- Me matas, cielo. Te juro que me matas con estas cosas -pronunció antes de volverme a besar.-Todo lo demás puede esperar -sentenció, para empezar a recoger sus cosas-. Te perdono hasta que me hagas sufrir así.
Salimos de su empresa y nos dirigimos hacia su coche, en dirección a su casa. Aquellos minutos de tráfico se me hicieron interminables mientras dejaba que sus dedos tantearan el terreno que luego tendría (debería) que saborear.
- Me gusta saberte tan mojada... Ufff... -Y sonreí para mirar hacia su abultado pene que tensaba la tela del pantalón. Alargué el brazo y presioné la zona antes de bajar la cremallera y meter la mano. Pude percibir cierta humedad, apenas, supongo, una manchita de ella en el centro. ¿Qué importaba si alguien nos veía? Puedo ser muy puta cuando quiero y más cabrona si me empeño un poco. Le había evitado tanto tiempo que ahora me abocaban todas las prisas.
En el ascensor tanteé el terreno. Sentí en mis manos toda su erección y, en tanto, su lengua taladró mi boca.
Al cerrar la puerta tras de nosotros, me acorraló contra la pared, tomando directamente mis pechos por encima de mi camisa. Abrí los brazos en cruz y pegué las palmas de mis manos a la pared. Su boca llegó desde mi escote hasta mi cuello, en una caricia de besos cortos y húmedos que estallaron en mi boca después de haber susurrado a mí oído.
Desabotonó en alguno de aquellos gestos mi falda y escuché el ruido de la cremallera. Sus manos buscaron mis muslos por debajo de la tela mientras se iba agachando ante mí hasta que su rostro quedó a la altura de mi pubis. Dejó que la falda cayera y dibujó con las yemas de los dedos los encajes de mis medias...
Perdí mis dedos entre su cabello, acalorada y excitada por el calor de su aliento cerca de mi sexo. Sus dedos separaron mis labios, despacio, recreándose, y dos de sus yemas perfilaron mi exultante clítoris. Me estremecí y un latigazo de placer me crucificó en ese punto. Dibujó círculos sobre él e introdujo los dedos en mi vagina, hasta el fondo, abriéndolos al salir, sintiéndolo con fuerza.
Se puso en pie. Pasó esos dedos mojados de mí, por mis labios y por inercia, mi boca se abrió, dejando campo abierto a sus falanges, a todas ellas... Uniéndose conmigo en la degustación de mi sabor entremezclado con nuestras salivas.
Con la otra mano agarró mi nalga, la apretó y la palmeó.
Me subí a su cintura y, mientras nos comíamos la boca, llegamos a su cama.
Le quité la corbata..., la camisa... al tiempo que él me terminaba de desnudar a mí.
Éramos dos locos llevados por la pasión, por la lujuria de ese momento. Me encantó esa idea que tuvo de atraparnos a los dos con su corbata, pero el nudo a la altura de mi nuca duró apenas unos segundos, pues cambió el lugar de ubicación. Tomó mis brazos y anudó la corbata alrededor de mis muñecas. Se apartó, tirándome sobre la cama. Me abrió las piernas y me indicó que me tocará mientras él terminaba de quitarse los zapatos. Como una tonta, obedecí pero estaba tan sumamente caliente que necesitaba satisfacer las ganas de mi sexo. Los dedos de ambas manos jugaron sobre mi pubis, acariciándolo, descendiendo hacia los labios hinchados, apartándolos y palpar mi clítoris; acariciando éste...
Percibí la textura cremosa y la temperatura caliente.
Apartó mis manos y pasó su lengua por donde antes me había acariciado. La sensación de su barba, el golpe de su lengua, la mordida suave de sus dientes...
Y me levantó en el aire. Gemí... Jadeé...
Y cuando digo que
me levantó en el aire, lo digo literalmente también, para ponerme boca abajo sobre sus rodillas. Con una mano, me presionó la nuca para que no levantara la cabeza. Con la otra, se dedicó a abrir mis nalgas, a darme suaves palmadas, a mojar sus dedos en mi coño, a pegarle con tacto y a dar golpecitos y pellizcos a mi clítoris.
Pensé que me volvía loca. Quería sentir sus dedos entrando y saliendo constantemente en mi sexo... Y sentir el suyo atravesándome las entrañas.... Pero... mis ansias iban a ir en aumento ante la eficacia de su intención.
Me sentí como una chica mala a la que le daban unos azotes por su mal comportamiento.
Y cuando se cansó de aquella dulce tortura, de decirme palabras que me ponían a mil... Volvió a dejarme apoyada en la cama, sobre la parte superior de mi cuerpo en tanto mis pies tocaban el suelo. Se quitó el pantalón y antes de quitarse el bóxer, separó mis piernas con las suyas y me asió de las caderas, levantándome, para frotar la suavidad de su glande entre mis nalgas después de haberlo lubricado en la humedad que casi escurría sobre mis muslos.
