Y mientras nos observas sentado, Tú, Mi
Señor,
excitado al ver nuestros placeres más
perversos,
ella más me implora, yo más la doy, más
gimo,
y más inyecto en ella la lujuria que hay
en mí,
toda la que Tú, Mi Señor, me provocas,
mientras de rodillas me inclino hacia
Ti,
te acercas adentrándote en mí alma
de Diosa,
a probar las mieles de mis labios
desbordadas,
saboreando tu lengua hasta la última de
mis gotas,
apartándote al suplicarte de
rodillas Tu Reina y Señora,
la penetres con fuerza por detrás,
embestida tras embestida, azote tras
azote,
entrando y saliendo, saliendo y
entrando,
gimiendo y jadeando exaltada entre
alaridos y lágrimas,
profundamente enloquecida de placer por
Tu Falo,
y yo de rodillas ante Ti, Mi Señor,
esperando la comunión de vuestra
consumación,
pruebo de Tu Empuñadura vuestras
mieles,
con mi boca ardiente de Diosa,
hasta ser gemido en mi garganta.
Cohabitadas todas tus ganas en mí,
aún cuando jadeo y entre mis piernas discurre Tu
Savia,
ese beso que me otorgas en la frente con tu hálito
exaltado,
bendice mi entrega a Ti y, en respeto y humildad,
con gracia dada, mi boca los pies te besa en
pleitesía, Mi Señor.
Y mientras ella observa, deseosa de tu posesión,
erigida digna mi cabeza y mi mirada en la tuya,
Tú me otorgas los derechos sobre ella.
Santas y Maestras Tus Palabras, Mi Señor:
“Tú eres la Reina y Señora, doblégala para mí.
Ahora, ella a ti te debe obediencia…
Compláceme, Mi Sierva.”
Y en mi mano entregas la fusta de castigo,
dándote las gracias por ello.
Diestra mi mano, perversa mi mente,
consentida soy.