Me desperté sola en mi
cama. Estaba desnuda y aún tenía en mi boca el sabor a hombre, el sabor a
Nacho. Podía sentir al recordar sus caricias sobre mi piel, el tacto de su
miembro creciendo en mi boca, endureciéndose… Estuve pendiente de algún ruido
pero no oí nada. Nacho es muy sigiloso. Inspiré con fuerza antes de decidirme a
salir de la cama. Luego me pasé el camisón de tirantes, ese que me había
quitado en plena madrugada. Salí del dormitorio y me asomé al salón. Vi a mi
marido. Estaba desnudo, de espalda a la puerta y de cara al gran ventanal. Sus
brazos, cruzados sobre el pecho. Estaba absorto en sus pensamientos mientras
caía la lluvia con fuerza sin llegar a mojar los cristales pero salpicaba el
suelo de la pequeña terraza.
Me gusta su cuerpo.
Nacho no es excesivamente alto pero se cuida mucho. Tiene un culo duro, una
espalda, hombros y brazos marcados por la natación, y un tono dorado de piel
manifiesto de nacimiento… Y folla… Me folla de esa manera…
Me acerqué despacio,
notando el calor en el suelo. No dije nada. Simplemente apoyé mis manos en sus
hombros y besé su espalda despacio, sensualmente, dejándome sentir. Esbozó un placentero “mmmm…”. Llevé mis manos hasta su cintura y luego a su pecho, y él las tomó,
acariciándome lánguidamente antes de moverse para que me quedara ante él, con
mi espalda pegada a sus pectorales… percibiendo el calor de su aliento en mi
nuca y la suavidad provocadora de sus besos.
Giré como una
bailarina en su caja de música. Ya, cara a cara, no dejó de abrazarme y quedé
presa entre sus quedos brazos. No se movió y yo, simplemente, me dejé llevar
por ese momento tan tierno. Apoyé mi cara en su pecho y escuché los latidos de
su corazón. Percibí aquel pequeño cúmulo de besos en mi sien, en mi mejilla y,
finalmente, en mis labios.
Pronunció un te quiero. Levantó mi barbilla y el beso
se profundizó, se apasionó…
- ¿Eres feliz? –me
preguntó. Le miré. Sonreí.
- Mucho.
- ¿Tienes todo lo que
quieres?
- Tengo todo cuanto
necesito –reconocí.
- Me gustas mucho… Me
gustas tú… Me gusta tu cuerpo… -balbució, bajando lentamente sus manos hacia
mis muslos, sobre los que el camisón caía. Arrugó la prenda hasta llegar a las
caderas y coló las manos. Percibió la tibieza de mi piel desnuda, mis glúteos,
sin soltar la tela. Su camino de descenso fue lento, acariciándome con las
puntas de los dedos hasta que levanté las manos y me quitó el camisón. Mi
cuerpo quedo tan libre como el suyo. Ahí estábamos los dos: de pie, cara a
cara, con mi pecho pegado al suyo, con mi vientre frente al suyo, con su
miembro erecto frente a mi coño mojado, con sus manos agarrando fuerte mi culo…
y ambos, frente a una cristalera abierta al campo… - Y me gusta lo viciosilla
que eres…
Me giró y me di de bruces contra el paisaje. Mis manos se apoyaron en el cristal. Me levantó los brazos y mis pechos se pegaron al frío elemento, produciéndome un escalofrío que erizó toda mi piel. Apoyó su cuerpo al mío y me sentí rehén entre dos muros: uno tremendamente frío…, helador… El otro, tibio…, caliente… Besó mi espalda sin dejar de presionar mis pechos con sus manos que, a pesar de su tamaño, no lograban abarcar todo el volumen de mis tetas. Sí, tengo unas buenas tetas. Por qué no decirlo, por qué no reconocerlo si estoy orgullosa de ellas.
Me giró y me di de bruces contra el paisaje. Mis manos se apoyaron en el cristal. Me levantó los brazos y mis pechos se pegaron al frío elemento, produciéndome un escalofrío que erizó toda mi piel. Apoyó su cuerpo al mío y me sentí rehén entre dos muros: uno tremendamente frío…, helador… El otro, tibio…, caliente… Besó mi espalda sin dejar de presionar mis pechos con sus manos que, a pesar de su tamaño, no lograban abarcar todo el volumen de mis tetas. Sí, tengo unas buenas tetas. Por qué no decirlo, por qué no reconocerlo si estoy orgullosa de ellas.
Su boca llegó a mis
glúteos. Apretó con las manos primero y
luego los besó. Primero uno, luego el otro, antes de que una de sus manos se
colara entre mis piernas y palpase mi sexo humedecido… Gemí al tiempo que su
respiración se hacía más ronca y áspera… Llevó aquella mano, y metió un dedo en
mi boca. Lo lamí, lo saboreé, como saboreo siempre su polla. Empezó a moverlo
dentro de mi boca, como él lo hacía en mi coño… Tiró de mis caderas hacia él y
quedé inclinada sobre el cristal, con el culo en semi pompa, con las piernas
bien abiertas y con él, detrás, dispuesto a hacerme suya, a embestirme…,
arremeter…, lanzarse…, empujar… contra
mi cuerpo, sintiendo sus manos manteniéndome quieta y la punta de su polla
apuntando directamente hacia el interior de mis piernas.
Tocó mi coño y supo
que podía empezar a follarme. Sentí su miembro entrando despacio. Apreté los
labios y gemí… Mi coño llevaba una semana muy contento y muy bien servido,
sobre todo, bien servido…
Puedo asegurar que me
encantan estos preámbulos antes del desayuno. Deja un buen sabor de boca.




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Decía August Rodin: «En el arte, la inmoralidad no puede existir. El arte es sagrado».
La escritura erótica es una expresión artística que evoca y despierta la sensualidad y el deseo a través de las palabras; busca celebrar la belleza del cuerpo, la intimidad humana y la conexión carnal, convirtiendo la expresión sexual en una experiencia estética y literaria.
Nos invita a explorar el placer y la sensualidad de una manera que trasciende lo físico y se adentra en lo más profundo de nuestro ser.
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