Quod si vivere in delectatione est Peccātum gloria est infernum.

El Tacto del Pecado

He aquí el Pecado, enarbolado en el Ser y en el Sentir, encumbrado en su gloria y en ella, sacralizado.


jueves, 16 de octubre de 2014

Lobo de Tacto Nocturno...

Te acercas insolente, protegido entre las sombras de las noches, desviando tus claras intenciones bajo el tema de una sonrisa, pero sé que solo quieres una cosa: follarme. Es tan clara tu oscuridad que te delata y ennoblece. Vienes a mí como si todas las huellas, todos los rastros perseguidos encaminasen a mi sexo. Como un perro rabioso, la boca se te hace espuma mientras te aproximas. Quieres lamerlo y relamerte, comértelo y paladearlo, saborearlo y degustarlo, disfrutar, poseer y utilizar, gozar, deleitarte de mi coño como de la mejor de tus presas en la mejor de tus cacerías; hartar tu sed con mi lluvia, saciar tu hambre con mi carne.

Sin palabras porque las palabras están carentes de sentido, huérfanas y vaciadas. Ni siquiera han sido utilizadas para llegar hasta mí. Tan abandonadas que no sabes si las serviste para atraerme o las empleé para conducirte hasta el cruce de mis piernas.
 
Ahora me tienes ante ti. No como tú quieres porque tú me deseas desnuda, en imagen de carne y hueso, en sentimientos descarnados en hálitos, olores y emanaciones;  con mi sexo, dominante y consentido, ese que tanto has detallado entre tus dedos, tu boca y tu libídine… en perfecta combinación de rectas y curvas, de luces y sombras, ofrecido ante ti, bautizado y embebido, sacralizado en Pecado.
Y sé que te apetezco, que me quieres solo para follar, sí follar… sabiendo que no sabes que he dejado que seas tú quien pise mis pasos, quien alce la cabeza ante los pilares no acerbos que contienen mis bocas vellidas  mientras te postras ante mí que no soy ni diosa ni mártir ni virgen.

Y después, consumados los pecados, conculcados los sentidos, te olvidaré y me olvidarás, te negaré y me negarás, con o sin lunas, sí o sí con noches confundidas y, como lobo solitario de patas plateadas, penetrarás en los abismos de otra alma. Otra alma que se ofrecerá… U otra alma ante la que te ofrecerás. Tal vez sin saber por qué... Tal vez, de nuevo, sin palabras... Eres lobo que sigue su camino hasta llegar a su destino, pero no olvides que yo no soy como Caperucita: obediente, dulce y gobernable. Y tus aullidos... Tus aullidos son mi soberbia. 


Hay  una  acepción de lobo que hace referencia a un hombre sensualmente atractivo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Mí, me, conmigo...

Hoy no necesité a nadie. Sí, tenía y tengo ganas de follar (ahora, con esto de las modernidades, resulta que ya no se llama así, que hay otros términos. ¡Ay que joerse!). Soy libre para llamar a las cosas como yo quiero y nada mejor que llamarlas por su nombre, por lo que son. 
Sí: Follo y me follan, jodo y me joden... 
Sí, puedo utilizar hasta doscientos sinónimos para decir lo mismo. Todo un arte de la palabrería pero lo importante siempre suelen ser los hechos. Son la evidente gracia de la realidad.

Hoy no necesité a nadie. No es que me lo repita para convencerme de ello. Y no necesitaba a nadie porque estaba sola. Nacho había salido de cena con sus amigos, con lo que no podía contar tampoco con Lucas. Y es que en realidad, hoy no me apetecía nadie que no fuera yo misma. Y me (siento) sentí única, llena, en total plenitud, con total libertad. Me mojaba con la sola sensación de saberme así, de saber que me valgo yo solita para poseerme, para absorber el olor de mi coño; excitarme con esa percepción, con el tacto único de mi piel, con el sonido rítmico dentro de la arritmia de mi respiración...

Me excita el saber que no necesito ni de él, ni del otro ni del de más allá... Me basto yo sola.
Sí: Mí, me, conmigo... Como si mi abecedario empezara en la Z y acabara en la A: Zorra de mí mismA.
Yo sola: Mis dedos, mi peón y mi alfil. 

