajo un enorme plasma donde se proyectaba el dichoso partido de fútbol sin sonido, estaban los amigos de mi amiga. Dicen que las casualidades no existen... Lo corroboro pero, en ocasiones, son una gran putada. Tuve la sensación de que era él. Sí, el chico que me invito a "comer" un kebab en el campo. Tenía su número de móvil en el mío pero no lo he utilizado todavía. El otro, el que no era Pablo, sonrió y se puso en pie. Pablo permaneció sentado observándonos. En ese momento quería meterme en el fondo de un pozo y no sacar cabeza. No por nada en concreto, sino porque si no era discreto, toda la discreción de la que hago gala se iba a ir al garete. Además, tampoco podía arriesgarme. Yo no lo veía tan fácil como parecía verlo Marina. En cualquier momento, después de acabar el partido, nuestros respectivos maridos podrían llamar para quedar con nosotras.
No cabía duda. Era Pablo quien consumía aquella copa. Y se sorprendió tanto o más que yo. Supongo que fue listo o que mi mirada era lo suficientemente expresiva para que guardara silencio y simulara un total desconocimiento sobre mí.
Mientras nos acercábamos y surgían las lógicas presentaciones, me pregunté si Marina se había comido su polla. Por como la tocaba el otro, no vacilé en pensar que a él sí.
 - No me has llamado –me dijo Pablo una vez que parecían repartidos los papeles.
- No. Llevas razón.
- ¿No te gustó? –me susurró al oído.
- Sí. Me encantó… Pero me gusta hacerme de rogar…
- Difícilmente podría yo rogarte si no me diste tú número ni me has llamado… Me gusta como la mamas…
- Seamos discretos…
- Tu amiga no lo es…. La verdad es que pobre marido… Los lleva bien puestos.
- Supongo que como el mío…
- Sí, pero a ti no se te ve tan puta…
- ¿No?
- No… Sabes disimular. Eres más subliminal. Tú no buscas. Tienes la suerte de encontrar. Tú eres muy zorra pero en la intimidad… ¿Sabes? Cuando llegué a casa seguía teniendo un tremendo calentón. Salí empalmado del coche y me dolían los huevos que no veas… -Yo reí, manteniendo la distancia justa y prudente-. No me seas cabrona. Sabes bien cómo me dejaste… No dejé de imaginar cómo sería follarte duro, muy duro…
- ¿Qué quieres decir con follar duro?
- Hacer de ti lo que yo quiera… Que seas muy cerda solo para mí… Usarte, gozarte, mortificarte… -No sé muy bien a qué se estaba refiriendo pero si estaba hablando de someterme en grado más o menos elevado, no sabía con quién estaba hablando. A mí no me somete nadie de esa manera aunque reconozco que me gusta llegar al límite, que sí, que me siento muy cerda, muy guarra… Pero no he cogido la suficiente confianza con nadie para llegar a tal extremo… Ni siquiera me he sometido a mi marido de ese modo. Ni de gusto propio ni de gusto ajeno. Sólo a Sergio le permití atarme… pero también me vengué – Correrme encima de ti y dejar que te chorree por el cuerpo… –me musitó-, y comerte el coño hasta correrte, bebérmelo todo y seguir sin que tú puedas evitarlo…
- Te vas a poner malo… -Pero mala ya estaba yo. Notaba mi coño palpitar y mi mente cavilar e imaginar aquella escena.
- Ya estoy… Tengo la polla súper dura… Está buscando una salida… Puedes comprobarlo…
- Confío en ti… -sonreí.
- Tú también te estás poniendo caliente… Veo tus pezones apretar la camisa…- Llámame cuando no esté tu marido… O llámame cuando quieras disfrutar de una experiencia diferente… Prueba… Y te encantará…
- No me gusta tener “amos”…
- Sólo te pediré que disfrutes.
- Ya veremos… Igual sí te llamo.

Cogió su vaso de tubo de encima de la barra después de alcanzarme el mío. Me invitó a brindar, inclinando el vaso ligeramente. Choqué el mío con el suyo. Le miré. Me miró. Sonrió y bebimos. Solo hice algo con lo que él no contaba en ese momento. Cuando me fui al baño y aprovechando que el local se estaba llenando, lo que nos obligaba a estar todos un poco más juntos, llevé mi mano directamente a su entrepierna. Su polla quizá terminara de crecer después de aquella presión. Aún en posición de relajamiento, su pene tiene un tamaño lo suficientemente interesante… Crecido, me resulta muy excitante… Y muy gratificante.






viernes, 13 de diciembre de 2013

Pillada...