Amasaba mis nalgas. Las apretaba de nuevo, las separaba, buscaba el exterior del ano y frotaba con la yema de su dedo mientras con la otra palpaba mi coño. Me enloquecía aquella posición, aquel hacer... Empujaba su miembro contra mis labios, metiéndolo entre ellos hasta chocar mi clítoris con la punta.
Yo, inquieta, no sabía qué posición tomar: Mis manos apretaban las sábanas, me apoyaba en ellas, poniendo los brazos erguidos y observando el balanceo de mis pechos en el hueco con la cama, o me apoyaba en mis antebrazos...
Abría la boca intentado coger más aire y la garganta se me secaba.
Me mordía los labios.
Gemía.
Entre gemido y gemido, mi locura desbordada improperaba palabras a Lucas.
"Fóllame"... "Metémela ya, cabrón"...
Y a cada improperio, palmada en el trasero. Una de ellas resonó en toda la habitación. En otro momento me hubiera revelado. En ese momento, simplemente, claudiqué.
Sus manos ascendían por mi espalda hasta la nuca. Se inclinaba sobre mí y me besaba la piel... Descendían, besos y manos... y mordiscos en mis nalgas.
Le miré. Su rostro estaba contraído por la excitación. Parecía desbocado.
Me dejó así mientras se quitaba el bóxer. Me empujó sobre la cama para centrarme más en ella.
Se sentó a horcajadas sobre mi culo, presionando mis piernas contra el colchón con las suyas, trabándome, inmovilizándome y sentí la clavada de tu polla hasta lo más profundo de mi coño mientras me agarraba el pelo como quien sujeta a una yegua por las crines, mientras la atadura de mis muñecas me obligaba a mantener los antebrazos bajo mis pechos.
Sus envites eran rígidos, tremendamente profundos. Mis nalgas abiertas eran el pasto perfecto en el que su animal de sentía completamente libre, recorriéndolas de arriba a abajo, untándose de la viscosidad de mi líquido, alimentándose de mis gemidos y de mi respiración entrecortada, sintiéndose soberbio ante la sensación de tenerme rendida a sus gestos, de sentirme sumisa e inmóvil bajo su mando.
No solo me follaba con esa brutalidad que dan los instintos más primarios sino que también ejercía máxima presión sobre mi cuerpo. Creo que necesitaba convencerme de que yo era su presa porque sabía que yo, en el fondo, también lo deseaba pues nuestros cuerpos hablaban lo que nuestras voces callaban.
No podía evitar disfrutar de cada embestida, concentrada en cada golpe seco, en el choque de sus testículos en mis mofletes. Se apoyaba en mi cintura para clavarse más profundamente... hasta sentir aquel caldo caliente saliendo de mi esfínter al quedarse pleno de él.
Estaba tan caliente, tan mojada que un pequeño toque me serviría para correrme.
Lucas se separó. Me giró. Apoyó su mano derecha en mis muñecas atadas, sujetándome. Con la otra me pellizcó un pezón y a continuación sus dientes lo arañaron, antes de emprender el siguiente gesto: Una continua repetición de bofetadas con su lengua.
Me retorcí, enredando mis piernas a sus caderas, buscando su pene todavía erecto y dejarle paso a mi mojado sexo.
Sentí la fuerza de sus manos en mi cuello y en mis mejillas, la contracción de su rostro en una simulada embestida, la presión de su boca, de sus labios, el mordisco en los míos...
- Pídeme que te folle o no lo haré... Impediré que te corras... -susurró a mí oído entre el roce de su lengua y el mordisco suave de sus dientes en mi lóbulo. ¿Y por qué darle el gusto? No dije nada.
Levanté mis piernas por encima de sus hombros y él se pegó todavía más a mí, obligándome, instintivamente, a levantar más el culo. Y él, arrodillado, se adhirió a mí, clavándome su polla hasta el fondo mientras yo me agarraba a los barrotes del cabecero de la cama. Aquellas embestidas, aquellos golpes al unísono del cabecero contra la pared, mi respiración entrecortada, mi boca que se abría a aquel deseo... Me metía en su mirada y por ella podía sentir la fuerza del siguiente movimiento. Sus clavadas eran tan profundas que podía sentir el golpe de su polla en lo más hondo de mis entrañas, presionando las paredes húmedas y calientes de un puto coño que lo llevaba deseando desde la noche anterior.