                           Caminé por la casa.
Lo hice desnuda y descalza, con las luces apagadas, con las cortinas sin correr, viendo la calle desde este lado del cristal. Apenas algún coche, alguien caminando con su mascota... Poco movimiento que no me distraía de mi faena. Pensaba en lo que me esperaba. Esa idea de sentirme puta de mi misma me estaba poniendo muy perra, muy cachonda. Sentía aquellas corrientes de humedad resbalándose en mi interior, mojándome toda en tanto me contoneaba paseando como una buscona para atrapar la atención de algún macho. Me apoyaba en las paredes, pegando mis tetas a ellas, invitando con mi trasero en pompa. Me cogía aquéllas, las apretaba y elevaba como si fuera a rozarlas con mi lengua, enseñándoselas a saber dios quién, a qué semental libidinoso. Ponía morritos, me chupaba y comía los dedos...

Del salón, cogí un par de velas. Las encendí en el dormitorio y las dejé sobre cada una de las mesitas de noche. Así, en penumbra, en el tintineo de las llamas, entre mis sombras y mis luces, me sentía a mis anchas, en mi lujuriosa concentración. Me apoyé en la pared y me estremecí ante la fría sensación, ante el contraste del calor de mi cuerpo contra el suave violeta.
Mis manos sobre mis muslos. Mis ojos cerrados ante su ascendente recorrido hasta mis tetas, hasta hacer martirio en mis pezones elevados, mientras mi sensación, real e imaginaria, húmeda aumentaba entre mis piernas.


Mi boca se abría y se cerraba ante la imagen de otra boca, de una lengua que se abría paso entre mis labios; ante el tacto rígido de mis dos dedos que la penetraban una y otra vez, liberándose, sin querer, sin objetar de la presión de los rebordes carnosos y mojados de mi boca.
Cuando mi otra mano buscó el camino entre mis muslos, cuando las puntas de los dedos tocaron los primeros vellos, mojados, y llegaron a tocar mi clítoris..., mi garganta farfulló un gemido que me sorprendió por su irreverencia, naturalidad y sonoridad. Me frotaba contra la pared como una gata en celo, como una puta gata que solo desea que se la follen... Y a falta de gato, yo. No hay nadie mejor que yo esta noche para acallar mi coño. Hoy no ganaría ninguna polla. Hoy el trofeo de mi orgasmo sería más mío que nunca.