Mi marido ha entrado en casa y no lo he oído. Me he puesto a leer un rato sobre la cama mientras hacía tiempo a que él llegase a comer. A esas horas el sol entra por la ventana y convierte la habitación  en una estancia muy caldeada, cuando no también muy caliente, pero la lectura me ha evadido. Las explícitas escenas de sexo de la novela no me han llevado a nada pero sí la ternura que se dibujan bajo sus palabras. No he encontrado a nadie que tenga la mezcla que tiene el protagonista de esta historia. Claro, que tampoco yo me veo como la protagonista femenina…
Sobre la cama, había dejado el libro boca abajo, abierto por la página que leía. Había cruzado mis brazos sobre mi estómago y me había relajado pensando en una de aquellas escenas más románticas. Me dormí porque cuando desperté sentí unas tremendas ganas de sexo. No recordé haber soñado nada que me calentara pero la sensación era esa. Noté el golpe de los pálpitos del corazón en mi pecho y cierta respiración agitada. Comprobé el estado de mi sexo y me sorprendí de lo húmedo que estaba. Empecé a acariciarme y eso me obvió de la realidad que había a mi alrededor, ajena al reloj…

Mis piernas abiertas, replegadas, con los pies apoyados sobre el colchón y mis dedos moviéndose en un arrebato sobre los pliegues de mi sexo, entrando y saliendo del coño, haciéndome palpitar, arrancando jadeos y sacudidas a mi cuerpo… Cuando quise darme cuenta, Nacho estaba ahí, sin quitarme ojo de encima y en silencio… Por un momento no supe qué hacer: si detenerme y recobrar difícilmente la compostura o seguir y terminar con lo que llevaba entre manos. Su mirada me incitó a seguir y sus palabras me lo confirmaron. Disfrutó como si fuera su polla la que me estuviera recorriendo la entrepierna… Y vi la erección que mis actos estaban provocando en él, tanta que tuvo que soltarse el pantalón… Por un momento me pareció ridículo verlo tocarse ahí de plantón, con los pantalones por debajo de la rodilla y su impecable camisa arrugada bajo su mano libre.
Mi mirada clavada en él, en sus ojos o en su polla, viendo la expresión de su rostro o el movimiento rápido en el que su mano recogía su miembro. Me excité tanto como para que mis flujos saliesen con fuerza de mi interior, incluso con ruido, con muchísima presión, empapando la colcha que de nuevo debía lavar. Nacho se acercó. Su polla brillaba por las primeras gotas que colmarían y culminarían en una segura corrida. Cuando la vi me encendí más. Quería tenerla entera dentro de mí y tenía que ser rápido.
Nacho se acercó a mí. Puso una mano en mi coño, palpando los fluidos que se resbalaban hacia mi ano y luego se la llevó a su polla para lubricarla más mientras yo me preparaba para dejarle hacer.
Tiró de mí para dejarme cruzada sobre la cama, con la cabeza colgando por el borde. Nacho se apoyó en él y me metió la polla entera en la boca. Sin ningún tipo de medida ni contemplación, como un castigo a la tortura a la que le había sometido.


El movimiento de su lengua sobre mi pezón era un dulce martirio que se sumaba al espectáculo de ver sus huevos acercarse a mi boca. Apuró los gestos hasta casi el final. Mis manos llegaban a sus glúteos. Los apreté, los pellizqué e incluso empujé para tragarme más su pene. La posición de mi cuello ayudó a que aquella polla llegara a meterse por completo, hasta que sus testículos chocaron contra mi barbilla... Y sin arcada... Creo que hasta él se sorprendió aunque no era la primera vez que me los comía con tanta ansía. Aún así, se detuvo un pequeño momento y no profundizo tanto su penetración.
Sabía que no se correría en mi boca pero que derramaría toda su leche sobre mí... Mis tetas, las que agarré y junté, elevándolas hacia él, fueron las víctimas encantadas de su éxtasis.

Alegato

Este espacio es un atentado contra el Sexto Mandamiento: la negativa a reprimir la Carne, la Mente y el alma. Aquí la fantasía y la realidad se cruzan sin culpa, consagrando la lujuria como una religión confesa y clandestina.

La escritura erótica no es un tratado frío, sino el pulso febril de la sangre donde el Pecado se vuelve altar y sacramento. Las palabras muerden, huelen a sombra compartida y a devoción oscura, rasgando el aire para habitar el cuerpo como un templo consagrado al abismo.

Lo que unos llaman Pecado, yo lo llamo Libertad de Elección. Porque nos fue otorgado el libre albedrío que hizo rebelarse a los ángeles y condujo al hombre al placer.

Amén.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.