La conversación deja de ser lo importante y las miradas pasan de insinuantes a canallas. El mundo deja de existir al insistir tu mano por debajo de mi falda, arrancándome algún improperio que se disimula bajo la picardía de mi media sonrisa y la tenue luz hace más enigmáticos tus susurros. Para entonces, ya estoy perdida, más aún cuando tu lengua roza mi cuello como si me chuparas la sangre, anticipándose a un beso a boca abierta de esos que profanan hasta el cielo.
Y entonces, en la locura del morboso momento, tus dedos se convierten en un falso Moisés reclamando mi atención entre las piernas, sin vergüenza alguna, desatando esas ganas de follarnos, sabiendo que la tortura se alargará hasta el último de nuestros alientos, la que me hará reclamarte y pedirte... y tú regocijarás en todo ello.
Las miradas ajenas encienden la sangre y los pulsos. Las palpitaciones van más allá del pecho y las tentaciones, estudiadas en mis labios con la yema de tus dedos, mojados de nosotros, musitan silencios que se agarran a la fuerza contenida de los gemidos.
Tu frente pegada a la mía.
Las bocas, a un suspiro cortado.
Provocas mí esa sensación de fuego, el que ya se aviva entre tus caderas y se lanza sobre mi piel. Y logro vislumbrar tu mirada de lobo hambriento y sediento... con mirada de cordero degollado y ojos encendidos. Te delata y me enreda esa sonrisa granuja que atiza en mi boca justo antes de morderme, marcando territorio. Entonces, entre dientes, sin separar del todo tus labios de los míos, eres capaz de decirme: «Cielo, prepárate para ser la diosa de mi infierno...». Solo me queda respirar hondo y empezar a arder como una tea mientras mis grietas hacen agua, mis pensamientos dejan de existir y la respiración se hace bandera perdida.
Y acabamos en la noche, al amparo de las sombras, como los gatos callejeros, descubriéndonos en este encuentro de centros desequilibrados donde mi mirada se vuelve albina hacia las estrellas y la tuya se pierde en la oscuridad de mi horizonte enhiesto.