Tomé el lubricante. Lo extendí primero sobre las yemas y luego impregné los dedos. Comencé a relajar mi zona postrera. Los dedos se resbalaban y uno de ellos entró sin problemas. Intenté con dos pero tuve que seguir masajeando hasta  probar con mi peón e introducirlo pausadamente mientras me ayudaba de mi otra mano. Me abría la carne lentamente, haciéndose paso. Debiese haber perdido más tiempo en la recreación pero mis ansias me podían. Deseaba meterme aquello hasta el tope, disfrutar de la sensación de tenerlo dentro, de pensar en cualquiera de las pollas de mis hombres, mientras yo seguía con mi goce y disfrute particular.
Anclado el peón era hora del alfil, de empezar a formar parte de aquel juego.  Pero antes, como si fuera a tomar nota de lo que debería hacer, inspiré profundamente y le enseñé la delicadeza de mi piel. Mis dedos buscaron aquella parte tan latente de mi sexo. Rodeé mi clítoris una vez tras otras, con ritmos, de lento a rápido... pero no quería irme tan rápido, así que afiné el toque. El lubricante seguía prendido en mis dedos, extendiendo y mezclándose con mis flujos, con los que brotaban y con los que se me bañaban por dentro.
Y no pensaba en nadie...
O pensaba en todos. En una orgía mental en la que solo yo domino.
Eran mis dedos... O sus dedos... Pero sí es mi coño.
Y eran los suyos, que son míos, los dedos que me penetraron, los que salían y entraban jugando al escondite y tocar "chufa por todos mis compañeros". Son esos, los que buscaban apego en mi crecido clítoris, quienes lo rodeaban y lo escoltaban, quienes lo tentaban y apuraban... Y es el momento, preciso aquél, en el que necesitaba algo más de empuje, algo más de amarre, algo más de presión porque tensión me sobraba... Un poco más fuerte, un poco más rápido y dejar que mi brazo se relajase y ganara el juego de mi muñeca. Y fue el turno de mi alfil, el que, magnánimo de cristal, atravesaría mis entrañas de principio a fin, el que se fundió frío en el tacto ardiente de mis carnes más profundas...
El sonido de mis efluvios me enervaba más la sensación de fuego. Cerré los ojos y, mientras mi lengua acariciaba mis labios y mis dientes los mordían con prudencia, entre mis piernas abiertas, mi alfil me penetró una y mil veces más. Mi coño se sentía agradecido. Es exigente pero agradecido. Sus paredes están hechas para adaptarse a todo, a su forma y a su movimiento; y él, el alfil de cristal, es capaz de aguantar todo el chaparrón que le suele sobrevenir.
Y hecho su trabajo, elevados mis efluvios y flujos, mojada la sábana, mis muslos y mi coño, inspiré y expiré, como si un último aliento fuera a darme la vida.
Y no necesito a nadie. Ya no imagino a nadie. 
Y no necesitaba ni imaginaba a nadie. No más espectadores que mi mente, que mis ganas, que mi disfrute, que mi propia fantasía de ser eso: meretriz de mi misma, la más perra entre las perras, la más zorra de entre las zorras; la que mejor maneja sus dedos, la que mejor sabe satisfacerse, la que con ella no tiene tabúes, la que se extralimita, la que se queda  sin aire por momentos, la que está a punto y se domina, la que aplaza su orgasmo; la que grita y estalla, la que jadea y gime; la que se llama a sí misma puta.
Yo.
La que se erige, la que se ahoga, la que se martiriza, la que se vence ante sus propias caricias, ante sus propios matices, la que se enerva y usurpa, la que en el santo sacrificio de su entrega, eleva la hostia y el cáliz de su consagración.


jueves, 9 de octubre de 2014

Serpientes del Pecado...


o Rebelión de los Sentidos.
Y dar paso libre a los instintos
suscitando esa insubordinación de vuestros sentidos
esa rebelión que les deja la plena libertad
para llegar a ese punto tan íntimo y sublime,
tan exaltados como dominantes y vencidos,
que subyacen al límite justo del colapso de vuestros cuerpos,
en la torpeza de vuestra respiración,
en la impericia de esos gestos hambrientos en boca, manos, piernas y sexo;
donde no se sabe dónde empieza o dónde culmina ese festín demente y loco,
cuerdo y sano, de los deseos desatados y envueltos en puro vicio, en puro Pecado,
y donde ambas os convertís en deleite,
en dos almas desvestidas de piel
repletas de sensaciones, de sentidos e instintos
que se han rebelado en sumisión y complacencia,
que se han batido en lucha hasta ese último fluido.
Dos cuerpos libres enredados como serpientes del Paraíso
arrodillados y hostigados ante un único dios,
ése al que vestís de desenfreno, inmoralidad y Pecado
y a quien crucificáis en perfecta comunión para salvación vuestra.

Alegato

Este espacio es un atentado contra el Sexto Mandamiento: la negativa a reprimir la Carne, la Mente y el alma. Aquí la fantasía y la realidad se cruzan sin culpa, consagrando la lujuria como una religión confesa y clandestina.

La escritura erótica no es un tratado frío, sino el pulso febril de la sangre donde el Pecado se vuelve altar y sacramento. Las palabras muerden, huelen a sombra compartida y a devoción oscura, rasgando el aire para habitar el cuerpo como un templo consagrado al abismo.

Lo que unos llaman Pecado, yo lo llamo Libertad de Elección. Porque nos fue otorgado el libre albedrío que hizo rebelarse a los ángeles y condujo al hombre al placer.

Amén.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.

La táctica del Pecado es enredarse hasta hacerte sucumbir.
Llegar al final tiene su interés. Puedes sorprenderte con sus pasos.