Y cuando ya estaba a punto, cuando ya no podía controlarme más, se apartó y tiró de mí para moverse de modo que mi cabeza quedó bajo sus piernas abiertas, con su polla erecta coronando mi boca. El olor de su semen se mezclaba con el del preservativo y con el mío propio. Tomó con un dedo una gota que quedaba y lo pasó por mis labios. Acercó su miembro a mi boca y me lié a lengüetazos circulares sobre la punta blanda mientras mis piernas abiertas se agitaban en pequeñas convulsiones ante los golpecitos y masajes de Lucas sobre mi coño.
Y un torrente de abundante calor abrasó mis entrañas y mojó las sábanas. Solo podía ver su polla, todavía crecida, sobre mi rostro y seguí sintiendo su mano frotando mi erizado clítoris.
No tenía más aliento que el necesario para sentir aquel nuevo orgasmo que me provocó, un latigazo, un pinchazo intenso desde no sé qué parte de mi interior recorriendo mi espalda, estallando en mi cabeza y saliendo por mi boca en un grito, en un gemido tan urgente como la necesidad de que aquello parara en algún momento.
Se tumbó a mi lado, paralelo a mí, con su cuerpo bien pegado al mío. Sentí la fuerza de su mirada. Podía verme reflejada en ella a pesar de mi turbación, de mi mareo, de mi falta de aire...
- Sshhhh..., cielo... Tranquila... Respira... Shhhh... -me decía mientras el corazón me dolía y el dolor se propagaba hasta mi garganta.
Y los besos salvajes, locos, provocadores... se volvieron tiernos. Su voz era calma, tranquilizadora... Y me acariciaba con la palma de la mano el escote y el nacimiento del pecho, como calmando mi corazón.
Creo que se asustó ante mi estado de excitación...
Debo confesarte... ayer no podía dormir (como casi siempre últimamente, tú sabes...) y me he puesto a leer, creo haberlo hecho dos minutos después que has publicado... y me pregunto aún ¿por qué vengo a hacerlo a ciertas horas?... debe ser una especie de auto tortura! ...pero es terriblemente placentera, sin dudas!
ResponderEliminarEres magnífica lo sabes, no? ...besos!
Ya sé, ya sé... Pero hay que descansar. ¡Claro que te lo dice quién se debería aplicar el cuento!
EliminarBueno, para estos sofocos creo que cualquier hora es buena... ¡Bendita tortura!
Besos de Pecado.
Wawwwwwwwwww, delicioso y extenuante. Me encanta el trozo... "me matas"... cuando lo usamos es q estamos empezando a estar muy calientes mmmmmm
ResponderEliminarEres muy buena. A tus PIES
¡Me matas! Sí cuando algo ya subleva...Espero seguir "matándote".
EliminarBesos de Pecado.
Que barbaridad!!!
ResponderEliminarHe sentido cada momento, cada jadeo, cada respiracion!!!
Ha sido impresionante!!!
Besos guapa :-))
Me encanta!!!
Aich.... es que a veces las letras brotan como las ganas... ¡A caramullo!
EliminarEs que Lucas levanta pasiones que erizan la piel... y algo más.
Besos de Pecado.
Sabes que me encanta verte por aquí y me encanta que vivas cada renglón porque no es otra mi intención que la de hacer disfrutar con mis palabras.
ResponderEliminarBesos de Pecado.
Joder...joder....joder....
ResponderEliminarte he leido ya dos veces....
ufffffffffff..... jodia!!!!...pero qué forma es ésa de ponernos a mil!!!...he sentido cada roce...cada caricia...y cada embestida...joder!!!...creo que es de lo mejor que te he leido ...me has llevado a la escena contigo....y ha sido un placer...
un besazo!
¡Joder! ¡Eso es lo que hacen precisamente!
EliminarNo sé si es lo mejor que hayas leído de mí. Lo que sí sé es que te ha gustado :-) Y eso, ¡joder! me encanta.
Gracias.
Besos de Pecado.
Me dejaste sin aliento...
ResponderEliminarEs una dulce y excitante tortura...
Besos, hermosa!!
Ardientes y bellos relatos los tuyos. Seguro que conoces aquello de Octavio Paz: "Erotismo y poesía:el primero es una metáfora de la sexualidad, la segunda una erotización del lenguaje".
ResponderEliminarPorque lo tuyo es eso: erotismo y poesía.
Enhorabuena.
Hola, Tristán. Conozco la frase, por supuesto :-) Y gracias por tener esa concepción de mi trabajo. Enorgullece haberlo hecho. Por cierto, unas entradas más atrás: Isolde de noche, el protagonista lleva tu mismo nombre.
EliminarEspero verte pronto.
Besos de Pecado.
Genial, fantástico, excitante y estimulante. Lo quiero para mi ummmm felicidades.
ResponderEliminarBesos